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Japón en tren: 22 días por el país del sol naciente

Templo Kiyomizudera-Fushimi Inari-Nara-Osaka

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DÍA 15

Este día amaneció tranquilo y despejado tras una noche de tormentas y diluvio universal. Vimos internet, desayunamos queso Kiri con pan brioche y jamón, y nos fuimos a un templo que nos habíamos dejado por el barrio de Gion abandonado…, el Kiyomizudera.

 

Otros quince minutos andando desde el hotel. Lo llaman el templo del agua pura. Tiene una pagoda enorme a la entrada y otra más, pero esa estaban restaurándola. Una vista impresionante de Kioto y más, si estuviera en la época de los cerezos en flor, que dicen que es espectacular.

 

El balcón que hay está sostenido por un labrado artesonado, maderas cruzadas, una gran obra de ingeniería.

 

El agua que fluye por acequias discurre por una fuente de tres caños donde la gente hace cola para intentar llenar un cazo alargado en la distancia de agua. Seguro que si lo consigues tienes suerte para algo, o años más de vida. Incluso en el complejo del templo hay una sección tipo “para supersticiosas”, donde piedras del amor, y dioses de la fortuna harán las delicias de los creyentes.

 

Volvemos al hotel para coger las maletas e irnos hacia la estación de tren de Kioto. En el camino, por una callejuela, entramos en una tienda más barata para comprar pulseras de oración budistas.  De nuevo cogimos el tren hacia Nara, pero antes nos bajamos en Fushimi Inari, a tan sólo dos paradas de tren, para ver los toris rojos sagrados.

 

Las consignas no eran muy grandes, así que tuvimos que coger dos, una para cada maleta. Compramos en el supermercado de al lado patatas fritas con temor a equivocarnos y a que nos ardiera la boca por el desconocimiento del idioma y por la gastronomía diferente de los japoneses. Acierto total, ¡mejor que las españolas! Ja, ja. ¡Viva, viva! ¿He mencionado ya que hay patatas fritas con sabor a camarones o a wasabi?

 

El camino de los toris sagrados, alineados uno tras otro formando un túnel rojo infinito, estaba justo enfrente a la izquierda de la estación de Fushimi Inari. Una subida, y la primera pasarela de toris, para luego separarse en dos galerías rojas.

 

Optamos por la de la derecha, y ahí comenzó una senda eterna de cuestas y bajadas repleta de toris, imágenes budistas y sintoístas, y enormes telas de araña con sus correspondientes reinonas. Brutal, una pasada. Un poco laberíntico pero divertido.

 

Descubrimos que una de las múltiples ofrendas a estas estatuas, eran berenjenas, pequeñitas, pero berenjenas al fin y al cabo. Al final nos liamos a tope entre tanto túnel y tanto bosque. Vimos una panorámica de la ciudad desde lo alto y muchos toris pequeñitos rojos para comparar y ofrecérselos a los dioses. También fuentes con cabezas de dragón para bendecirte o purificarte con los cacitos.  Entre tori y tori, hay algunos puestos de comida para tomar algo y relajarse. A la bajada nos liamos un poco para encontrar la salida porque no existe un maldito “exit” en inglés, bueno miento, vi sólo uno en todo el camino, así que, lógicamente, nos confundimos.

 

Cogimos de nuevo el tren rumbo a Nara. Allí no hay que liarse porque se llega a la estación principal de tren y se sale de la misma, no de una llamada “Kitetsu” o algo así, que está más pegada al centro. Para visitar el Parque de Nara junto con la figura de bronce enorme de Buda y el edificio majestuoso de madera (el mayor del mundo, su estructura de madera, claro está), en el que se encuentra, hay que coger un bus desde la estación de tren que cuesta unos 200 Y, creo que el precio era fijo. Andando se tardan unos treinta minutos, pero como llegamos a las cuatro de la tarde y los templos cierran pronto, optamos por el bus.

 

 

 

Nada más comenzar el trayecto, empezamos a ver ciervos y gacelas por doquier, ¡en medio de la ciudad! En las calles, en la mediana de la carretera,… increíble.

Una pasada.

 

Bajamos en la parada más cercana al templo Todaiji , ya dentro de lo que es el parque, y, entre lámparas-farolas de piedras típicas, árboles y humanos, los ciervos aparecían como setas. Dimos de comer a uno y fue nuestra perdición. Todos nos siguieron, parecía que hacíamos una conga.

 

Por el sendero recto que desemboca en el templo Todaiji, ya se vislumbra una gran puerta, a modo japonés, de enormes dimensiones. Pilares y pilares de madera engarzados forman una estructura perfecta, y a ambos lados, flanqueando la entrada, los guardianes gigantes habituales. Pero no, tras traspasar aquella mole, aún no habíamos llegado a nuestro destino, aún quedaba la estructura: el templo Todaiji.

 

Bordeando la entrada pasamos a su patio (con su correspondiente peaje, claro), lo cruzamos entre decenas de personas que alucinaban con el tamaño del templo, y aún más, cuando ven su interior y descubren la efigie de Buda, brutalmente grande, con sus flores de loto y su quietud marcada por esa mano hacia el mundo que asoma con decisión pero con humildad.

 

También están en madera otras deidades y/o guardianes, y un agujero enorme en uno de los pilares de madera que dice que, si pasas tu cuerpo a través de él tendrás, no recuerdo si era una larga vida o mucha suerte.

 

Al irnos, escuchábamos afuera lo que nos esperaba…, estaba lloviendo a cántaros. De nuevo nos impermeabilizamos y llegamos muy dignas hasta la parada de bus, el cual volvimos a coger para desplazarnos hasta la estación de tren de Nara, la principal. Repito esto, porque entre tanto caos de lluvia y de gente agolpada en el bus, nos bajamos en la estación anterior de Kitetsu o Kisetsu, vaya, que no es ésa.

 

Rumbo en tren hacia Osaka; allí al menos no llovía. Nos bajamos en la parada de Shin-imamiya porque nuestro hotel estaba allí. Una zona bastante descuidada y sucia, con muchos mendigos o gente de vida sospechosa. Olores en las calles y un ambiente poco agradable.

 

El hotel Toyo era uno de los más baratos del viaje, unos quince euros por persona, habitación doble japonesa, sin baño dentro. Claro, cutre y poco limpio, pero lo justo para dormir. En la entrada del hotel, una armadura chulísima de samurai.

 

Dimos una vuelta por la noche por la zona y visitamos el barrio de Tennoji-ku con sus varias figuritas de Billiken, estatua de la suerte –si frotas sus piececillos-. Esa zona tenía vida, luces de neón, bares tipo con mesitas fuera, calles iluminadas, y peces globos de papel inflados y colgados de los restaurantes.

 

 

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