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Día 2 Ferrara

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Noche algo cálida pero muy agradable con la temperatura de la habitación y la brisa que entraba por la ventana. Ducha y un buen desayuno cada vez más variado y rumbo a Ferrara , ciudad medieval al noreste de la región de Emilia-Romaña y Patrimonio Mundial por la UNESCO.

 

De nuevo salimos en tren por cuatro euros por persona ida en un trayecto de media hora. Hay que andar un trecho para llegar a lo que es propiamente el casco antiguo, tal vez 20 minutos a un buen ritmo, pero hay señalizaciones continuamente de qué visitar y hacia dónde dirigir tus pasos, o la bicicleta, porque Ferrara se descubre fenomenalmente sobre ruedas, dando un paseo por sus más de nueve kilómetros de murallas que circundan la ciudad con forma pentagonal, o adentrándose en sus calles medievales.

 

Aquí podemos visitar la catedral y el castillo del duque de Este, rodeado este último por un foso. La catedral es de estilo gótico-románico. Para mi gusto lo más admirable es su fachada frontal. Hay innumerables palacios como el de Diamanti –donde se realizan exposiciones de pintura muy importantes- o el Schifanoia, e iglesias como la de San Francisco o la de San Domenico.

 

Ferrara es una ciudad muy tranquila y bonita para pasear porque su centro guarda el encanto de épocas pasadas uniéndolas con un presente difuso.

 

Vuelta hacia Bologna en tren, y como de costumbre el revisor no pasa, sintiéndonos un poco estúpidos por pagar como locas trenes sin vigilancia. Quizá la gente que vive aquí nunca saca billetes y les compensa eso que pagar una multa de forma puntual.

 

Ya allí, hacemos una parada en el hotel para refrescarnos, aunque la temperatura en esos días últimos de junio no es soporífera en absoluto, ni comparación con el bochorno malagueño. Almorzamos a eso de las cuatro de la tarde en otra trattoria que estaba abierta –pese a que los horarios de comida italianos son similares a los europeos, nos encontramos con muchos restaurantes abiertos según el horario español-. Por 20 € de nuevo pasta, en esta ocasión raviolli con ragú, y una pizza con botella de agua grande. Riquísimo todo.

 

Otra gran caminata por el casco antiguo, el gueto judío, la zona universitaria, la basílica de San Francisco con su convento,… una maravilla, te ibas encontrando torres e iglesias por cualquier rincón.

 

La oficina de turismo está enclavada en el Palazzo dei Bianchi, frente a la basílica de San Petronio. La verdad es que el local está muy fresquito con el aire acondicionado y es luminoso, pero la información regional que solicitamos nosotras dejaba mucho que desear. Tomamos un helado rico italiano en esa misma galería, disfrutando del animado ambiente de la piazza Maggiore.

 

Por la noche decidimos aventurarnos por el gueto judío y probar una de las trattorias del lugar. Éxito total. Alumbrada con velas y con lámparas de papel, sentadas en la terracita, tortenolli a las cuatro quesos con salsa de nueces y garganelli –como los macarrones pero con más elegancia, estriados- con salsa de la casa –parecida a la boloñesa-. Pedimos una botella de lambrusco tinto –marca Ceci de 75 cl- que costaba 8 € y otra de agua pequeña. Esta cuantiosa cena costó 33 €, ¿será la crisis o es que mi memoria me juega una mala pasada y mi recuerdo sobre la comida era bastante más caro?

 

 

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