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Bolonia-Módena-Ferrara

Día 3 Última vuelta por Bolonia

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Creo haber comentado que me ha encantado el hotel, ¿pero también he dicho que por la mañana se escucha, en vez del ruido de los coches al pasar, los pajaritos? Ay, ¡qué felicidad! Dejamos las maletas en recepción y de nuevo a patear la ciudad.

 

Lo único que vemos diferente es el mercado en las calles que desembocan en la piazza Maggiore y que parten del cruce donde se alzan las dos torres. Aquí hay alguna que otra tasca antigua, tiendas de comestible de épocas pasadas, pero eso sí, todo muy limpio y bien organizado en los escaparates. Aparte de fruta y verdura, puedes adquirir pastas artesanales hechas a mano, vinagre de la región, carne y dulces y pastas que nada más verlas empiezas a babear.

 

 

A quien le interese, hay una tienda de artículos a 99 céntimos de euro en una de las calles que bajan al barrio judío a 15 metros de las dos torres inclinadas.

 

Pasamos de nuevo por la via della Indipendenza con multitud de tiendas de moda bajo sus pórticos. En una de las calles perpendiculares lejanas a la piazza Maggiore, almorzamos en otra trattoria distinta para ir probando cosas nuevas. Cosas nuevas que versaban sobre pasta, lógicamente. Ja, ja. Esta vez, dos platos de tortellini –como circulitos rellenos de carne- con ragú –carne picada especiada y buenísima-, cerveza –cinco euros- y fanta naranja –tres euros-. En total unos 30 € y los estómagos a reventar.

 

Cerca de la hora de coger el avión de vuelta, retornamos al hotel para recoger las maletas. Si no quieres andar mucho puedes llegar hasta la via della Indipendenza y allí hay una parada para el ‘aerobus’, pero legalmente tienen la obligación de cobrarte dos euros más porque para en la estación central de tren y de allí va al aeropuerto, y digamos que el trayecto ese tan corto, te lo tienen que cobrar aparte. Vaya, un sacadinera, porque ya de por sí han subido el precio del billete del ‘aerobus’ un euro en lo que va de año.

 

Muy dignas arrastramos nuestros alter egos con ruedas hacia la estación de tren. Seis euros y para arriba. Tras un trayecto de 25 minutos –nótese la hora punta pese a los pocos kilómetros que separan el aeropuerto de la ciudad- con más de un susto en las rotondas (sí amigos, el estereotipo del conductor italiano… imagínense el italiano que a su vez es conductor de autobuses…), llegamos a la terminal de salida (la de llegada está en el mismo edificio, en la misma planta, es para darle un poco más de emoción, pero está al lado) del aeropuerto de Marconi.

 

Probamos las maletas en la estructura de hierro que tienen para el equipaje de mano, y nos despedimos de Bologna ya desde el aire, con ganas de repetir la magia de sus calles.

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