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6 días en los Emiratos Árabes

Día 4.1 Al Ain

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Pese a que en recepción del hotel no son adivinos, preguntamos anoche qué tiempo haría para el día siguiente, esto es, para hoy. No hay manera, ni la opción que le di de verlo por internet, ni por el periódico ni por la tele… Así que tuve que enviar un sms para que lo miraran desde España (como diluvió en Dubai, teníamos que ser precavidos para ir a Al Ain).

 

A las 7 am estábamos en pie y a las 7:30 am cogíamos el metro hasta Al Ghubaiba. Al Ain nos esperaba en la distancia de una hora en minibús. Como comenté por 20 AED tienes el billete, prácticamente la mitad que en España por el mismo recorrido (no olvidarse que aquí el depósito de gasoil está tirado de precio, quizá cuesta unos 20 euros llenarlo).

 

Al entrar en el minibús los hombres se levantan cediéndote el asiento y se van hacia detrás. Después de media hora esperando dentro, el conductor decide salir por fin cuando se ha cubierto hasta el último asiento.

 

Al Ain, ‘el ojo’ o ‘la fuente de agua’ en árabe, es la cuarta ciudad en población de los Emiratos Árabes Unidos. Se la conoce también como la ‘ciudad verde’ por su maravilloso oasis al que se entra por portalones situados en cuatro puntos. Famoso por su producción datilera, destaca también por el museo del palacio-fortaleza, donde residió el adorado jeque Zayed, el legendario presidente del país, así como por su mercado de ganado donde venden camellos y cabras los pastores de países vecinos y de los emiratos.

 

La carretera, la autovía, no puede estar mejor acondicionada. De tres a cuatro carriles, todo completamente iluminado, con controles de velocidad y desierto a los lados, arena rojiza que pugna por mezclarse con el asfalto.

 

Al final no fue una hora de trayecto si no dos. A saber por qué. Entrando a la ciudad –que no pueblo, porque aunque no existen aquí los rascacielos, Al Ain es muy grande- se van viendo algunos oasis a ambos lados y también alguna que otra construcción a modo de fortaleza. La estación de autobuses deja mucho pero que mucho que desear. Sólo hay una taquilla y como una explanada para los minibuses y autobuses, poco más. Intentamos orientarnos un poco y nos indican que el oasis Al Ain está a cinco minutos a pie de la estación, por detrás.

 

Llegamos a una de las puertas de entrada donde un amable guardia uniformado nos indica que podemos pasar gratuitamente. En un cartel reza que el oasis fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Animadas, nos adentramos en este vergel donde nos damos cuenta que ha llovido mucho desde esa calificación: no existen indicaciones en inglés para informarte de nada, está muy descuidado y sucio, las acequias no llevan agua (sólo vimos una por la que corría un caudal transparente y hermoso), el color de las palmas te decía lo secas que estaban…

 

La verdad es que la imagen que teníamos, tras leer tanta buena publicidad de este oasis, se ha desdibujado, ha sido bastante decepcionante. Además es que no andas entre las palmeras, si no por un camino adoquinado bien hecho pero amurallado a los lados de forma que la sensación de estar en un oasis se pierde completamente.

 

Salimos por otra zona rodeándolo, y nos topamos con una fortalecita amurallada y el Museo Nacional, el cual conserva una colección arqueológica interesante (entrada 3 dírhams por persona).

 

Retornamos por fuera del oasis hasta la estación de autobús y de ahí, preguntando como mil veces, llegamos a los veinte minutos al Museo Palacio del jeque Zayed Bin Sultan Al Nahyan, donde ya hemos comentado que residió durante treinta años con sencillez.

 

La entrada es gratuita y esto sí realmente merece la pena porque está bien recreado y reproduce el estilo arquitectónico tradicional de las fortalezas de otras ciudades. Hay habitaciones, cocina, salón y otros habitáculos, una jaima y una réplica del jeep Land Rover con el que el emir se iba al desierto para visitar comunidades nómadas beduinas. Probamos en recepción café y dátiles, ¡buenísimos! El café no está tan fuerte como pensábamos (se hace con cardamomo y se suele tomar mucho más que el té, como en el resto de los países árabes del Mediterráneo), y… ¡yo he descubierto que me encantan los dátiles!

 

Volvemos de nuevo a pie hasta la estación desde donde salimos a las 13 horas en punto hacia Dubai –de hecho, es la primera vez que vemos un horario colgado de esta línea en la taquilla y en el propio minibús-. Por cierto, enfrente de la estación está el mercado de verduras por si a alguien le interesa comprar una pieza de fruta o unos buenos dátiles.

 

Y sí, preguntamos al principio por el mercado de camellos. Lógicamente la información recibida fue confusa y escasa sin saber todavía nosotras dónde se emplaza este mercado, tan sólo nos dijeron que estaba lejos y que se necesitaba un taxi para llegar allí. Punto pelota. Lo de siempre, vaya. De todas formas me da la sensación de que igual en recepción del Museo Palacio te pueden informar mejor, pero sólo es una corazonada.

 

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