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Menorca en 5 días

Día 1 Llegada

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En esta ocasión, en vez de dejar nuestro turismo aparcado en la vía pública durante tantos días, decidimos hacer uso de los numerosos parkings de coches que hay alrededor del aeropuerto Pablo Ruíz Picasso de Málaga. Probamos con una empresa llamada Mc Renty que nos cobra menos de 12 € por estos cuatro días.

 

Cogemos el avión con la compañía Ryanair desde Málaga a Palma de Mallorca, con salida a las 20:35 horas. Nos sale unos 100 euros por persona ida y vuelta con una maleta facturada en el trayecto de vuelta, lo que nos resulta no muy caro considerando que es plena Semana Santa, fechas en las que se disparan los precios tanto de transporte como de alojamiento. En hora y media aterrizamos en Mallorca.

 

Salimos de la terminal de llegadas para tomar el autobús línea 1 que nos dejará en la plaza de España, centro neurálgico de la capital y punto de encuentro de todas las líneas de autobuses urbanas e interurbanas, así como la estación intermodal de la isla.

 

El billete de autobús cuesta 2,5 € por trayecto y tarda unos 15 minutos. Se compra directamente al conductor y no es posible comprar ida y vuelta. Sólo hay seis kilómetros de distancia entre el aeropuerto y la ciudad de Palma.

 

He de contar que he conocido a un personaje curioso en el avión. Me senté junto a él por casualidad, las coincidencias de la vida, y ha resultado ser un descubrimiento: un historiador de arte, docto en literatura y cine, cercano amigo de la filosofía que, enchaquetado y con corbata, viene a Mallorca para visitar la tumba de Robert Graves, el autor de ‘Yo Claudio’, y quizá, leerle un poema –aventuro yo-.

 

La cosa es que llevaba en sus manos un libro de poesías de un francés del Medievo, François Villon. Así me lo hizo saber, asomándome a un mundo de prosa descarnada y puntillosa, sátira y espontánea, y también, olvidada. Me habló de un tal César González-Ruano y de sus dos discípulos, Manuel Alcántara y Paco Umbral. ¡Qué curiosa vida esta!

 

En quince minutos llegamos a la plaza de España, a pocos pasos en la misma acera, nos encontramos el hostal Terminus con una cafetería adosada. Debía de ser una antigua estación de autobuses porque el edificio no podía ser más antiguo y tiene toda la pinta de haber servido para eso. Las losas del suelo, las escaleras, el crepitar de la madera, los armarios con grandes espejos en sus puertas, los techos infinitos, los ventanales de madera blanca lacada y aldabillas de hierro… todo evocaba a una antigüedad de generaciones pasadas.

 

Por 50 € el baño era compartido y teníamos un lavabo en el cuarto. Vamos, carísimo, pero no encontramos nada mejor tan cerca de la estación de autobuses que estaba bajo nuestros pies.

 

Tras dejar las mochilas en el hostal, decidimos tomar algo en la propia plaza. Entramos en una cafetería que hacía esquina y nos dimos cuenta de dos cosas: que te cobran una pasta por una caña (2,4 €, igual que un botellín de cerveza), y que el local también salió de los tiempos de ‘Cuéntame’.

 

¡¡Madre mía!! Qué exagerado. Todo, absolutamente todo, era tan antiguo. El reloj digital con su fecha parada en el tiempo, las desgastadas sillas de madera, las lámparas, incluso el color amarillento de las paredes –color con el que, décadas anteriores, se pintaban las cocinas para poder limpiar mejor el aceite y el hollín de sus paredes-. Vaya, increíble.

 

La noche fue ruidosa. El incesante sonido de los coches al circular por la avenida y de alguna que otra procesión de madrugada, hizo que nuestro sueño se quedara en un anhelado descanso.

 

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