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Japón en tren: 22 días por el país del sol naciente

Himeji-Tokio

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DÍA 21

El día 22 amanece lluvioso. Cogemos el tren abandonando Beppu rumbo a Himeji para visitar su famoso y muy conservado castillo japonés del siglo XIV. Sorpresa: restauración total pero por partes desde el año 2009, y ahora, es justo la parte central, la principal, a la que no se puede acceder.

 

Con un día gris y buscando cajeros como locas –probamos hasta en diez bancos diferentes- para compras de última hora, fuimos a pie al castillo (de 15 a 20 minutos a pie). La entrada tenía precio reducido debido a la restauración: de 700 ó 600 Y a 400 Y. Así que, visitamos lo que se pudo. Pero antes de eso, nos cayó de repente un chaparrón brutal.

 

Mientras esperábamos que escampara debajo de un árbol, vimos al guardián de un parking junto al castillo que nos hacía señas para darnos un par de paraguas. Agradecidas y con las bolsas de nuevo puestas en los pies –yo, siempre yo-, escampó, devolvimos los paraguas y nos fuimos. A la vuelta nos paramos por galerías de tiendas y en un McDonald’s aprovechando que diluviaba otra vez.

 

Cogimos un tren antes para Tokio, a las 14:59 horas. En pocas horas y con el Hikari –tren bala- a tope de velocidad, llegamos a Tokio a las 18:40 horas. Allí queríamos preguntar en turismo de la estación central de Tokio cómo se llegaba al hotel, entre otras cosas. Pero claro, como es lógico, turismo cerraba a las 19 horas, así que, tuvimos que recurrir a la amabilidad y buen inglés de la chica que estaba en la oficina de cambio del JR. Tras por fin sacar dinero allí, en un cajero de “7 bank”, cogimos tren y metro hasta la estación de Kiba.

 

El metro lo pillamos a lo que se supone que es la hora punta de la tarde, y sí, brutal, ojalá nunca me vuelva a pasar porque fue súper agobiante. De repente, se abren las puertas y entra una marea humana de camisas blancas, pantalones negros y maletín, entre otros especímenes, que empiezan a empujar hacia detrás como posesos. Encima con los mochilones que llevábamos, en cuestión de segundos me encontré arrastrada y pegada cual mosca en el cristal de la puerta opuesta. Horribles diez y quince minutos en los cuales tenía bloqueada con mi pecho a una vieja y la mochila sobre las piernas de un hombre. Pero allí nadie decía nada. Empujaban sí, pero calladitos. Mortal, vaya.

 

A la salida, por fin, preguntamos a un muchacho japonés por dónde quedaba el hotel. Y el chico que nos escucha hablando entre nosotras, nos dice que habla portugués, y que mañana se va a no sé qué país. Total, que hablamos un rato portugués mientras esperábamos que viniera su amiga con la que había quedado para así, guiarnos en persona hasta el hotel cápsula, Kiba Hotel.

 

Por 5.500 Y –unos 50 euros- nos quedamos en una habitación semi doble tipo cápsula. Una pasada. Muy amplia, incluso la cápsula individual, y equipada con televisión, aire acondicionado, radio, despertador,… Ducha compartida y jacuzzi, todo separado por sexos (esta parte un poco sucia y descuidada).

 

Te dan una consigna no muy grande para maletas. La cápsula no se cierra, no tiene llave, sólo una cortinita-persiana, la cual tú cierras para tener privacidad. Muy muy chulo, altamente recomendable y nada agobiante o claustrofóbico. Por falta de espacio, dejamos mochilas en recepción al salir por la noche a dar una vuelta. Nuestra última visita a Tokio.

 

Por unanimidad optamos por Shibuya otra vez. Allí nos reciben de nuevo los neones con un ambiente mucho más animado que la primera vez. Las calles abarrotadas, sobre todo por jóvenes, cada uno con su forma particular de vestir, y a su bola. Cruzamos otra vez más su famoso y transitado cruce para sumergirnos en la noche nipona de comidas rápidas y copas. Cenamos pasta y rollitos de carne, y claro, cerveza.

 

Luego nos damos otra vuelta, yo un tanto borracha a estas alturas de la vida y de mi cansancio. Entramos en una tienda que vendía de todo, incluso el alma, como en Osaka. Allí compramos comida, chucherías y pocas cosas más.

 

Volvemos a casa, a la cápsula, utilizando nuestro último trayecto de interrail: Shibuya-Tokio Station.

 

En el metro, hora punta (casi las doce de la noche, pero a tope), gente trabajadora borracha y reventada de sueño. Mucha gente pero esta vez más tranquila porque no llevábamos las maletas. Ya en el hotel, rehacemos las maletas preparándolas para la facturación del día siguiente.

 

 

 

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