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Cuatro días en coche por Cantabria

Día 2 De Potes a Santillana

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Nos levantamos temprano, desayunamos espléndidamente y empezamos nuestra ruta con el coche hacia el oeste, camino a Potes. Tras ir por la autovía y por la nacional, nos adentramos en la garganta La Hermida, con unos paisajes bellísimos, dejando a nuestra derecha los picos de Europa, mientras pasamos entre las provincias de Cantabria y Asturias repetidamente.

 

Potes tiene un encanto especial además de un microclima. Es una población muy bien conservada, de interior, enclavada en un entorno espectacular, y repleta de una magia que sólo puede otorgar la tierra cántabra. A apenas dos kilómetros de este pueblo, se encuentra el monasterio franciscano de Santo Toribio, donde se guarda y se venera la reliquia del Lignum Crucis, el mayor trozo de la cruz de Jesucristo que se conserva en la cristiandad.

 

Tras comprar los famosos garbanzos pequeños de Potes, chacina y demás exquisiteces del lugar, volvemos sobre nuestros pasos para acabar en San Vicente de la Barquera, ya en la costa. Allí, tras subir a la iglesia y contemplar unas vistas sorprendentes que te dan una inmensa paz, decidimos degustar las rabas de calamar, el cocido montañés, los chorizos a la sidra… vamos, algo ligerito, je, je. Nos deleitamos de postre mirando el largo puente de la Maza de 32 ojos.

 

Antes de que se nos haga más de noche, volvemos a coger el coche para adentrarnos en el valle del Saja, hasta llegar al que se dice que es el pueblo más antiguo de España, Bárcena Mayor.

 

Tras unos bellos paisajes, llegamos a este enclave, y dejamos el coche a la entrada del pueblo en un aparcamiento habilitado, que ya es peatonal, en su mayor parte, tras la restauración. Allí parece que el tiempo se ha parado; echamos dos horas en visitarlo y con lo pequeño que es parece que te faltaran, sin embargo, los minutos para descubrir otra calle empedrada más, otro rincón cargado de magia, otro murmullo del río que te abre paso a un sendero cubierto de matas y musgo.

 

Ya cayendo el sol, volvemos a la costa, a la afamada población de las tres mentiras: Santillana del Mar, que ni es santa, ni es llana ni tiene mar. Eso sí, Santillana tiene bien ganada la fama de ser un pueblo hermoso, increíblemente cuidado, que ofrece al visitante sus riquísimos sobaos, sus quesadillas y mil maravillas más del paladar, además de albergar la colegiata de Santa Juliana, joya del románico, e innumerables casas blasonadas.

 

La noche es cerrada pero la iluminación navideña de estas localidades nos hace recordar el porqué del encanto de estas tierras, y la razón por la que decidimos pasar el fin de año en Cantabria.

 

De vuelta al hotel, nos reunimos los cuatro amigos en una de las habitaciones y, con gusto, sonrisas e ilusiones renovadas, celebramos la última noche de 2011

 

Hoy hemos recorrido 260 kilómetros.

 

 

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