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5 días en Córcega

Día 3 Sagone-Islas Sanguinarias

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Empezamos el día madrugando para aprovecharlo a tope. A las 7:30 am salimos del hotel en dirección a Sagone con intención de tomar en ese pueblecito el famoso helado de Geromini, un hombre que ha llevado su arte heladero hasta Arabia Saudí, para hacérselo al mismísimo rey. En el camino buscamos la playa de Menasina que he leído que estaba chula; a pocos kilómetros de Cargèse encontramos un cartel que indicaba que la playa estaba a 2,5 kilómetros; pasaron 7 y no había más cartel ni acceso visible hacia la costa. Si lo hay desde luego está muy escondido.

 

Para desquitarnos, paramos en otra calita porque vimos un letrero que ponía ‘baño sin vigilancia’. Como era tan temprano, sólo echamos un ojo. Ya de nuevo en ruta, la carretera nos pasó por delante de la heladería de Geromini en Sagone, que estaba abierta para nuestra alegría y paladar. Justo al llegar nosotras, vino este hombre, su mujer e hija –pensamos nosotras haciéndonos toda la película-. Nos atendió la hija de aquella manera seca y desagradable de haberte levantado un domingo a las siete de la mañana para trabajar. Por 5,8 € nos tomamos dos bolas de helado con sabor a yogur y nocilla. Sin palabras. Parecía que estabas delante de un barreño de miel con yogur, flipante. Me encantó.

 

Ahora nos espera la capital de Córcega, Ajaccio, a la que llegamos sin muchas complicaciones. Aparcamos en una calle central de flujo de coches (era pagando, como la zona azul, gratis domingos y festivos), y bajamos unos metros hacia el puerto.

 

Por allí ya a pie se localiza todo: el museo Fesch (de arte que alberga una colección de pinturas de la familia de Napoleón, entre otras cosas), la capilla imperial (ahora en restauración), la catedral, el salón napoleónico (en el propio ayuntamiento al cual accedes pagando pero cierran domingos y festivos), la casa natal de Napoleón (también cerrada hoy), la fortaleza militar (con dos burros monísimos en el foso, a saber), la playa y el puerto.

 

En la plaza del ayuntamiento habían puesto un mercadillo muy gracioso de comida típica corsa: embutidos y chacinas, confituras, hierbas aromáticas, pasteles,… compramos queso y una bandeja al vacío de una variedad de animales.

 

Cogemos de nuevo el coche para llegar hasta las Islas Sanguinarias, a unos 15 ó 20 minutos en coche al norte de Ajaccio por la costa, por el paseo marítimo. Hay un parking para dejar el coche allí por cinco euros pero lo metemos en un carril a pocos metros donde hay más coches aparcados de esa guisa.

 

Empezamos a andar hacia una colina con una torre en lo alto, se divisan perfectamente las Islas Sanguinarias (antiguamente había un lazareto allí, un islote donde retenían en cuarentena a los pescadores y navegantes para que no pasaran al resto de la población las enfermedades que pudieran tener; hoy queda un faro y poco más). Estas islas son hoy un refugio para las aves que van a anidar allí, a reproducirse sin que sean molestadas (varias especies de golondrinas, cormoranes...)

 

Se puede llegar desde el parking con un mini transporte gratuito para las personas con movilidad reducida hasta el comienzo de las tres rutitas, y digo rutitas porque en 20 minutos a lo sumo te ventilas dos de ellas –pese a que en el cartel indique más tiempo-. Una sube a la torre, otra da la vuelta por el este del promontorio y la otra por el oeste. Y desde esa colina, en ese recorrido, obtienes una imagen más cercana de las Islas (aunque como no te traigas unos prismáticos no ves absolutamente nada porque están muy lejos) porque acceder a ellas no se puede.

 

Hay unos servicios en el parking por los que pagas cincuenta céntimos pero al menos en el de la mujer están abiertas las puertas y entras gratis (no funcionan las cajetillas que están adosadas a la puerta del wáter donde tú debes de echar el dinero).

 

De vuelta al coche recorremos los siete kilómetros que separan este archipiélago de Ajaccio para salir pasando otra vez por el puerto hacia Bonifacio. Nos fijamos en varias casas en las que se lee ‘propiedad de Tino Rossi’ e investigamos. Este hombre fue un actor famoso en los años 40, el típico latin lover, galán de películas. Eran francés, pero francés corso, nacido en Ajaccio, y de ahí sus propiedades claro.

 

De nuevo en ruta, carretera de montaña, valle para arriba, valle para abajo, dirección a Propriano para pararnos antes en el yacimiento prehistórico de Filitosa. Nos desviamos de la nacional a unos 23 kms antes de llegar a Propriano siguiendo las indicaciones, y eso nos llevó hasta el río bajando la montaña por una carretera sin un solo coche y, como nos tiene acostumbradas Córcega, con un paisaje verde espectacular. Merece la pena el desvío.

 

Seguimos las señales y llegamos por fin a este emplazamiento por el que nos cobran 7 € por persona y nos hacen un descuento de la mitad para discapacitados. A este paso Francia sale antes de la crisis que Alemania.

 

Este sitio es curioso de visitar pese a lo caro de la entrada, porque son menhires a los que ellos llaman torrents con forma humana tallada, tipo un guerrero con casco y demás. Pero al estar al aire libre y sin ninguna protección, la conservación es pésima: las caras ya están desdibujadas en la piedra, en algunas de ellas no se visualiza prácticamente nada. Una pena porque el origen megalítico de estas formaciones se desconoce en su totalidad (se cree que fue un pueblo extranjero del Mediterráneo central el que llegó a esta isla y talló estas piedras).

 

En Propriano al final no nos detenemos porque nos parece poco aprovechable, aunque nada feo. Preferimos ver Sartene, conocido como el ‘pueblo más corso de los corsos’. Enseguida comprendemos el porqué. La arquitectura de esta villa parece un castillo porque sus edificios de piedra son altísimos y con calles muy estrechas y con contrafuertes en algunas de sus calles. Muy bonito. Casualmente era el día festivo de San Damián y celebraban una fiesta con puestos de gastronomía corsa, creperías, juegos y cuentacuentos infantiles. Nos compramos un crêpe de nocilla y coco por 2,5 € buenísimo y lo acompañamos, cómo no, de dos buenas cervezas corsas bien fresquitas (3 € cada una, marca Pietra, cerveza hecha de castaña).

 

Aprovechamos y preguntamos en una tienda de souvenir qué significa el emblema de esta isla: una cabeza de un hombre que parece negro con una cinta blanca atada en la frente. Resulta que dicen que en los tiempos de piratas, llegaron algunos a Córcega, y el pueblo, como ejemplo de fortaleza, cuando capturó al jefe Maura (el cual asesinaba junto a su gente) lo decapitó y expusieron su cabeza sobre un paño blanco. Hay otras versiones menos trágicas del emblema, como que fue en agradecimiento a los soldados marroquíes cuando los ayudaron a prevenir la invasión nazi. En fin, mil lecturas.

 

Nuestra última parada es Bonifacio, el pueblo más al sur de la isla, En el camino, se ven y se pasan montañas y playas de aguas azules cristalinas. El mar se tiñe de una gama selecta de tonalidades, con trozos verdosos y turquesas, y otros de un negro rocoso. Todo resulta hermoso en este pedazo de tierra pasada por tantas manos… genoveses y franceses han dejado una profunda impronta en esta isla, conocida como la ‘isla de la belleza’. Ahora entendemos porqué.

 

Unos tres kilómetros antes de llegar a Bonifacio encontramos un camping y preguntamos precio de un bungalow porque no teníamos nada reservado para esa noche. 45 € sin baño y con cocina. Nos quedamos con el cante y continuamos nuestro camino con la esperanza de encontrar algo más barato allí. Ni de coña. Los precios de los pocos alojamientos en la ciudad no bajaban de 68 €.

 

Aparcamos por suerte el coche subiendo a Bonifacio antes de entrar en la ciudadela, en la fortaleza, junto a un mirador y un sendero que va hacia los acantilados por la parte de arriba obteniendo unas vistas espectaculares de la ciudad a contraluz y atardeciendo. Las paredes del acantilado son blancas, imagino que caliza, y tienen un corte recto vertical impresionante hacia el mar. Me recuerda mucho a las seven sisters, otros acantilados altísimos que hay en el sur de Inglaterra. Sobrecogedor.

 

Entramos por una de las tres fortificaciones de esta localidad, que se dibuja como una mole de piedra invencible. Recordad que Bonifacio, el pueblo, está justo sobre un risco del acantilado, luego su posición es clave para una buena defensa militar.

 

Dentro de la ciudadela las calles son hermosas. Edificios de piedra muy antiguos y muy altos, calles estrechas, contrafuertes de bloque en bloque, una iglesia extraña por dentro que tiene una invitación de armonía espiritual para el visitante, las famosas ‘escaleras del rey Aragón’ que bajan al pie del acantilado (pero para nuestra sorpresa había que acceder pagando y encima estaba cerrada la entrada a esa hora, un chasco)… Ah, sin olvidarnos de un puerto grande en el que llegan hasta ferries.

 

Compramos nuestro desayuno y cena en un Spar que está en el puerto –y que pese a ser domingo estaba abierto-, y tiramos hacia el camping a las afueras de Bonifacio.

 

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