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Japón en tren: 22 días por el país del sol naciente

Hagi-Beppu

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DÍA 19 Hagi-Beppu

A la mañana siguiente, de madrugada más bien, fuimos andando el casco histórico, no había aún amanecido a las 6 am, y lo poco que vimos fue un casco histórico tranquilo, es decir, residencial, sin tiendas, con muchas casas de familia de samuráis antiguas, alguna que otra acequia, murallas blancas de estas casas y muchos cuervos.

 

No llegamos a ver las ruinas del castillo por falta de tiempo pero parecía lo más chulo del sitio. La verdad es que para lo que parecía que tenía de ver, no merecía la pena haber hecho tantos kilómetros y haber cogido tantos trenes. Aunque en el hotel nos dieron folletos de sitios cercanos que sí pintaban muy bien.

 

Al volver al hotel, desayunamos pan brioche con mantequilla y mermelada y café con leche de máquina, tipo buffet libre. Luego sacamos limonada y… ¡resultó ser caliente! Así que, probamos con otra que sí era la fría. ¡Qué curioso!

 

En la estación de tren, de nuevo varias conexiones. El paisaje se dibujaba precioso con el mar y algunas rocas grandes esparcidas en el océano. Desde allí, se podía divisar la otra Asia del continente, pero la distancia era mayor que mi ilusión y se quedó en un sueño.

 

Hagi-Nagatoshi, Nagatoshi-Asa, Asa-Kokura, Kokura-Beppu, destino final, dos noches.

 

Vimos en el trayecto de bus cómo se esmeraba un taxista en limpiar su coche con una gamuza. Concienzudamente. Coche limpísimo y brillante, pese a que era negro. Todos los coches que hemos visto, la mayoría por no decir todos, de marca japonesa, están súper cuidados y limpios, aunque estén en la calle. Es increíble. En realidad todo está muy limpio, sobre todo de Tokio hacia el norte, ¡porque Osaka puag! Y Kioto tampoco es que fuera una burbuja de jabón.

 

Por cierto, mujeres taxistas y revisoras de tren. Hemos visto vejetes subidos a un tejado limpiando y/o barnizando tejas, gente como con plumeros largos, limpiando establecimientos, o casas o museos de telarañas o polvo… en fin.

 

Estamos en Beppu, “Beppuuuuu” como dice la voz automática en la estación de tren con sonido gracioso. Aquí nos quedamos dos días a tope disfrutando de esta ciudad balneario –considerada hace muchos años así por el gobierno de Japón- con innumerables onsen y varias cosas que ver.

 

Estamos en nuestro punto del viaje más suroccidental, en la isla de Kyushu. Días 20 y 21 de septiembre. En la misma estación de tren hay una oficina de turismo con sección propia y literal para extranjeros (interrogación dentro de un círculo que indica información para turistas extranjeros). Y sí, hablaba inglés una mujer pero era estúpida. Un japo se me coló y le dije yo muy digna “sumimasen” indicándole con la mano que se me había colado. Se ve que a la mujer eso no le sentó bien, y pese a que el japo se disculpó porque obviamente se había colado y encima estaba en el mostrador para “extranjeros”, la tía me atendió con mucha altanería y malas formas, diciéndome, cuando le pedí más información sobre Usuki, que lo mirara en una guía de viajes. Básicamente.

 

Total que tuvimos un rifirrafe entre las dos y ya me cansé y nos fuimos. Por suerte, supe de otra oficina en el centro de Beppu, justo a cinco minutos a pie desde la estación, donde la chica que nos atendió entendía inglés y lo chapurreaba, pero sobre todo fue amabilísima dándonos todo tipo de información desgranada durante más de media hora. Un encanto. La mejor de todas con diferencia.

 

En el albergue, Khaosan Beppu, también a 10 minutos a pie desde la estación, no tuvimos mucha suerte con el personal. Como no se podía hacer el check-in hasta las 15 horas, dejamos las mochilas dando nuestros nombres y comprobando nuestra reserva de dos días.

 

La chica nos dijo que a la vuelta nos daría información de lo que queríamos visitar y que podíamos usar ya internet y demás. Total, que fuimos a comer cerca, en un restaurante abierto 24 horas donde existe una variedad tremenda de comida. Allí comimos por 1.500 Y, hamburguesas con huevo, arroz, brócoli, tortillas como de pescado, cerveza y algo más. Muy rico. Para llamar al camarero pulsabas un timbre en la mesa. Comprabas bebida y te reponías las veces que deseases gratis, pagando sólo la primera vez. No con la cerveza, claro, que costaba 400 Y y pico. Todo en efectivo porque es difícil encontrar algo normal de precio y pagar con tarjeta, y a veces ni en los sitios más caros.

 

Tras comer, volvimos al albergue para buscar información en internet y porque yo no me encontraba muy bien después del atracón de comida. Al llevar quince minutos nos vio otro recepcionista porque la chica que nos atendió antes no estaba, y nos preguntó bruscamente que si habíamos hecho el check-in; al decirle lo de antes por la mañana, va el tío y nos dice que no se pueden usar las cosas del hostal sin registrarse antes, a lo que le explico que la tía nos dijo que sí. Total, que el prenda me dice, bueno, quedaos hasta que escampe (de repente llovía a cántaros) y luego os lleváis dos paraguas de aquí y sacáis dinero, me pagáis y os registráis. Suerte que la habitación era espaciosa y estaba genial: literas, mesita baja con asientos en el suelo, terracita, vistas, WC grande…

 

Sacamos de nuevo pasta, 25.000 Y, esperando que fuera la última vez. Normalmente la costumbre es pagar siempre por adelantado en los alojamientos. Tomad nota.

Con la información que nos dió la chica de turismo, nos organizamos rápidamente dadas las circunstancias –estábamos muy cansadas tras pocas horas de sueño en Hagi y todos los trayectos de tren hasta llegar a Beppu-, y pusimos rumbo a un parque natural plagado de monos, macacos y otros: Takasaki Park. Allí tampoco me cobraron por discapacidad.

 

Yo pensaba que era un parque más salvaje. Había leído de uno –está visto que me confundí plenamente con éste- donde los monos japoneses eran muy peligrosos, donde el personal no se responsabilizaba de nada, bueno, tremendo para mí, buscando la foto del puñetero mono en una poza de agua medio congelada…

 

Mi sorpresa fue un puente con dibujos infantiles y un monorraíl para la cuarta edad que te subía a lo más alto de la montaña, cien metros más arriba, vaya. Miles de monos sueltos, montaña arriba, montaña abajo, con sus bebés monos y sus hábitos especiales japoneses, según nos contó una guía voluntaria en lengua inglesa que se nos acercó –vamos, que la mujer quería practicar inglés y no se separaba de nosotras-.

 

Explicó que les lanzan semillas cada media hora y ellos, como locos, que lo vimos varias veces, se las metían a toda prisa en la boca llenándose los mofletes para más tarde, con tranquilidad y sosiego, comérselas.

 

Vimos a muchos espulgándose –la guía dijo que no tenían bichos como la gente creía-, las madres con los bebés como si fueran realmente humanos en su comportamiento; las uñas como las de nosotros… otros atacándose con chillidos y mordiscos, otros colgándose de los tejados de las casetas del parque… en fin. A la guía le pregunté y me comentó que ese parque sobre el que había leído en internet, estaba al este de Tokio.

 

Bueno, cogimos de vuelta el bus y luego el tren –tipo parada de cercanías- a Beppu y nos dimos una vuelta por la ciudad donde compramos algunas tonterías de regalo y acabamos en el centro comercial You-me junto al mar, donde encontramos muchos modelos de relojes súper chulos –compramos cinco o seis relojes-, tipo llaveros con arneses para colgar y bien de precio, sobre diez euros cada uno.

 

De vuelta al hotel, cenamos en otro sitio italiano –parecido al de 24 horas- donde bebíamos sopa gratis y rica. También tenía un pulsador en la mesa para avisar a la camarera. Pedimos pan de ajo –muy sabroso- y pizza –de masa fina pero con dos ingredientes mal contados y escasos-. La orden de pedido fue muy graciosa, la chica se esforzó mucho por entender nuestra mímica y dibujitos; al final ella misma cogió la guía de conversación y el lápiz, y, para nuestro asombro, empezó a escribir en japonés lo que nos quería decir, como si con eso nos aclarara nuestras dudas. Pese a todo, la chica lo intentó con empeño y con su eterna sonrisa. Hasta le tuvimos que decir “Pictionary?” como para indicarle que dibujase lo que deseaba comentarnos. Pero tampoco hubo suerte.

 

Torre de Asahi iluminada y otros neones, pero tranquilita la ciudad. Familia paseando con sus yukatas, kimonos y demás tradiciones, ja, ja.

 

Nos acercamos a la playa donde el mar era un manto negro, y, al fondo, sola y quieta, una grulla. El mar calentito, precioso. Pero se adivinaba una playa sucia y descuidada. Ver que son famosos los baños de arena, donde te colocan bajo la arena de la playa menos la cabeza y los pies, y te dan un calor brutal –no lo hemos probado pero debe de ser ésta la situación-.

 

Entre edificios de Pachinkos –tragaperras japonesas donde tú no juegas con dinero pero sí lo canjeas por bolitas- y múltiples telarañas, nos vamos al hostal a descansar.

 

 

 

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