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Japón en tren: 22 días por el país del sol naciente

Hiroshima-Miyajima-Hagi

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DÍA 18

A la mañana siguiente pusimos rumbo a Hiroshima (descartamos Okayama). Dejamos el tren tras haber mantenido una interesante conversación a dos palabras inglés-español-japonés con una señora sentada a mi lado que, resfriada y tras ofrecerle mis clínex limpitos, no sabía qué hacer con ellos ni para qué servían. Le hice la muestra sonándome la nariz y ella olió el pañuelo de papel con un “oh, oh…”. Ja, ja. Muy maja la mujer. Estuvimos comunicándonos como  pudimos, me recomendó comida y nos dio chicles.

 

Descubrimos las bandejas en los supermercados de las estaciones, tipo “bento” pero de plástico y con comida más afín a nosotras. El descubrimiento en sí fue que estas bandejas de arroz con sésamo, algo como hamburguesas y pollo con tres macarrones o langostino tempurado, sí se podían calentar en un microondas “self service” en el propio supermercado. Así que, más felices que un ocho, nos hinchamos de comer. En la estación de Hiroshima dejamos las maletas en consigna para ir más desahogadas todo el día.

 

Cogimos tranvía eléctrico para el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima, una gran extensión de jardines, fuentes y monumentos en recuerdo de aquellos asesinados por la explosión de la primera bomba atómica nuclear del mundo, aquella mañana del seis de agosto del ’45, a las ocho y cuarto, sobre la población civil de Hiroshima.

 

El núcleo del parque es una cúpula de hierro sostenida por un amasijo de ladrillos y escombros, fantasma de lo que fuera un soberbio edificio diseñado por un arquitecto checo y sede de oficinas administrativas, creo, japonesas junto al río. A escasos 150 metros de aquella cúpula, cuando una movilización estudiantil se agolpaba en ese escenario repleto de críos, de civiles, de miles de coreanos (soldados, voluntarios…), estalló la bomba dejando entorno a 80.000 personas sin vida y a otras tantísimas heridas, amputadas y con mutaciones que hoy día continúan.

 

Curiosamente parte de ese edificio se conserva hoy día, aguantó el estallido porque el impacto fue desde arriba, eso dicen para explicar cómo la población de dentro y fuera del edificio quedó completamente arrasada, y sin embargo, pilares de hierro y ladrillo junto con la estructura de la cúpula verde, Genbaku, está hoy día de pie.

 

Han sido innumerables las donaciones de japoneses y de la humanidad entera para conservar este recuerdo físico. Problemas y opiniones encontradas acerca de conservar o no esta estructura por el dolor inmenso que despertaba verla allí todos los días, como pasó con el muro de Berlín.

 

En fin, lo irritante de todo esto para mí como turista, es ver cómo otros turistas, sobre todo los nacionales jóvenes, se hacían fotos sonrientes delante de una tumba, o un monolito en recuerdo de esta tragedia. No se me olvidará la feliz cara de la chica nipona haciendo el signo de la victoria delante del cenotafio de las víctimas. ¡¿Qué ilógico?! ¡Como si posaran junto a la torre Eifell! Bueno, yo estaba indignadísima y a cada paso me hinchaba de llorar, no podía leer en voz alta las informaciones en inglés sin que se me quebrara la voz.

 

Curiosamente, en la fachada principal del edificio de la cúpula, estaban posados decenas de gorriones, palomas… todos alineados, quietecitos, y en lo alto del todo, una grulla, símbolo de Japón, estaba impávida, sin moverse con la vista al horizonte. Impresionante estampa de vida y muerte.

 

Por otra parte del parque, un montón de origamis colgados en ristras frente a una escultura de niños (en memoria de los críos asesinados). Los visitantes dejan origamis que van colgando allí, y los niños de los colegios los reciclan para hacer bolígrafos, libretas y demás que luego venden en las tiendas sacándole así un beneficio que va directo a diversas asociaciones en ayuda a las víctimas.

 

En otra parte, había una serie de personas que parecían importantes: un imán, un viejecito japonés en sillas de ruedas… todos acompañados de cámaras de vídeo y de fotógrafos. Parecía como un encuentro de religiones quizá con alguno de los pocos supervivientes de aquel día que se encontraban por la zona de la explosión.

 

Compramos varias cosas en una tienda de "20 duros" y volvimos en tranvía de nuevo a la estación. El precio del billete por trayecto es de 150 Y, y te para justo enfrente de la cúpula. “No hay sitio para el odio”, parecen decir los japoneses.

 

En la estación nos encontramos con un retraso de media hora para coger el tren hacia Miyajimaguchi. Llegamos allí con un tropel de gente y fuimos al ferry (a cinco minutos a pie desde la estación de tren, muy bien indicado con carteles). Hay que coger siempre el barco de JR porque hay otra compañía que opera pero no te sirve el interrail. El ferry tarda entre 10 y 15 minutos para llegar a Miyajima.

 

Estuvimos un par de horitas viendo aquello: la puerta Ootorii, gran tori rojo que se cubre cuando sube la marea, los ciervos libres por las calles queriendo comerse todo lo que encuentren incluso en tus bolsillos, el templo de Itsukushima frente al enorme tori… En fin, si dispones de más tiempo, desde luego es altamente recomendable subir a lo alto del monte Misen.

 

Se puede hacer en teleférico o andando –no más de media hora- y los paisajes son preciosos, aparte de que te encuentras con otro parque con ciervos y demás, con templos budistas de la secta Shingon, con algunos misterios de la naturaleza y sus leyendas… y monos también. Nosotras no pudimos subir pero yo me quedé con muchas ganas. Si el tren no hubiese tenido retraso… lo que alcancé a ver fue la cuchara de arroz más grande del mundo (de madera) que se encuentra en la calle principal de tiendas.

 

Ya se nota la presencia de más europeos y occidentales en general desde Tokio al oeste del país. En Miyajima también, aunque el turismo nacional impera.

 

Para comer allí unas ostras que te hacen a la parrilla o también el crep –famoso de Hiroshima- relleno de fideos, verdura, cubierto como una tortilla –tipo calzone-.

 

Llegamos al tori –marea baja- y otra vez me di cuenta de la superstición de la gente: dinero entre la madera y las algas del tori. Algunas grullas, cuervos y rapaces sobrevolándolo. Nos fuimos hacia el templo de Itsukushima por la arena. Me metí debajo de la madera que lo sustentaba para hacer fotos.

 

Anduvimos hasta la otra parte del paseo marítimo desde donde la perspectiva cambia mucho: al atardecer, el sol intensifica los colores rojos del Tori y los hace brillas de una forma preciosa, además esta zona apenas tiene turistas y es muy tranquila.

 

Volvimos al ferry a las dos de la tarde. Luego probamos un helado de melón, que aquí parece que todos los helados son de fruta pura porque saben muchísimo a la fruta en cuestión. ¡Qué rico!

 

Volvimos a Hiroshima a por las mochilas y salimos de ahí hacia Asa. En la no tan pequeña estación de Asa, nuestra sorpresa fue que no existía tren hacia Nagatoshi, si no que JR Mine Line era un servicio de autobuses de la propia compañía JR.

 

Bueno, cogimos el bus sin más problemas hasta Nagatoshi y luego, otra última conexión de tren hasta Hagi (Higashi Station era nuestra parada porque el Hotel Orange, donde nos íbamos a alojar, estaba a cinco minutos a pie desde allí).

 

El señor recepcionista tenía ya preparada la información del hotel en español (muy mal traducida pero graciosa de todas maneras). Eran las nueve y pico de la noche y como estábamos muy alejadas del casco histórico –unos 2 kilómetros- decidimos visitarlo a las cinco de la mañana porque nuestro tren salía muy temprano –a las 7 am- , e hicimos tantas conexiones de tren sólo para ver este sitio que no podíamos dejarlo pasar.

 

Cenamos a cinco minutos del hotel en un restaurante que cerraba a las doce de la noche y que tenía todos los platos a 500 Y. Cena japonesa sabrosa sentadas en el suelo y con palillos. Muchas telas de araña por el camino. Los baños de los hoteles suelen ser muy muy pequeños, con una bañera muy profunda y alta y con su lavabito mini que comparte conexión con el grifo de la bañera –palanca a un lado o al otro-.

 

Te suelen dar cepillo de dientes con su pasta, toalla y cuchilla de afeitar. Y no nos olvidemos de su WC de lo más electrónico.

 

 

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