emiratos
EL TIEMPO
soleado
SOCIAL

6 días en los Emiratos Árabes

Día 5.2 The Palm-Restaurante Marino

Página 10 de 12

Si podéis meteros en el primer vagón porque… ¡sorpresa, es como en el metro! Sin conductor y con un gran ventanal desde el que contemplar ‘The Palm’, la palmera, con sus casas residenciales –algunas de famosos-, playas artificiales privadas y hoteles, destacando de entre ellos el Atlantis, con su gran arco central, repleto de restaurantes de renombre, comercios, delfinario y parque acuático, la llamada ‘cámara perdida’ (recreación de la ciudad mítica de Atlantis sumergida bajo las aguas), entre otras cosas.

 

Nuestro objetivo es comer en el que está debajo del mar, el Ossiano, pero no es realmente así ya que este restaurante se encuentra junto a un enorme acuario que tienen donde sí le entra agua marina pero no está debajo del nivel del mar. Aún así, es una pasada. Pero no adelanto acontecimientos. Lo primero decir que el restaurante sólo abre para la cena a partir de las 19 horas y que es imprescindible acudir con reserva y que te dirán, como nos pasó a nosotras que no lo sabíamos, que tienes que llamar por teléfono para hacer la reserva –si es que no la tienes- y que no puedes acceder prácticamente a ninguna parte del hotel a no ser que seas huésped.

 

Total, que habíamos ido hasta allí exclusivamente para no ver nada, sólo pagar por si quieres entrar en la ‘cámara perdida’ y ver un par de pasillos de tiendas, poco más. El acceso al lobby, delfinario, todos los restaurantes menos tres o cuatro, playas y demás, está vetado para los visitantes. Incluso me dijeron que no podía ni ir por la parte de atrás del hotel para tirar fotos, cosa completamente falsa, por cierto. Lo que he aprendido de este país es que siempre que preguntes ‘cómo ir a’, te dirán ‘coge un taxi’ y si demandas información te mirarán raro o te liarán enormemente.

 

Así las cosas y bastante decepcionadas, salimos del hotel para llegar al paseo marítimo que hay por detrás y oh, sorpresa, se podía caminar sin que llamaran a los s.w.a.t. ¡No pasa nada, hombres emiratíes estreñidos! Saboread la vida, ¡cojones! ¡Que no todo se paga a golpe de talonario! En fin, nos hicimos algunas fotos teniendo a nuestras espaldas el golfo Pérsico.

 

Está enfrente, bajo el gran arco, la entrada principal del Atlantis –al bajarte del monorraíl accedes por un ala del hotel- a la cual no podemos acceder porque hay trabajadores que así lo impiden. Pero, tozudas como mulas, volvimos a entrar al hotel y como vimos que el malaje que nos informó se había ido, pasamos sin problemas al lado del nuevo maromo, mucho más simpático, ¡dónde va a parar! Ja, ja. Así empezamos a superar obstáculos uno tras otro, traspasando ‘barreras de seguridad’ con maestrías, el nuevo mito de bourrás ha llegado. Los corredores impresionantemente decorados, hermosísimos, las cúpulas… cada una diferente, elegante, mil detalles en las columnas y en la propia iluminación acogedora del hotel, cálida. Paneles enormes de un acuario que dan a varios pasillos, con tiburones, mantas y pececitos múltiples graciosillos. No te cansas de mirar.

 

Preguntando a otro trabajador, con mano izquierda, sobre el restaurante Ossiano, nos dejó acceder a recepción para que nos hicieran la reserva desde allí si hubiera hueco. Ya se abría un mundo nuevo, cada vez más y más pasillos, y más de todo. Recepción está bajo una gran cúpula a la que llega desde el suelo una escultura de cristal parecida a murano haciendo como un chorro de agua retorcido. Es espectacular. Con suerte de nuevo, nos topamos con un chico en recepción que había trabajado en Ossiano y nos hizo la gestión por nosotras haciéndonos un hueco para las 19 pm. Eso sí, ropa de etiqueta o formalita, nada de chanclas ni camisetas.

 

Felices cual perdices, decidimos tomar algo mientras – ¡faltaban cuatro horas!- y nos dirigimos hacia el exterior, a la zona de las hamacas y piscinas. Nada, para huéspedes. Total, que al final volvimos a colarnos diciendo que íbamos al restaurante Nassimi y andando rapidito. Así fue como, de volvernos cabreadas con el rabo entre las piernas, acabamos tomando una Heineken y una cerveza de Singapur viendo atardecer con el mar a nuestros pies y una bella línea en el horizonte con todos los rascacielos de Jumeirah y Dubai Marina, acompañadas del sonido de una música.

 

Casualmente trabajaba un andaluz en el Nassimi pero no entraba hasta por la noche. Conocí a un chico, Charity, de Sri Lanka, que trabajaba en la piscina. Este muchacho de amplia sonrisa que sabía algo de español, me dijo que allí cobraba 600 € al mes viviendo en esa zona gratis y no pagando nada de impuestos. Salario limpio. ‘Mi país estaba en guerra’, me dijo. Un encanto de niño. Nos intercambiamos los emails.

 

A las siete de la tarde, tras ver el espectáculo nocturno de Dubáa encendida desde mar adentro, estábamos en la puerta del Ossiano. Dimos nuestro número de reserva y cenamos, no junto al cristal del acuario, pero suficiente para contemplar el lujazo del restaurante, el gusto del saber combinar diseño y elegancia. Teníamos un camarero asignado que te ofrecía champán y entrantes nada más empezar –cosa que rechazamos por cobardes, ya me entendéis, ja, ja-, una carta de sugerencia en una tableta de metacrilato iluminada, y dos tabletas digitales (o menú de papel, como gustes) para ver los menús, entrantes y bebida. Brutal.

 

Optamos por un menú para dos de marisco, risotto de espárragos, y tres salsas calientes por 950 AED, unos 200 €. La botella de agua nos la metieron en una cubitera de champán con hielo, y mamá se pidió una copa de vino blanco exquisito (copa 10 €). Nos ofrecieron pan de varias clases y mantequilla, unos aperitivos modernos muy ricos, y un capuchino de calabacín con no sé qué crujiente. Delicioso. La cacerola de marisco y el risotto llegaron después. Excelente, todo sabroso. Carabineros (creo), langosta, salmón,… todo troceado, fresco y bien cocinado. Y el risotto de muerte súbita. Para terminar pedimos té y nos ofrecieron pastitas de alta cocina. Todo esto con el encanto de una vela, una luz tenue, y un ir y venir de pececillos que parecían comer contigo. En mi ignorancia innata, le pregunté al camarero qué eran unas bolitas metálicas que estaban en nuestra mesa, quizá decoración… sal y pimienta. No digo más. ¡Mar trágame!

 

Cogimos el monorraíl de las 21:17 pm (está en activo hasta las 22 horas) y en la distancia como colofón vimos los fuegos artificiales por el día nacional. No se le puede pedir más al día. Pero sí, queremos aprovecharlo aún un poco más. Paramos un taxi al bajarnos del monorraíl –en medio de la autovía porque allí no tienen todavía nada habilitado- y le pedimos que nos llevara a Dubai Marina, cerca de la parada de metro, donde están los lagos y los rascacielos.

 

Sumergidas en un atasco (algo normal en esa zona porque hay muchísimos restaurantes, bares, discotecas, etc. Dubai nunca duerme), vemos cochazos llenos de serpentina por la celebración. 11 AED nos cobra por el trayecto, pero el panorama que nos espera al llegar no tiene precio… un ambiente impresionante, es como puerto Banús pero mucho más grande y rodeado de edificios gigantes (incluso hay un rascacielos retorcido sobre su eje) y mucha agua. Una maravilla. Pasear por allí por la noche es otra de las cosas que hay que hacer en Dubái, sin duda.

 

Cargadas de imágenes y sensaciones impresionantes, tomamos el metro hasta Al Fahidi, vuelta a casa por fin.

 

 

<< Prev - Próximo >>