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Cuatro días en coche por Cantabria

Díá 4 De Gándara a Santander

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Dejamos a las 10 horas el alojamiento y nos dirigimos con el coche hacia el nacimiento del río Asón, con sus collados y cascadas. El paisaje es realmente bonito, de montaña, de exuberante vegetación y con el rumor del río que nos acompaña parte del camino.

 

Ya se dibuja desde la carretera sinuosa la cascada, y se avistan los buitres leonados en lo más alto del cerro. Llegamos hasta la población de La Gándara, donde nos habían dicho que existe un interesante mirador del valle. Preguntamos a una pareja de ancianos para cerciorarnos de la zona exacta, y al poco llegamos al mirador, suspendido entre barrotes y cristales gruesos, sobre la caída del río. Nos llueve algo en este punto sólo para recordarnos que Cantabria está en el norte, y que ese norte, tiene su fama por algo.

 

Volvemos a desandar nuestros pasos pasando por la localidad de Arredondo, conocida en otros tiempos como la ‘capital del mundo’ por ser cuna de numerosos ilustres indianos.

 

Seguimos nuestro camino, topándonos con un burro suelto por la carretera. Subimos un puerto de montaña, y descendemos el valle, hasta llegar de nuevo a Liérganes y parar en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, donde pasamos casi cuatro horas, disfrutando de la naturaleza de todo el paraje. Muchas de las especies se encuentran en peligro de extinción.

 

La entrada cuesta desde 17 € por persona con descuento del 50% si eres discapacitado. Hay 30 kilómetros de carretera dentro del parque para que, con tu propio coche y en las zonas habilitadas para ello, puedas pararte y observar a los animales que viven en semilibertad. Así, vemos elefantes, gorilas, linces ibéricos, jaguars, tigres, adax, cebras, jirafas,… y un largo largo etcétera de bichillos graciosos.

 

Finalmente, nos vamos a Santander, capital a la que llegamos en menos de 20 minutos ya que el parque está ubicado a 15 kilómetros al sur. Aprovechamos que teníamos tiempo aún para disfrutar del coche, y nos acercamos con él hasta la península de La Magdalena para ver a pie el mini-zoo que tienen allí montado, el fortísimo oleaje del mar cantábrico y el palacio, de clara influencia inglesa, que fue residencia de veraneo del rey Alfonso XIII.

 

Habiendo disfrutado un rato de este parque público, pasamos por el paseo marítimo de El Sardinero –conocido por su larga playa y casas nobles- dejando el coche en la estación de tren de Santander, en la pequeña oficina de Atesa, que está junto a la entrada del túnel. La estación autobús queda justo enfrente, así que, dejamos las mochilas en consigna por dos euros y medio cada casilla –funciona por ficha que compras a un señor majo frente a las propias consignas-.

 

Ya libres y de noche, descubrimos la razón por la cual se vive tan bien en esta capital: parece un pueblo aristocrático, todo muy bien cuidado, con una excelente gastronomía, un frío que te anima a seguir comiendo más y más, y unas tiendas para gastarte todo el sueldo del mes sin pestañear.

 

Tapeamos en un antiguo mercado, el del Este, concretamente en la Casa del Indiano, todo muy gourmet, algo caro, de tapas elaboradas, eso sí.

 

A eso de las 20:45 horas, cogemos el autobús que sale directamente desde la estación de autobús hacia el aeropuerto por dos euros por cabeza. En 15 minutos ya estás en la terminal, con los petates preparados para un próximo destino. ¿Dónde será esta ocasión, viajeros?

 

Hoy hemos hecho120 kilómetros.

 

 

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