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Menorca en 5 días

Día 2 Alcudia-Ciudadela

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A las ocho y media de la mañana nos levantamos muertas de cansancio. Recogimos los bártulos y preguntamos en recepción si podíamos dejarlos en su ‘consigna’ el domingo de vuelta. Sin ningún problema. Nos confirmaron también el horario de salida del autobús número 351 que va a la ciudad mallorquina de Alcudia: a las 09:30 horas, costando 4,85 € el trayecto por persona y comprándolo directamente al conductor.

 

Desayunamos algo en la misma estación, muy caro, por cierto. Dos cafés y una ensaimada por 4,5 €. El día nos recibe despejado y en el camino nos topamos con unos paisajes suaves, con casas diseminadas y no muy pronunciadas montañas a ambos lados de la carretera. Estos 40 kilómetros que nos separan de la capital a Alcudia, se nos antojan cercanos, casi sin darnos cuenta hemos llegado a la bahía de Pollensa –en una media hora aproximadamente para mi sorpresa, ya que no hacía parada en la localidad de Inca-.

 

Bajamos y justo enfrente de la parada de autobús está la oficina de turismo. Allí nos informa una chica muy maja de todo lo que poder visitar en el casco antiguo, y de que se puede ir a pie hasta el puerto de Alcudia por un caminito agradable junto al campo, flanqueado por dos muritos bajos junto al campo (unos 15 ó 20 minutos andando).

 

Otra opción para llegar al puerto –desde donde saldrá nuestro barco hasta la isla de Menorca- es coger el autobús pero finalmente, cuando terminamos de ver la ciudad, nos decantamos por ir a pie aprovechando que dejó de llover.

 

Pero no nos adelantemos. Retrocedamos en el tiempo hasta Alcudia cuyo casco antiguo fue declarado Conjunto Histórico Artístico en 1974. Rodeada de una muralla medieval, en muchos puntos restaurada y no del todo acabada, de un kilómetro de longitud aproximadamente, se esconde Alcudia, ciudad que guarda el mayor tesoro arqueológico de Mallorca.

 

Destacan las puertas de Mallorca y la de Xara, así como la gran iglesia de San Jaume –San Jaime- de estilo neogótico y la ciudad romana de Pollentia (la entrada costaba 3 € e incluía el museo arqueológico) cuyo elemento más destacado es el teatro, que se diferencia de la mayoría de los teatros romanos porque el graderío está excavado en la propia roca.

 

Se puede entrar en la pequeña plaza de toros por 3 € y te dan junto con el tique una bebida gratis. Las calles muy bien cuidadas con tiendas de ropa hippie, suvenires y bares con carteles en inglés o alemán. Muy tranquilo el paseo. Me compro sin mucha convicción un zapato cómodo y flexible a modo de sandalia por 12 €.

 

Llueve mucho de golpe, y en la tregua, como decía, nos vamos a paso ligero hacia el puerto. Descubrimos un paseo marítimo muy largo, la playa en calma, puentes-pasarela de madera, restaurantes y tiendecitas. Nos acercamos a la oficina de turismo ubicada en el propio paseo, a la izquierda de la calle los marines. Tampoco hay consignas (en Alcudia centro pasó lo mismo, tuvimos que ir a los cercanos apartamentos Carlos V para dejar en el bar, con el beneplácito del camarero las mochilas), así que decidimos ir al hostal familiar Vista Alegre , en pleno paseo marítimo, donde nos alojaríamos días después, para pedirles que nos guardaran los petates un par de horitas. Y así fue.

 

Comemos en una pizzería a pocos metros del alojamiento por 16 € (jarra de cerveza, pasta y pizza). Muy rico y muy atento el servicio. Termino comprándome unos tenis balancín, de esos anatómicos y terapéuticos, por 70 €. Toda una ganga, al parecer, en  busca de que el dolor de espalda se diluya en cada paso. Recogemos los bártulos al poco y nos dirigimos a pie hacia la terminal del puerto, donde llegamos en diez minutos, y nos espera la compañía amarilla de barcos Iscomar.

 

Canjeamos en taquilla los billetes que ya teníamos comprado online a través de su web. Unos 64 € por persona ida y vuelta desde Alcudia a Ciudadela, en Menorca. A las 16 horas salimos (ojo que hay que canjear los billetes por tarjetas de embarque con una antelación de una hora aproximadamente) y nos sentamos junto a la ventana, en el interior, donde está uno de los pocos enchufes que existen en el barco. La mar en calma. A las 18:30 horas desembarcamos en la que fuera capital de la pequeña isla de Menorca: Ciudadela.

 

El puerto parece enorme cuando tan solo se avista el barco de Iscomar como único navío de Ciudadela. En la terminal nos espera una chica con un cartel en el que se lee ACG, la empresa local de alquiler de coches que hemos contratado desde la península por unos 50 € los dos días que pasaremos en Menorca. Pagamos allí mismo en efectivo, sin tarjetas bancarias de por medio, incluyendo seguro a todo riesgo sin franquicia y una política justa de combustible: el vehículo deberá ser devuelto con la misma cantidad de gasolina con la que se entregó. Simple, cómodo y rápido.

 

Nuestro pequeño azulado Chevrolet Matiz se ajusta a nuestras necesidades a la perfección. En un salto nos plantamos en la ciudad, aparcamos y vamos a Sa Posada, el alojamiento escogido para esta primera noche menorquina. Una maravilla. Muy bien localizado, prácticamente en el centro, limpio y con una propietaria encantadora. Todo por 28 €, habitación doble con baño y frigorífico incluidos.

 

Damos una vuelta al borde del atardecer y se nos antoja una ciudad amena, vibrante a la par que tranquila, con rincones acogedores, calles laberínticas encaladas, pasajes con arcos que desembocan en una hermosísima catedral de estilo gótico catalán, la Santa Iglesia Catedral-Basílica de Santa María. No podemos olvidarnos del maravilloso puerto natural donde reposan, entre otras, las barcas de pesca tradicionales menorquinas. Lugar ideal para degustar los sabrosos mariscos de la zona o la caldereta de pescado, o tomar unas copas en alguno de los locales de jazz que se encuentran en la zona.

 

Nosotras optamos por tapear en un bar del casco antiguo que tiene varias distinciones de la afamada guía del Trotamundos. Caracoles, embutidos de la tierra, revuelto de asaduritas, calamares en salsa,… etc. Todo riquísimo y no muy caro.

 

Desde luego, en la noche, las calles tan levemente iluminadas, con sus edificios de piedra marés, irremediablemente me llevaban a otra ciudad del mar adriático revestida de tonos ocres: mi bella Dubrovnik.

 

Ciudadela tiene un aire señorial. Las calles estrechas del casco histórico te llevan a la plaza del Borne con su enorme obelisco que conmemora la heroica defensa de la ciudad ante el ataque turco del siglo XVI, recorren plazas como las de Ses Voltes o la de la Libertad, con su mercado de pescado de lindos azulejos verdes.

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