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Menorca en 5 días

Día 4 Faros y calas

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Hoy, con el sol, nos animamos a madrugar de nuevo para dirigirnos hacia el norte comenzando por la costa oriental de Menorca. En primer lugar, aprovechando que era Sábado Santo y que las tiendas estaban abiertas, fuimos al supermercado Eroski para adquirir productos de la tierra: compramos más queso, más dulces, licor de hierbas y, cómo no, el conocido ‘gin’, la ginebra menorquina también con denominación de origen. La variedad conocida como ‘pomada’ es la mezcla del gin de Mahón con limonada.

 

Nos pasamos por el puerto de Mahón donde está la destilería de ginebra Xoriguer y salimos de la ciudad rumbo al parque natural de s’Albufera des Grau, núcleo de la Reserva de la Biosfera declarada de interés internacional por el programa MAB-UNESCO. En la caseta de información vemos la exposición que hay sobre el parque, flora y fauna y optamos por realizar dos senderos de los tres que se ofertan.

 

Con una duración de entre 20 y 30 minutos cada uno, estos caminos nos permiten observar la vida latente de la albufera. Cormoranes, fochas, ánades, cigüeñuelas… se atisban desde las garitas de madera ubicadas a tal efecto. Cabe destacar que hay casas particulares, fincas rústicas, las cases de lloc, diseminadas por todo el parque natural. En su tiempo esto generó mucha polémica ya que no fue hasta el ’95 cuando se protegió la zona después de muchas movilizaciones sociales. Hoy día, hay programas ecológicos y sociales para concienciar a los propietarios sobre el ganado y las tierras.

 

Si uno desea hacer la tercera ruta tendría que dirigirse hacia el pueblo marinero de Grau pues de allí comienza la senda para obtener una de las mejores panorámicas de la albufera. También se ve el sistema de compuertas que tienen para regular las aguas de la albufera.

 

Con mucha ilusión conducimos un poco más al norte, hasta llegar al faro de Favaritx. Es simplemente espectacular. Uno de los lugares de la isla que más me han gustado. Quizá sea por su paraje desolador que evoca a destierro, o la calma de las olas rompiendo serenas en las playas vírgenes de alrededor –como las de la Tortuga-, o ese viento tramontano que se lleva cualquier pensamiento y te vacía… Lo cierto es que este punto menorquín tiene algo que te atrapa.

 

Por el camino pasamos por esos prados típicos, cubiertos de un manto verde, con el ganado vacuno pastando tras las vallas onduladas de madera.

 

Llegamos hasta Fornells y, antes justo de las salinas abandonadas, nos desviamos a la izquierda hacia la cala Tirant, junto a una urbanización blanca que conserva la arquitectura popular y respeta, dicen, el paisaje virgen de esa zona de calas y aguas transparentes.

 

Desandamos nuestros pasos para salir de nuevo a la carretera principal y desviarnos por comarcales para ver más calitas, no sin antes llegar hasta el faro de Cavallería, situado en un paisaje diferente al del otro faro. Hay algunas cabras negras entre las rocas y un enorme acantilado a sus pies. Con mucho cuidado, puedes acceder por una cueva hasta el precipicio, pero repito, muchísimo cuidado porque el viento sopla muy fuerte y no te esperas que, tras la densa oscuridad de la cueva, el pasillo de ésta acabe abruptamente en el acantilado.

 

Intentamos llegar a las calas Pregonda y Binimella. La red de calzadas es estrecha, como un enjambre, pero están bien señalizados los cruces; hay puntos en los que el asfalto se convierte en tierra y es algo más complejo avanzar, pero un paraíso comparado con el acceso a Calas Coves.

 

Tras dejar el coche junto a un restaurante en la playa Binimella, vamos andando por tierra y pasarelas de madera hasta cruzar de una cala a otra, unos 30 minutos a pie. Chispeando, el cielo no nos dejó apreciar muy bien el color de las aguas removidas por el fuerte oleaje, pero sí nos llevamos como recuerdo la tierra roja arcillosa de Pregonda.

 

Es hora de comer. Repostamos combustible en la gasolinera del polígono de Ferreries, otra localidad blanca en la carretera Me-1, entre las dos ciudades mestizas de Ciudadela y Mahón. Encontramos un bar abierto a las cuatro de la tarde y comemos hablando con la dueña, oriunda de Albacete, que nos cuenta que ahí la vida es más tranquila, nada que ver con la península, que no hay centros comerciales, no hay bullicio y lo más importante, no hay esa necesidad, ese ansia de querer más.

 

Nos acercamos a la periferia de Ciudadela para tomar la carretera hasta la playa de Algaiarens o La Vall, cruzando el mayor pinar que existe en Menorca –pinos blancos y acebuches-. Aquí la arena es más rubia. Al parece en verano se cobra un peaje por dejar el coche en las zonas habilitadas para ello, y esto genera cierta controversia. Se estudian otras formas de conservación y financiación.

 

A 10 minutos en coche, se encuentra cala Morell, conocida tanto por su playa como por su necrópolis: un total de 15 cuevas excavadas por el hombre en la roca donde se han documentado enterramientos de diferentes épocas, desde el 1800 a.C. hasta el siglo II d.C. Las oquedades son impresionantes, algunas con columnas y capiteles.

 

El último descubrimiento de nuestra aventura es Punta Nati. Circulamos kilómetros hacia el norte flanqueados por un muro de pared seca, piedras sin argamasa, hasta llegar al mar, a unos acantilados de 40 metros de altitud, donde vemos formaciones de piedras que antiguamente han servido para el ganado.

 

Tras este periplo, y con el tiempo justito, volvemos a Ciudadela, al puerto comercial, para dejar el coche de alquiler en el aparcamiento, con un total de 250 kilómetros recorridos en estos dos días muy pero que muy bien aprovechados.

 

Sopla un viento tremendo y el mar está picado. Los pasajeros se marean en el barco y nosotras, viajeras eternas del estrecho de Gibraltar, aguantamos el tipo como podemos hasta llegar a Mallorca. El trayecto se hace pesado y largo. Las dos horas y media de travesía cansan con este oleaje. A las 22 horas pasadas pisamos tierra. Puerto de Alcudia. De nuevo hostal Vista Alegre, esta vez sí que para dormir. Ni salimos a cenar. La noche nos acoge y no oponemos resistencia.

 

 

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