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Japón en tren: 22 días por el país del sol naciente

Umeda Sky Building-Namba-Koyasan-Jimyoin

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DÍA 16

Al día siguiente, vamos hacia Osaka con el tren de cercanías (JR Loop Line) circular. Tras un caos en la, laberíntica para nosotras, estación de tren, pasamos por la oficina de turismo, y surprise, surprise, me atiende una chica, aparentemente mestiza, hablando un más que estupendo inglés, fluido y de exquisita pronunciación.

 

Con la información bien dada y recibida, nos encaminamos al imponente rascacielos doble llamado Umeda Sky Building, el cual tiene en su piso 13 un observatorio de 360 grados con un “jardín flotante” (se ilumina por la noche el suelo simulando un jardín con flores, hierbas,…) al que se accede por medio de escaleras mecánicas suspendidas en el aire.

 

También nos encontramos con una exposición de Michael Jackson en el quinto piso, a la que no fuimos porque no queríamos pagar los 2.000 Y de la entrada. Abajo había una reproducción, decía la leyenda que era la puerta actual, de la residencia Neverland del cantante. De nuevo aceptaron lo de la minusvalía por doblete.

 

Las vistas fueron impresionantes, pero seguro que por la noche, la visión supera la luz del día. Volvimos a la estación de tren para Osaka para ir al barrio de Namba, Minami, donde la presencia de neones y restaurantes a cada paso hacen que su ambiente tanto nocturno como diurno sea muy agradable, aunque siempre más sucio que todas las ciudades o puntos anteriormente visitados.

 

Tras otra ruta laberíntica por la estación de Namba, salimos a la luz, metiéndonos por galerías de tiendas de souvenirs y varietés, para desembocar entre los canales del río y un cangrejo rojo móvil en la fachada de un puerto-restaurante de marisco.

 

Jóvenes con pelos rubios –teñidos- y lacios, los pelos y ellos mismos, nos esperaban por las calles. Finalmente, tras dar unas vueltas y entrar a alguna que otra tienda graciosa, nos metimos en un bloque con un muñeco grande en la entrada, lleno de todas las cosas que una persona puede vender. Ja, ja. Impresionante. Vendían de todo.

 

De vuelta al tren, compramos en la estación de Nankai el pase “World Heritage” para Koyasan. A ver, cómo es otra compañía férrea, el interrail no cubre, entonces si pagas por trayecto sí que te sale más caro llegar y volver a Koyasan desde Osaka. Pero si tienes tiempo puedes acceder más cerca de Koyasan con el JR haciendo varias conexiones hasta llegar, creo, a Hashimoto.

 

Total, que aunque vendan la peli de que no se puede acceder con el JR, que es más complicado, creo que no lo es tanto si tienes tiempo. Al final el pase nos salió por 2.700 Y y pico, por persona, cubriendo trayecto I/V de Osaka a Gokurakubashi en tren local Nankai, luego funicular desde Gokurakubashi a la estación de Koyasan (I/V) y todos los autobuses (ilimitado) de Koyasan, aparte de descuento en cuatro templos y tres o cuatro tiendas de souvenirs. El tren creo que tardaba unos 100 minutos y el funicular 10.

 

Cuando te ibas acercando al monte Koyasan con el tren, ya ibas percibiendo el bosque en todo su esplendor. Árboles eternos, colinas teñidas de un verde intenso. Aún no ha llegado el otoño, aunque hay ciertas hojas tímidas bañados de un rojo oscuro. La subida en el funicular es espectacular en lo que concierne a la pendiente tan marcada montaña arriba. Se ve una especie como de puente de piedra o algo así a la derecha.

 

Nada más subir ya están los buses preparados para salir. Cogemos el que va en dirección a Okunain para bajarnos en la parada de “Rengendai” o algo parecido. Tan sólo mostramos a la bajada el ticket de bus del pase que compramos y el conductor te lo agradece con un “arigato gozaimas” plus sonrisa. Desde la parada, retrocedemos unos diez metros y cruzando encontramos una leve subida flanqueada de farolitas de piedra con un cartel con el nombre del monasterio Jimyoin.

 

Te reciben los monjes. Te descalzas, te pones las alpargatas de cuero marrones que están en el suelo de madera y recoges tus zapatos para colocarlos en una estantería con casilleros, también de madera. Nuestro monje nos va guiando a nuestra habitación japonesa mientras nos explica los usos y horarios del monasterio.

 

Este tipo de alojamiento es otra alternativa de las muchas que existen en Japón para dormir; concretamente se llama “shubuko”, el alojarse en monasterios.

 

También incluso puedes dormir muy barato en un cibercafé, con tu internet por delante, o en un WC (nos lo dijo la francesa). No sé bien los precios del resto de los monasterios, pero en Koyasan es un robo. 12.600 Y, 2 personas sin comidas y sin baño propio. Aunque como todo, los había mucho más caros.

 

También hay un albergue pero no hay narices de contactar con él por mail, sólo por teléfono, y claro, ¿vas a hacer una llamada internacional a un albergue de montaña donde no saben hablar inglés?

 

La habitación está muy bien, es amplia y lo mejor es una terracita, separada por las tradicionales puertas de shoji –hechas de madera y papel de arroz-, que da al jardín donde tienes dos sillas-mecedoras giratorias para beber tu té verde contemplando el paisaje y oyendo a los pajaritos (siempre protegida con una súper mosquitera corredera, claro).

 

Nos damos una vuelta por Koyasan, y descubrimos que los monjes lo tienen súper bien montado. Mucho budista, sí, pero unos cochazos de lujo brutales, y unos precios para todo nada baratos. Además, se ve que todo lo tienen súper cuidado, jardines elegantes, templos relucientes,… supermercados, colegios budistas, restaurantes, tiendecitas… en fin, de todo para sobrevivir. Ahora sí, cierran también temprano, así que no olvidarse de comprar algo en el súper o venir cenados.

 

Nosotras hicimos las dos cosas, es decir, compramos un poco de todo en el súper y al final decidimos probar la comida vegetariana propia de los monjes, llamada “shojin-ryori”. 3.150 Y por persona nos clavaron, pero fue interesante la experiencia. Te dan a escoger si te la llevan al cuarto o si vas al comedor, imagino que con ellos.

 

Por nuestras experiencias anteriores con aquel mítico desayuno japonés en Towada, decidimos por unanimidad cenar en el dormitorio.  Vino a las seis y media un súper monje enorme con cuatro bandejas montadas una sobre otra. El monje que nos recibió se encargó de explicarnos cómo iba el tema, qué era cada cosa y demás. Se fue y comenzó nuestra aventura.

 

Sopa, tempura de verduras, setas dulces, arroz, mi querido amigo arroz pastoso y “fácildecogerconlospalillos”, champiñones jugosos, algo con vinagre, verduras cocidas, algo aún más extraño y esponjoso que nadie comió… en fin, variedad, poquito de cada cosa, como viene siendo costumbre en este país. Rico en su mayoría, pero muy muy raro para nosotras. Sugerencia: oler todo primero, probar un pelín de cada comida porque la vista engaña y parece que es “oh, una zanahoria”, y zas!! No tenía nada que ver con los conejos, y todo lo que sea verde, tened precaución, ¡puede que pique a reventar! Ja, ja.

 

Dormimos muy bien tras un baño y ducha y baño después, que nos dimos en el onsen del monasterio (sólo mujeres). Uf, súper bien. Solas las dos. Y muy limpio todo, otra de las cosas mejores que tenía este monasterio, y su cementerio también.

 

 

 

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