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Japón en tren: 22 días por el país del sol naciente

Usuki

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DÍA 20

Cogemos tren rumbo a Usuki, pueblecito que en sus cercanías alberga una gran colección de estatuas de Budas esculpidas en roca pura. Llegamos hasta Usuki y allí, tras perdernos nada más que salir de la estación, y eso que la localidad es bien pequeña, por los mapas japoneses que, o están mal hechos, o están realmente al revés, llegamos a la parada de Tsuji para coger bus hasta la zona de las estatuas (15 minutos de trayecto).

 

La entrada para visitar las estatuas de Buda no me costó nada por la discapacidad. La ruta es circular más o menos, y en media hora con mucha tranquilidad ves todas las estatuas. Si se quiere, se puede ampliar la ruta para visitar más templos y otras esculturas (del gran demonio con cuernos, por ejemplo). El camino, rodeado de vegetación y bambú, está plagado de arañas enormes. Había una tienda de regalitos junto a la entrada/salida de la ruta.

 

Hay como cuatro cámaras con alrededor de cincuenta bustos esculpidos de imágenes de Budas y Amitabas, allá por el siglo XII. Algunas conservan vivos colores. Se cree que el escultor tuvo que ser un maestro en el arte de tallar madera y un especialista en tallar en concreto Budas. Son famosas las estatuas por su solemnidad y dignidad con la que se refleja a Buda.

 

Vuelta en bus a Usuki Station y de ahí tren hacia Beppu Station sólo para conectar con un local hasta la parada de Kamegawa, donde cogeremos un bus rojo y blanco, número 26 o 26 A, hasta llegar al punto de inicio de la “ruta de los infiernos” –ocho, en concreto- o Jigokus.

 

Toda esta zona tiene una actividad volcánica interesante, de ahí los numerosos onsen naturales, y los llamados “infiernos” son expresiones variadas de cómo sale esta actividad volcánica al exterior.

 

Por ejemplo, el llamado “Chinoike Jigoku”, tiene un color rojo – le llaman el infierno de sangre- y es bueno para enfermedades de la piel, de hecho, hay productos que se venden en las propias tiendas dentro del acceso a este infierno.

 

“Umi-Jigoku” tiene un color azul como un lago sulfuroso y escupe continuos y fuertes vapores de entre sus rocas. Otro son burbujas de lodo, otro es un géiser que surge de manera bastante controlada, temporalmente hablando; otro es un agua lechosa, crema blanca, también con vapores; otro alcanza una temperatura de 99 grados centígrados con un rugido infernal desde las entrañas de la tierra…

 

Bueno, si se quieren visitar los ocho cuesta el pase 2.000 Y –para discapacitados 550 Y-, si por el contrario, se desean ver algunos, la entrada individual para cada uno es de 400 Y. Pero vamos, visitarlo son cinco minutos escasos porque no tiene más aquello. Es súper caro para lo que es. Ya para gustos.

 

El del géiser y el Chinoike están juntos, y para el resto tienes que coger otro bus desde Chinoike hasta la parada de Kanawa -180 Y este trayecto-; de allí subes una cuesta de 500 metros y ya empiezas a ver el resto. En el camino te encuentras con un museo del sexo.

 

NOTA: en algunos jigokus hay animales como un mini zoo; el estado de éstos es lamentable y denunciable, a mi entender.

 

Ah, sí, se me olvidaba que en este jigoku hay unos nenúfares gigantes muy curiosos, donde la gente, no podía ser de otra manera, lanza moneditas en su interior. También en varios jigokus cuecen los huevos en el interior del agua.

 

Tras visitar turnándonos todos, buscamos un onsen llamado Kamawa-en (como la zona en cuestión). Un poco difícil encontrarlo aunque la entrada está junto a uno de los jigokus, creo que el de Umi.

 

Cuesta 800 Y entrar (hasta las 17:30 pm nos dejaron a nosotras aunque según el horario es hasta las 16:30 horas) y está dividido por sexos. Te desvistes, metes las cosas en una consigna y te llevas tu toalla –si no te la dan ellos-.

 

Como era tarde y laborable no había nadie, así que estuvimos como reinas en un lago azul caliente al aire libre. También tenía en el interior una poza de agua caliente natural y otra de piedras, junto con duchas propias de onsen japonés, es decir, unas banquetitas enanas, y cubos de madera para que, si quieres, te vayas echando cubos fríos y calientes encima en vez de usar el grifo de la ducha, o los dos, según cada cual.

 

Tras una horita de relajación y de fotos, recogimos y nos fuimos para desandar el trayecto (bus número 16 para bajar hasta la parada de tren de Kamegawa, creo que fue 270 Y el trayecto).

 

Cuidado porque allí como los jigokus cierran a las 17 horas, todo está cerrado a partir de esa hora, muerto. Eso sí, la bajada en bus al atardecer merece la pena, porque ves toda la bahía con montañas al fondo y detrás de ti, y un montón de fumarolas, no sólo de los jigokus si no de cosas o establecimientos que debido a la tierra, necesitan expulsar por algún lado ese humo- que se unen a las nubes.

 

Luego nos fuimos a cenar al 24 horas (cervezas y hamburguesas con huevo y plato de pasta por 2.000 Y). Organizamos las maletas y a la cama –siempre aprovechamos para hacer la colada si nos quedamos dos noches en cualquier sitio-.

 

Por cierto, no sé si dije que las puertas traseras de los taxis ¡¡se abren y cierran solas!! Una flipada.

 

 

 

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