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6 días en los Emiratos Árabes

Día 2 Dubai-Sharjah

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La noche no se ha hecho tan larga como temía. Ha dado para tragarme ‘Dark Knight rises’ en un suramericano desconcertante, y echar unas cabezaditas en el regazo de mi madre.

 

Amanece con un rojo potente que parece avisarnos de que esto es el desierto más allá de edificios inalcanzables. El avión ha sobrevolado Irak, dejando a un lado el conflicto israelí-palestino y la guerra de Siria. Bagdad ahora, allá a lo lejos, bajo nuestros pies, no se nos presenta demasiado peligroso. Es lo que tiene la distancia.

 

Este amanecer es, de todas formas, precipitado. En cuestión de minutos la franja roja se convierte en un azul medio claro y se destapa así todo el mágico cielo de este golfo persa.

 

Aterrizamos vislumbrando extensiones de arena y el horizonte queda cubierto por una neblina proveniente del desierto. Y ahí aparecen, alzándose hacia ese cielo infinito, una sucesión de rascacielos en una planicie inmensa, y, de entre todos ellos, destaca con diferencia el más alto del mundo: el burj Khalifa.

 

Ya pisando suelo emiratí, pasamos un control de pasaportes lento pero agradable, y recogemos el equipaje facturado. Después de haber leído el control tan exhaustivo de medicamentos y tal, aquí no he encontrado nada que me obligase a ser extra prudente. Todo perfecto y normal.

 

Pregunto en la oficina de turismo que hay enfrente de la salida de las maletas, dentro de la terminal, cómo llegar al hotel. Siguiendo las indicaciones y las señales que indican ‘Dubai metro’ -subiendo dos plantas-, llegamos a la entrada del metro donde nos informan vendiéndonos dos tarjetas por 20 AED (dírham emiratí) cada una con 14 dírhams en viajes –unos ocho euros y algo en total-. Y tomamos la línea Jebel Ali, la roja, cogiendo el único metro del mundo sin conductor. Paramos en ‘Khalid Bin Al Waleed’ y cambiamos a la línea verde para llegar en una parada a ‘Al Fahidi’. De ahí a pie al hotel sólo hay cinco minutos. La gente que nos ve se para amablemente para orientarnos o ayudarnos con el equipaje.

 

Finalmente ya en nuestro hotel, Tulip Hotel Apartments, esperamos unas dos horas para darnos el estudio que habíamos reservado por 195 € (+10% de cargos no incluidos). En total nos cobran 235 € pero cuando vemos el pedazo de habitación con cama extra grande, cocina y salón inmenso –pese a que por ese precio somos conscientes de por sí que es una ganga habiendo visto las calidades del hotel y su emplazamiento- se nos quita la tontería. Es genial, limpio y cuidado, estratégicamente ubicado para coger el metro y moverse por Dubai.

 

Nos suben las maletas y nos damos una ducha exprés. Hay que aprovechar esta ciudad. Con esa idea, salimos hacia un célebre centro comercial llamado Burjuman (10 minutos a pie), donde hay una oficina de turismo. Aquí hay una espada inmensa con su funda gigante expuesta. ¡Creo que debe tener más de tres metros de punta a empuñadura, la más grande del mundo, cómo no!

 

Tras preguntar al chico de información sobre cómo llegar a Sharjah, -una localidad a pocos kilómetros de Dubai- insistiéndonos en que cogiéramos un taxi, dio su brazo a torcer y nos facilitó información para ir en autobús desde la estación Al Ghubaiba (el billete cuesta 7 AED por persona y trayecto, se compra en efectivo en una ventanilla. OJO, olvidarse de las horas porque, o bien por el tráfico o por la apatía, no se rigen por un horario, sólo te dicen que pasan cada 20 minutos y puerta). Para llegar a esa estación cogemos el metro desde Burjuman, estación Khalid Bin Al Waleed, hasta la parada de metro de Al Ghubaiba, y de ahí a pie a la estación de autobuses no tardas más que un minuto.

 

Frente a la taquilla, separada por hombres y mujeres, hay un cajero automático para los rezagados, donde sacamos por fin 1400 AED (2 € de comisión más un 2% del cambio con tarjeta de débito). Hay un servicio justo detrás de la taquilla en el que se paga cinco dírhams o no, porque al menos nosotras no vimos a nadie.

 

Preguntando pillamos un bus de dos plantas hacia Sharjah, nos corta los tiques el conductor y listo. En media hora llegamos a la estación de autobús junto al zoco azul o central, al lado del zoco de pescado. Esta ciudad fue designada por la Unesco capital cultural del mundo árabe en el 98 y está a menos de 20 kilómetros de Dubai. Ideal para acercarse y conocerla.

 

Conforme vas llegando se distingue una aglomeración de rascacielos combinado con infinidad de bloques ‘normales’, por así decirlo. Nos acercamos –tras bajarnos del bus que tiene una zona delantera para mujeres y familia- al mercado de frutas que hay frente a la estación y comenzamos a ver multitud de cestas cargadas con dátiles de varias clases, y mil banderas emiratíes con o sin la cara del jeque Sultan al-Qasimi, y más ahora, coincidiendo con la celebración del día del nación que es el 2 de diciembre cuando todo es a tope de patriótico.

 

Preguntamos y preguntamos porque ni con la guía nos orientamos bien y finalmente vamos andando hasta el centro donde se encuentra el tradicional zoco o souq Al Arsah y el fuerte Al Hisn, rodeando, por la corniche o paseo marítimo, la ciudad. De esta manera tan agradable nos topamos con ese lago auténtico con barcazas aún más auténticas, inexplicable, una pasada: embarcaciones de madera reventadas y sucias llevadas por hindúes o bangladesíes, intentando sacarse algo para subsistir.

 

La mayoría están durmiendo en sus barcas, otros las pintan y otros cocinan lo que tienen. El ambiente es cuanto menos pintoresco, pero no seamos frívolos, es que esto también es Dubai, no sólo arena del desierto hecha rascacielos portentosos. Esta es la realidad de la mano de obra extranjera (he leído que incluso les retiran los pasaportes cuando llegan al país).

 

La zona del teatro nacional, el zoco Al Arsah, el museo del patrimonio, de la caligrafía, el fuerte,… todo básicamente está en la misma zona, muy restaurado pero respetando la tradición arquitectónica.

 

Con banderas, música, jaimas y mercadillos, un servicio muy limpio también. Ah, hay una maqueta muy interesante de la ciudad ideal para situarse.

 

Vemos el llamado ‘barrio de las artes’, un área también recreado con un par de calles tradicionales y unos muros ocres. Hay paneles con pinturas de críos como un espacio libre para dar rienda suelta a la creatividad, con un cohete y todo. Bastante más deteriorado que la zona del Heritage, donde el zoco Al Arsah.

 

Desde aquí se accede al zoco Sour, otro con el techo de hojas de palmera y vigas. Compramos pistachos en una de las tiendas y estaban manidos. Dimos un par de vueltas más y finalmente nos encaminamos de nuevo a la estación de autobuses del zoco central o azul (yo leí en una guía de viajes que desde el centro, desde la plaza Rolla, salían minibuses a Dubai pero al parecer no es así).

 

Decidimos visitar por dentro el zoco azul y es enorme, con alrededor de 600 tiendas de joyas, paños, souvenires,… muy interesante el edificio. Tras eso fuimos a pie hasta la estación de bus, muy cerca, y cogimos el siguiente hacia Dubai (7 AED por persona).

 

OJO: los autobuses a Dubai van a varios puntos, preguntad en taquilla el más cercano a la zona a la que queréis llegar en Dubai.

 

Nosotras dimos como referencia Burjuman, y nos metimos en uno que iba a Al Karama, otro centro comercial a 10 minutos a pie del Burjuman. En media hora ya habíamos llegado con un tráfico brutal y desmesurado. Empezó a llover al poco y eso que el índice pluvial es mínimo aquí. Nos perdimos una chispa y siempre que preguntamos nos terminan liando más (no entiendo el inglés de los hindúes, definitivamente).

 

Cuando llegamos al hotel nos duchamos y, reventadas, recogimos nuestros cuerpos para salir una vez más en busca de la cena. A cinco minutos encontramos varios sitios de comida rápida en centros comerciales de la zona. Esta noche tocó restaurante indio: dos platos de pollo picante y otro suave más arroz con comino y botella de agua por 16 € (75 AED).

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