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6 días en los Emiratos Árabes

Día 5.1 El lujo de Dubai

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Con el sol de nuevo recibiéndonos en este día nacional emiratí, nos encaminamos al Burjuman Mall –diez minutos a pie- junto a la parada de metro Khalid Bin Al Waleed, para desayunar allí y coger seguidamente internet en un cibercafé (5 AED por media hora, un dírham por impresión). Dos cafés con una cesta de tostadas integrales y un croissant como un cohete por 50 AED –unos diez euros aproximadamente-.

 

Aprovechamos la red para reservar online una de las excursiones estrella de Dubai: ‘el safari por el desierto’, que consiste en llevarte en un todoterreno por el desierto –a unos 30 kilómetros de Dubái- y subir y bajar dunas como si se tratase de una montaña rusa, subidón de adrenalina, además de fotos al atardecer, subirte en un camello, shows de danza del vientre, henna, fotos con halcón, fumar shisha y una barbacoa buffet con todas las bebidas no alcohólicas incluidas.

 

Ya, dependiendo de cuál de las numerosas empresas de safaris que elijas, entrará una cosa  más o menos en el programa, pero básicamente es eso, y los precios oscilan entre los 125 y los 200 AED aproximadamente, recogiéndote y soltándote en el hotel desde las 3 a 3:30 pm hasta las 9 a 9:30 pm.

 

La historia es que yo ya lo había reservado desde España pero al llegar aquí me di cuenta de que era más barato e incluía lo mismo, así que, lo cancelé y cogí otra empresa, Rayna, por 30 € por persona.

 

Una vez planeada y cerrada la última tarde nuestro viaje, cogimos la línea roja de Jebel Ali para ir hasta la parada de ‘Emirates Mall’, y de allí buscar un autobús para llegar hasta el emblema de Dubai: el burj Al Arab. Como el metro no tiene conductor, es automático y va por el exterior, el primer vagón ofrece unas vistas magníficas de la ciudad al tener un enorme ventanal, así que nos colamos a pesar de que era para la clase oro (cuando compras la tarjeta de metro puedes elegir pagar más para montarte en este vagón un poco más chic) pero no iba ningún vigilante o azafato/a. Y así fue. Si podéis hacedlo, y hacedlo de día, es impresionante, parece que estás en una ciudad futurista.

 

No hay autobús que te lleve a la costa, o al menos eso nos informaron. Así que giramos a la derecha dentro de la estación de metro para cruzar la enorme avenida de Sheikh Zayed Road y coger un taxi en el otro lado. No había nada de nada, sólo un par de locos que como nosotras se vieron obligados a ir andando hasta el fastuoso hotel de 7 estrellas (aunque ellos nunca se han autoproclamado como tal). ¡Allá vamos!

 

En media hora o algo menos llegas al zoco Madinat Jumeirah, una grata sorpresa, una maravilla. El zoco por dentro es enorme pero tan elegante, tan bien acabado,… ¡no dejéis de admirar el techo de madera! Pero es que el entorno es para quedarse a vivir allí. Lagos artificiales, un teatro, puentes y barcos de madera, islotes,… y toda la estructura externa a modo de kasbah, estilo arquitectónico árabe, realmente hermoso todo el conjunto. Y si se podía superar, tienes reflejado en el agua  y enmarcado en el horizonte la figura del burj Al Arab, en forma de vela de dhow. Una pasada. Aquí está el lujoso hotel de Jumeirah Arena. Coincidió que había un concierto de música beduina. Es pegadiza. Los hombres con su candora blanca, unos con un bastoncito fino como el de Chaplin, y otros con espadas o rifles.

 

De ahí vamos caminando al hotel y en cinco o diez minutos llegamos a la entrada, que está como a 100 metros, custodiada e inviolable. Te dicen que llames, si quieres visitarlo, para reservar mesa en el restaurante. No hay otra manera, y lo más barato son unos 40 € por desayuno… Yo he leído un artículo sobre arquitectura y es alucinante el interior. Si podéis, pagad, porque estoy segura de que merece la pena cien por cien.

 

Nos fuimos a la playa que está a poco metros, pasando por delante del hotel Jumeirah Beach, cuyo diseño es digno de fotografiar. Si queréis ir a un parque acuático justo hay uno al lado del acceso del burj Al Arab. Ya en la playa de arena rubia tirando a platino, hacemos algunas fotos del hotel aunque desde ese punto no se aprecia su base (sus cimientos están metido 40 metros bajo el agua y está sobre una isla artificial para otorgarle más  privacidad si cabe). El mar está tan bien de temperatura que merece la pena darse un chapuzón. Cerca hay una tiendecita donde venden agua y demás.

 

Desandamos el camino. Paramos en una mezquita pensando que era la gran mezquita Jumeirah pero no. Cogemos el bus nº8 dirección Dubai Marina para intentar llegar al monorraíl que nos llevará hasta el hotel Atlantis, en la punta de la enorme palmera artificial creada por el jeque. Las paradas de autobús aquí también son modernas, cerradas y con aire acondicionado en su interior (también tienen un botón por si esperas el bus por la noche: se ilumina para que el conductor te vea).

 

OJO: La tarjeta de metro que compramos sirve también para el autobús pero, como en el metro, tienes que pasarla por la máquina al subir y luego al bajar, si no, al volver a usarla vas a tener que pagar un crédito superior al normal, ¡no os olvidéis! A mí me pasó…

 

El conductor iba como loco, así que cuando llegué a preguntarle la parada más cercana al monorraíl, ya nos la habíamos dejado atrás –era la de ‘ciudad del conocimiento’-.

 

Bajamos en la siguiente y, en medio de una ‘ciudad por construir’ (por la zona de Dubai Internet City), todo de obras, cruzamos un túnel y explanadas yermas hasta encontrar vida humana y preguntar. ¡Cómo no! Coger un taxi, nos dicen. No tienen ni idea. Otro hombre nos indica que el monorraíl estaba a cinco minutos a pie. Allá que vamos, topándonos al poco con una zona de obras y una autovía brutal, y una pareja tan perdida como nosotras. Los taxis no paraban, y los cochazos parece que se motivaban al vernos acelerando al pasar. Cuando terminamos nuestro propio safari, llegamos al puñetero trenecito, en medio de ninguna señalización y como si lo acabaran de montar. No existe autobús de línea que entra en la palmera. Compramos el ticket ida y vuelta costándonos 50 AED las dos. De momento sólo tienen abierta una parada, la última que es la del hotel, y las dos de en medio permanecen cerradas.

 

 

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