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Japón en tren: 22 días por el país del sol naciente

Cementrerio Okunain-Okayama-Kurashiki

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DÍA 17 Cementrerio Okunain-Okayama-Kurashiki

Nos levantamos para la misa budista de las seis y media, con cinco japoneses más. “No yukata”, nos dijeron. Así que, vestiditas normales, fuimos al templo del monasterio, pasillo adelante.

 

Duró una media hora entre el “gong” del monje y su mantra. Incienso a reventar y luces de velas tenues. Un ambiente idóneo para quedarse dormidita.

 

Desde luego relajarte relaja, no cabe duda. Los japoneses se sentaron en el suelo y antes de empezar soltaron sobre una pira ardiendo un puñado de tierrecita (igual era incienso en polvo) que al echarla echaba humo. Juntaron las palmas e inclinaron la cabeza. Al final del acto, el monje (porque sólo estaba “el monje”, el mismo que nos cobró al día siguiente) les dio como unos rollos lindos a cuatro de los japoneses.

 

Salimos a la civilización: sendero hacia el gran cementerio de Okunain con más de 200.000 tumbas (la inmensa mayoría de piedra y musgo) y mausoleos; más de dos kilómetros por una avenida de cedros milenarios, una pasada. Muchas imágenes budistas con baberitos y gorritos, señal de luto por pérdida de hijos. Y tumbas de gente importante, imaginamos que budistas.

 

El camino desemboca en el templo Torodo, famoso por la capilla de Kobo Daishi, más conocido como Kukai, fundador de la secta budista Shingon en el Monte Koya, muy visitado y venerado (Koyasan es un punto fuerte en las rutas de peregrinaje religioso budista; véase los peregrinos vestidos de blanco con gorro piramidal típico), y también famoso por multitud de lamparitas donadas por creyentes y demás que, alineadas, crean un ambiente increíble.

 

En esa área no se pueden hacer fotos. Nos encontramos con fieles, una familia viejecita que rezaban delante de estatuas budistas, en plan mantra, y el cabecilla, el que llevaba el ritmo, hacía movimientos bruscos y extraños delante de la figura de vez en cuando. Muy curioso y somnoliento.

 

Tras ver tumbitas en cúmulos, formando pequeños cerros, fuimos desandando el camino encontrándonos con una tumba que tenía por lápida un cohete espacial. Cogimos el bus hasta la última parada de Koyasan, Daimon, para ver la enorme y roja puerta de entrada/salida varias veces quemada y otras tantas restauradas.

 

Entramos a un complejo más amplio donde se aúnan varios templos budistas, unas pagodas, el templo Miedo, Saito,… Allí volvemos a ver a un grupo de creyentes, esta vez peregrinos ataviados de blanco con su indumentaria típica incluidos gorros de pico (los habituales chinos en los que pensamos al estereotipar a Asia). Rezaban con sus cuentas y/o rosarios delante de cada templo y la mujer, que parecía la ‘líder’, era la que llevaba el cántico y hacía finalmente esos movimientos bruscos al final.

 

Volvimos a nuestro alojamiento. Allí pillamos las mochilas y cogimos bus para la estación, luego funicular, y luego, tras esperar que viniera el tren local, el tren hacia Shin-imamiya.

 

Enlazamos allí con Osaka Station para dirigirnos a Shinosaka y parar en Okayama para ver uno de los tres más hermosos jardines de Japón. Pero al final, entre el cansancio y la apatía, decidimos no ir a Okayama al día siguiente, luego pernoctamos como teníamos pensado el día 18 en Kurashiki para verlo mejor.

 

Bueno, en Kurashiki el hotel estaba justo enfrente de la estación, era un Toyoko-inn, como en Abashiri, y lo regentaba una chica de foto fantasmagórica, llamada algo así como Mari Kondo. Total, el hotel genial, un acierto esta cadena de hoteles bastante económica para lo que hay, y muy bien situados.

 

Ya era de noche al llegar y nos dimos una vuelta. Fue una grata sorpresa descubrir el encanto de esta ciudad, con sus pocos canales de agua y ese gusto por la decoración occidental (imitación a iglesias, edificio de columnas griegas, fachadas europeas o de la vieja colonización,…) mezclada con la tradición de las casas japonesas de familias de samuráis. Aquí se producen los vaqueros japoneses, y hay un museo de la sal.

 

Tras perdernos y desesperarnos mucho en la búsqueda de los canales, compramos en unas tiendecitas abiertas (y eran las nueve de la noche ya) souvenirs y algo de especias japonesas. También vimos una tienda artesanal de velas súper originales, personalizadas para bodas y demás eventos, otras con formas de cerdito, gatos… de colores. Y muchas velas para la fiesta de Halloween, de calabazas, murciélagos, una pasada. Íbamos a comprar un pack con varias, pero pese a nuestra mímica y a nuestras pocas, pero japonesas palabras, no hicieron las dos chicas de la tienda ni el amago por intentar entendernos.

 

Ambiente súper tranquilo, en calma y todos callados, sauces llorones como guardianes de los canales, tiendas de delicatessen abiertas, barcas japonesas quietas sobre el agua, luces en calma creando un ambiente especial. En un museo había como una convención o algo, mucha gente con tarjetas de identificación. Volvimos hacia el hotel y entramos a cenar enfrente, en un sitio baratito de comida rápida. Una rica ensalada de atún, ¡por fin! Patatas fritas delgaditas y algo picantes, pollo y huevo… todo muy rico y económico. Cervezas de barril Kirin y Asahi controladas. ¡Y a descansar!

 

 

 

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