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Menorca en 5 días

Día 3 Calas y Mahón

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Descansadas y con buen humor, nos preparamos para una jornada que promete ser interesante: hoy nos adentraremos en la cultura talayótica, visitaremos algunas localidades menorquinas que aún mantienen su tipismo isleño, descubriremos la importancia que han tenido las canteras en esta población, nos asomaremos al mar y a sus calas a través de una curiosa necrópolis, y abrazaremos al atardecer la capital de la isla, Mahón.

 

Lo primero es coger fuerzas y para ello nada mejor que un buen desayuno. En la plaza de los Pinos hay una pequeña cafetería donde por menos de dos euros tomamos café con croissant recién horneado. Una delicia.

 

Antes de iniciar nuestra ruta, paramos en la plaza de Las Palmeras para ver el molino y algunas de las calles adyacentes. Ahí recibimos una grata sorpresa al preguntar en una tienda de ‘abarcas’ -calzado típico balear de cuero y o caucho que se asegura al empeine y al tobillo- dónde se encontraba la gasolinera más cercana.

 

Resultó ser el artesano, amable y de amplia sonrisa, que compartía además de sus productos con nosotras también el apellido. Eso nos llenó de satisfacción por partida doble. Nos enseñó el trabajo de las abarcas a través de su familia y de su pasado.

 

Repostamos en la gasolinera del polígono y en cinco minutos estábamos aparcando en la cantera más famosa de la asociación Líthica : les Pedreres de S’Hostal. Allí visitamos durante algo más de una hora esta antigua cantera de piedra marés.

 

La fecha en que comenzó la explotación se desconoce, pero se sabe que han estado activas al menos durante 200 años. La entrada cuesta 4,5 € y hacen un descuento para discapacitados. Lo más curioso es que días después, cuando volvimos a ver los tiques, nos dimos cuenta de que en ellos especificaba que la entrada era gratuita en los meses de invierno. Algo no encajaba, nos sentíamos estafadas. Tenedlo en cuenta cuando la visitéis, por favor.

 

De nuevo en ruta, nos plantamos en 20 minutos aproximadamente en Son Catlar, un asentamiento talayótico que tiene sus orígenes en la Edad de Bronce y que cuenta con una muralla de 870 metros con una serie de torres rectangulares, de las cuales sólo quedan algunos restos.

 

Tras aparcar,  dar una vueltecita por los restos (entrada gratis, no hay nada ni nadie en el lugar para controlar la entrada) y saludar a un rebaño de ovejas salvajes al parecer por su largo pelaje, nos dirigimos hacia otro punto obligado de visita: la Naveta des Tudons, una de las construcciones funerarias mejor conservadas de la prehistoria menorquina, usada entre los años 1200 y 750 a.C.

 

Aquí el acceso es más económico porque realmente se paga para ver este elemento talayótico, no hay nada más, pero no por ello deja de ser interesantísimo. Tienes que ir cerrando a tu paso las vallas típicas menorquinas para que no se salga el ganado de la zona. Todo como muy sano, más asilvestrado, jeje.

 

Llegamos a Es Mercadal, un pueblo blanco a unos 25 kilómetros de Ciudadela, a medio camino de Mahón, donde compramos dulces típicos menorquinos, como son los amargos o los carquinyols. Hay un par de pastelerías en la calle principal de la pequeña localidad.

 

Destaca el aljibe construido en 1735 por orden del primer gobernador inglés de la isla, Richard Kane –y el mejor de todos, según cuentan los nativos- que servía para abastecer a las tropas.

 

Ya con el hambre pegando en nuestras tripas, nos paramos en Alaior donde destaca la iglesia de Santa Eulalia y algunas calles estrechas y empinadas como las de las cruces; aprovechamos para comer algo en un sitio muy baratito con un camarero muy simpático y servicial. Con cada cañita te daban un ‘aperitivo’, lo que viene siendo una tapita en Andalucía, acompañada de patatas fritas. Al final acabamos pidiendo también un bocadillo de tortilla de patatas. Nos sentó de vicio. Menos de siete euros todo.

 

Descansadas, cogimos el coche nuevo para imbuirnos un poco más sobre la cultura talayótica: el talaiot de Torralba d’en Salord fue nuestra siguiente parada, poblado talayótico romano y medieval que agrupa y presenta uno de los más importantes yacimientos históricos de Menorca que nos remonta al año 2000 a.C. aproximadamente.

 

Llegamos en un salto desde Alaior (nótese que las distancias son realmente cortas porque la isla concentra muchísimas cosas que ver a cada paso). El tique nos costó 2 € por persona. Son interesantes las numerosas teorías que existen en torno a los talaiots, que si son elementos rituales como altares, que si cumplen una función astronómica y están orientados según las estrellas y los ciclos lunares…

 

Nuestro camino llegaba hasta la cala de Calas Coves , un lugar repleto de cuevas artificiales -casi un centenar- usadas como necrópolis en la Edad de Bronce y de Hierro. Para acceder allí no hay ningún problema en la señalización porque todo está muy bien indicado, pero el acceso es tortuoso, plagado de boquetes, piedras y baches.

 

Es una pista de tierra donde, al cabo de un rato pasándolo algo mal –aunque con el turismo se puede circular con precaución-, se llega a una zona donde debes dejar el coche e ir andando unos 15 ó 20 minutos en dirección al mar. Sales a una calita estrecha y desde ambos flancos de la playa salen senderos para ir descubriendo poco a poco y con cuidado las numerosas cuevas que hay en la montaña. Realmente interesante, pero ojo porque el camino de la izquierda –si miras hacia el mar- es algo escarpado y resbaladizo, hay que tener cuidado porque estás al borde del precipicio a medida que vas trepando de cueva en cueva.

 

Retrocedemos un poco nuestros pasos para desviarnos hacia la cala en Porter y asomarnos a la cueva-pub de cova d’en Xoroi que han construido con unas vistas impresionantes, sobre todo al atardecer. Al llegar, descubrimos que había que pagar siete euros o diez, según la hora en la que entraras, para acceder a ella –incluía una bebida por tique-. Nos resultó caro y, sinceramente, algo estúpido que cobraran por asomarte al acantilado para ver el atardecer, hubiera o no hubiera música de fondo. Es un elemento natural y, en mi opinión, deberían haber dejado opcional el que el turista o el local tomara o no un refrigerio mientras contempla las aguas, el cielo, o el aleteo de la mosca isleña.

 

Como todavía quedaba luz del día, seguimos por la costa hasta el reducto marinero artificial –algunos lo reconocen como urbanización ya que se construyó en el 1972 imitando a los pueblos de pescadores- de Binibèquer Vell. Aquí encontramos un conjunto emblanquecido de casas y callejas laberínticas y estrechas junto al mar que conforman un escenario muy hermoso que no hay que dejar de visitar.

 

Llegamos después a S’Algar una urbanización de explotación turística sensata y comedida, y terminamos por fin en Mahón, la actual capital de Menorca que alberga unos 30.000 habitantes –como Ciudadela-. Vemos como el sol desaparece por sus calles donde la gente celebra la Semana Santa de una forma diferente a la que estamos acostumbrados a ver en el sur de España. Aquí los pasos son menos pausados, con más tambores que crean una tonada un tanto alegre, festiva. No se palpa esa pena y calvario de los tronos andaluces, sus saetas y el llanto del pueblo aquí se viven de manera distinta.

 

Mahón mantiene una estructura arquitectónica que refleja la presencia británica. Su puerto tiene la fama de ser el mejor del mundo tras el de Pearl Harbour. Cabe destacar el Ateneo científico y literario, así como las vistas desde el mirador, el teatro, pasear por sus calles comerciales, la catedral,… etc.

 

Compramos en una heladería, en la que vendían productos típicos de Menorca, el célebre y oloroso queso de Mahón con denominación de origen. Normalmente es curado o semicurado, de vaca. Lo venden entero o en cuñas.

 

Ya, exhaustas, cogemos el coche por última vez en el día de hoy para desplazarnos a un par de kilómetros de la capital, hasta llegar al hostal Horizonte, sito a la entrada de Es Castell. Alojamiento modesto, 40 € la noche, lo justo para descansar y desayunar por la mañana un digno café con una rica siempre ensaimada. Pero antes de acostarnos, todavía nos quedan fuerzas para salir a cenar algo.

Afortunadas en nuestra búsqueda, terminamos en una pizzería de decoración original e fantasiosa, probando pizzas artesanas y una pasta bien cocinada.

 

 

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