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Bolonia-Módena-Ferrara

Día 1 Módena

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Nos levantamos con apetito y confirmamos la variedad del desayuno italiano: pan, dulces, cereales, distintos cafés y zumos. En nuestra primera incursión, decidimos perdernos por las callejuelas, pasando por puentecitos con canales, fachadas de colores, calles porticadas,… hasta topar con un mercadillo enorme, con precios muy competitivos, como no podía ser de otra manera.

 

Nos dirigimos hacia la estación de tren para aprovechar la mañana en otra mítica ciudad, Módena, y así dejar la tarde libre que estaremos más cansadas, para patear con más tranquilidad Bologna.

 

En la estación de tren había unas colas tremendas para comprar los billetes, por lo que decidimos adquirirlos en las máquinas automáticas, no sin antes verificar que comprábamos un billete de tren regional, considerablemente más barato: 3,30 € por persona el trayecto Bologna-Módena. Picamos el billete antes de subir al tren (ojo con esto que es muy europeo) en las maquinitas amarillentas adosadas antes de ir a los andenes. Retraso de diez minutos, compramos agua, que para mi asombro no está excesivamente cara  –ni otros productos que había allí-, un euro la botella de 50 cl.

 

El viaje no duró más de 20 minutos. Tomamos debida cuenta de los horarios de vuelta situados en los paneles de información con el título de ‘partenza’, e iniciamos la caminata.

 

Tardamos un poco en llegar al centro de vida de Módena, la famosa piazza Grande porque recorrimos en primer lugar el perímetro perdiéndonos un poco por las calles y, de esta manera, pudimos descubrir otros tesoros de gran belleza arquitectónica, legados del duque del Este: el jardín, la academia militar, el teatro,…

 

Mucha bicicleta aunque también coches pero en menor medida. También el casco histórico adoquinado, una pasada.  Muy animado y alegre. Creo que la gracia de esta ciudad está en que te pierdas por sus mil callejas, con fachadas de colores cubiertas con los clásicos tapaluces de madera, repletas de locales ‘pyme’, que no pierden su encanto y conservan su esencia evitando que las grandes cadenas de almacenes los engullan.

 

Entramos a la iglesia de San Agostino, muy elaborada por dentro, muy tenue la luz, con todo el techo de frescos, estatuas por doquier, una pasada. La vía Emilia, la antigua calzada romana, pasa por esta iglesia.

Ya en la piazza Grande nos encontramos con la catedral, Il duomo, uno de los ejemplos del románico más importantes de Europa.

 

Parece como si estuviera encajada en la tierra, metida hacia dentro. Actualmente la están restaurando por fuera, pero se percibe fachadas repletas de columnatas, pasadizos, puentes y mil secretos. El ambiente dentro es súper lúgubre. De hecho, coincidimos con una misa y fue sobrecogedor, se dio bajo el ábside del altar, como una cripta, y el cura era muy mayor.

 

Entre los altavoces y la arquitectura interior de columnas de mármol con basamento de figuras de leones, era para echarse a temblar. Pero me encantó. La torre Cívica conocida como Ghirlandina, con sus casi  90 metros de altura, es el campanario de la catedral de Módena; también está restaurándose y no se puede apreciar bien lo maravillosa que es.

 

También en la misma plaza está el no menos famoso Palazzo dei Musei, Palacio de los Museos, en cuyo seno se estaban casando varias parejas. Así vimos los coches antiguos con latas colgadas del guardabarros trasero. Mientras disfrutábamos de dos cervezas bien fresquitas por 10 € sentadas en la misma plaza, vimos pasar uno de los coches seguido del estruendo roce de las latas contra los adoquines.

 

Callejeamos como una hora más y nos dirigimos de nuevo a pie hasta la estación de tren. Allí otra enorme cola de gente y las máquinas automáticas estropeadas. Así que no tuvimos más remedio que hacer cola y comprar los billetes allí, perdiendo el tren.

 

Comimos algo en el McDonald´s de la estación para hacer tiempo –por cierto, WC de los McDonald´s son gratis por aquí, al parecer-, ya que los horarios de vuelta son todos a las y treinta y cuatro. Nos subimos en el tren sin picar, ups, y nos apeamos en Bologna media hora después. Ya apretaba un poco el calor a esa hora, las cuatro de la tarde, así que decidimos ir al hotel para ducharnos y descansar un rato.

 

Tras ese breve repostaje de energías, volvimos al bullicio de la ciudad para enamorarnos de ella… ¡qué pasada de ciudad! Preciosa, un casco antiguo enorme, monumental todo, con muchos palacios y torres imposibles, bueno increíble.

 

En una de las innumerables calles de la ciudad, nos metimos en un bar y probamos un ‘refresco’ que se acompaña para los aperitivos: spritz. Es una mezcla de vino blanco seco, agua con gas o tónica y un porcentaje de bebida alcohólica como Campari  o Aperol –muy rebajado con agua el mío para que no fuera demasiado fuerte- y nació en la región italiana del Veneto. Nos costó 5 € dos vasitos y nos pusieron patatas fritas y algunos trocitos de pan con jamón serrano.

 

En tiendas locales compramos paquetes de pasta (de Bologna son los tagliatelle, tortellini, lasaña,…) de formas juguetonas, a veces enormes, más allá de los clásicos y simples espagueti. También cogimos una cerveza artesanal de la región.

 

Seguimos con nuestra ruta aleatoria por el centro, descubriendo casas sostenidas por inmensos y largos pilares de madera, fachadas con arcos rotos, desdibujadas, ventanas ínfimas y pórticos interminables (¡alrededor de 40 kilómetros de soportales!).

 

Llegamos finalmente a la piazza Maggiore en la que tenían puesto un escenario y una pantalla de cine gigante, con motivo de festival de cine, reposición de pelis clásicas –los comienzos de este séptimo arte-.

 

La plaza estaba a rebosar de gente, por todos lados. Entramos en la basílica de San Petronio, sita en la misma plaza. La entrada era gratis pero vigilada por el personal eclesiástico. Cabe destacar, la línea meridiana más larga del mundo, de casi 70 metros, construida en el siglo XVII con sus correspondientes signos zodiacales, y una réplica del péndulo de Foucalt en una de las capillas del ala izquierda. Otra de las capillas guarda un altar enorme de reliquias. Impresiona ver cómo somos los humanos.

 

Fuera de ella, que por cierto también su fachada está restaurándose, nos dirigimos hacia la izquierda al Palazzo Comunale (siglos XIII-XV) dónde nos espera en su patio de guerreros islámicos, una exposición, caballos, luchas y mercaderes, todo hecho con chapitas de bronce fundidas unas con otras. Lo mejor es que podías meterte dentro del juego de figuras, darles la vuelta, tocarlas,… una gozada.

 

En esta área se encuentra la fuente de Neptuno, punto de encuentro de los habitantes de Bologna. De hecho, vimos una asamblea de sus ciudadanos ‘indignados’ frente a la fuente y a los pies del Palazzo de Re Enzo. Tenemos el Palacio de los Bancos y el pórtico de Archiginnasio, una de las mayores bibliotecas italianas y europeas.

 

Todas las calles son un hervidero de gente. Ponemos rumbo a otro de los puntos emblemáticos de la ciudad: la torre Garisenda junto con la Asinelli, ambas inclinadas como la torre de Pisa, sólo que, en realidad, el famoso monumento de Pisa no es una torre, sino un campanario. La torre Garisenda es famosa por haber sido citada por Dante en sus infiernos en la ‘Divina Comedia’. Si se desea se puede subir hasta lo más alto de la Asinelli para disfrutar de una magnífica panorámica de Bologna.

 

Nosotras, por casualidad, nos enteramos de que era la noche en blanco de una parroquia boloñesa, la de San Bartolomé y Gaetano, con lo que trece de sus iglesias se mantendrían abiertas hasta altas horas de la noche para deleite de feligreses y turistas. Así que aprovechamos la coyuntura para visitar la catedral de San Pedro que tenía un altísimo campanario, por el cual subimos –se tarda un poco en subir y es algo estrechito, vas andando por una rampita haciendo círculos- y mereció la pena el esfuerzo unas vistas al atardecer de toda la ciudad, 360 grados, entre cuerdas y campanas enormes. Precioso.

 

Otro de los centros claves, al menos para mi gusto, que descubrimos, fue el llamado ‘teatro de anatomía’, en la antigua facultad de medicina que alberga hoy una interesante biblioteca. Aquí se diseccionaban los cadáveres sobre una piedra mientras el proceso era atentamente seguido por otros estudiantes y médicos, en una salsa revestida completamente de madera. Cabe destacar los frescos de escudos y leones pintados a lo largo de los pasillos, y la tranquilidad del patio. Y es aquí, en el patio, donde abrieron con motivo de esta noche blanca una pequeña capilla en la que se daba un concierto de coral junto a una explicación con guía turística. Extraordinario.

 

Exhaustas de andar, nos detuvimos para cenar en la trattoria Danello, a pocos metros de la piazza Maggiore y de la via della Indipendenza. Tomamos unos tagliatelle a la boloñesa –como tallarines anchos- y lasaña verde acompañado de pan y biscotes, cerveza y naranjada, por poco más de 30 €. La cama del hotel nos abrazó con no menos ímpetu que nosotras a ella.

 

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