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5 días en Córcega

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Viajes - Córcega

Última actualización el Lunes, 16 de Septiembre de 2013 19:12 Escrito por Laura Borrás Domingo, 09 de Junio de 2013 19:04

 

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Introducción

La isla de Córcega encierra muchos más tesoros de los que uno pueda imaginar. Curiosas, nos dejamos llevar una vez más por este deseo de descubrir nuevos territorios que pasan desapercibidos en este mar Mediterráneo.

 

Para ello, e inmersas en aquel momento en otra aventura por Europa, tomamos desde el puerto Livorno, en Italia, un barco para llegar a esta isla francesa.

 

Compramos los billetes con la compañía Corsica Ferries a través de su página web (127 € ida y vuelta dos personas).

 

Como el ferry salía a las 8 de la mañana, hicimos noche en la hermosa ciudad italiana en el hotel Giaponne Inn, ubicado en la via Grande, relativamente cerca del puerto –a unos 10 minutos andando-.

 

Nos ha costado caro, 60 € la habitación doble con baño y desayuno, y desde luego no vale lo que cuesta porque es antiguo y está muy descuidado, pero su emplazamiento es ideal ya que está en el centro, cerca de la fortaleza y su foso, aunque nos dimos cuenta al final que el barco para Córcega sale desde la zona norte del puerto –saliendo de via Grande a la derecha cruzando un puente- y eso nos impide ir andando con las mochilas al día siguiente.

 

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En pie a las 6:30 am esperando a que abrieran la cafetería del hotel para abastecer a nuestros atontados estómagos. El buffet era completito. Cogimos dos cruasanes y un plátano para las cuatro horas que dura la travesía en barco. ¡Taxi! Y en la oficina de Corsica, que está junto al barco enorme de la misma compañía, nos dicen que ya con ese papel impreso que imprimimos desde España cuando compramos los billetes de barco online, es suficiente para embarcar.

 

Un hombre con chaleco amarillo pasa una máquina por el papel y nos da una etiquetita adhesiva. Felices, nos metemos por la gran boca del ferry donde aparcan los coches. Subimos escaleras infinitas hasta llegar a lo más alto, al aire libre, y desde allí vemos Livorno.

 

Hay tumbonas plegables para tomar el sol y camareros de uniforme amarillo. Nos agenciamos asientos tipo bancos para dormir un rato y que se haga el viaje cortito. Y para entretenerme, me aventuro con dos partiditas a las máquinas de videojuegos de estas antiguas de toda la vida, que sólo saben luchar en las calles o jugar al fútbol… También hay una grúa de esas que nunca cogen peluches y te gastas el doble al finan que si lo hubieras comprado en la tienda directamente. La infancia es lo que tiene.

 

Llegamos media hora más tarde, a las 12:30 pm, al puerto de Bastia, y tuvimos que esperar los últimos para desembarcar. Fuimos a la oficina de turismo que está enfrente del muelle de atraque de Corsica Ferries, en una gran plaza rectangular que hay, la plaza de San Nicolás. La chica muy simpática nos informa de que el autobús para el aeropuerto de Bastia-Poretta sale en 5 minutos desde una rotonda cercana a la plaza, donde está ubicada la prefectura.

 

Echamos una carrera pero vemos a pocos metros cómo el autobús se marcha a las 13 horas y nada. ¡El siguiente pasa a las 14:30! Hacemos tiempo volviendo a la oficina de turismo y confirmamos el precio del bus nos sale por 9 € por cabeza (se compra por trayecto, no existe un ida y vuelta).

 

La idea de ir al aeropuerto no es un error de texto, es que hemos alquilado allí, a través de Internet y desde España, un coche con la compañía Budget (era el que nos salía más barato con diferencia y encima la franquicia era muy inferior a las otras).

 

Tuvimos problemas cuando hicimos la reserva porque no nos llegaba el mail de confirmación y ya me lo habían cobrado, pero tras varias llamadas a la central de atención al cliente, nos enviaron el código de reserva y obtuvimos la confirmación.

 

Aun así, lo que incluía el precio total no concordaba con lo pagado. No tuvimos más opción que volver a llamar de nuevo a la central para que no tuviéramos problemas en Bastia. Nos dijeron que pasarían nota interna. Y aquí estamos, delante de Budget, tras 30 minutos de autobús, y después de que la chica de turismo llamara por nosotras para avisarles de que recogeríamos el coche una hora más tarde.

 

Como ya habíamos pagado los 88 € -4 días- que costaba el modelo básico, el A, queríamos añadir 48 € para asegurarlo a todo riesgo y no tener problemas luego, desentendernos. Eso hicimos pero los incompetentes me dicen que me cobrarán 35 € más por tarifa administrativa si el vehículo tiene algún daño al devolverlo. ¿Cómo te quedas? ¿Entonces yo estoy pagando el doble para asegurarlo a todo riesgo por la cara? Lo dicho, unos listos. Y encima tenemos que entregarlo antes de las 19 pm porque ellos cierran, y no se hacen cargo luego de si pasa algo. Vamos, una estafa.

 

Nos dan un Citröen Berlingo, un tanque de coche, con regulador de velocidad que me viene de escándalo para mi pierna. Y ahí salimos hacia el cabo de Córcega, el dedo de esta isla, la parte norte, con muchos pueblecitos productores de vino, mucha tranquilidad y un manto verde de bosque hermosísimo.

 

La carretera este, subiendo al norte del cabo es buena, montañosa, con curvas y travesías de pueblo, pero en buen estado el asfalto. Luego la cosa se complica porque hay una buena parte de la carretera del oeste, camino a Saint-Florent, que no existe prácticamente. Es brutal. No hay socavones sino parches de carretera quitados -pendientes de obra, nos imaginamos-.

 

Las vistas son impresionantes. El sol va cayendo y acaricia estos pueblos corsos con dulzura, torretas incluidas. A veces se ven unas calitas de ensueño, con aguas de un azul intenso, como las de Mallorca.

 

Las curvas, subidas y bajadas se suceden hasta que atardece y la noche nos pilla ya en Saint-Florent. Habíamos planificado la ruta de hoy para dormir en un camping en L’Île-Rousse pero mi espalda y el cansancio me matan. Vamos preguntando en hoteles y campings de Saint-Florent hasta que encontramos uno que no estaba completo –los tres anteriores llenos hasta la bola- por 50 € la noche con baño fuera. Todo es caro en esta isla…

 

El hotelito frente al mar en el paseo marítimo, está muy bien cuidado, muy familiar. Para los interesados se llama Sole Mare. Antes de las 20 horas vamos al supermercado Spar del pueblo Saint-Florent, abierto por los pelos, y nos abastecemos para desayunar y comer para el día siguiente.

 

Caímos muertas en la cama. 130 kilómetros de curvas en el día de hoy.

Cabo Corso. Imagen Laura Borrás Cabo Corso. Imagen Laura Borrás Cabo Corso. Imagen Laura Borrás L'Ille Rousse. Imagen de Laura BorrásAlojamiento en Mare e Sole. Imgane Laura Borrás

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A las 7 ya estábamos en pie para aprovechar la luz solar porque nos parece un poco de vergüenza que nos apaguen las calles a las 19 pm.

 

Desayunamos por el camino. Hemos pasado el pacífico desierto de Agriates, zona agreste y árida al norte de Córcega, entre Saint-Florent y L’Île-Rousse. Ahora estamos frente a la playa de blanco arena de Ostriconi.

 

Llegamos en un salto –y ojalá fuera metafórico- a L’Île-Rousse  y vamos directamente al puerto para ver el faro y la torre amarilla tierra que dibuja el horizonte. Todo nos resulta precioso y tranquilo pese a que hay turistas allí.

 

En camino, las carreteras siguen muy despejaditas, no como cuando salimos del aeropuerto de Bastia a Bastia ciudad, que era una cola brutal. Aquí se conduce de momento a tu aire, muy tranquila.

 

Llegamos a Calvi pasando por la Balagne y sus pueblitos lindos. Calvi tiene el reconocimiento dudoso de ser la población natal de Cristóbal Colón –se dice que es genovés pero igual cruzó a esta orilla… - . No hay casa natal ni nada porque se destruyó, sólo le han puesto una escultura allá adosada a la muralla de Calvi , en la ciudadela. Tiene una fortaleza muy chula desde donde hay vistas panorámicas interesantes. Callejuelas de tiendas majas y poco más.

 

Hacemos una parada en la iglesia de Notre Dame de la Serra, que está a las afueras de Calvi en una carreterita que se desvía a la izquierda dirección Porto por la costa.

 

Desde allí la panorámica es alucinante, merece la pena. Decidimos ir a Porto por la carretera del interior, al menos hasta la población de Galeria, pero creyendo que íbamos a ver ríos no vimos nada de eso, aunque fue realmente hermoso: valles de encinas y pinos, bosques frondosos y verdes extendidos como un manto por las colinas… Genial. Paramos en un mirador a comer lo del supermercado.

 

Vemos la reserva natural de Scandola, el golfo de Girolatta, con tonos rosados preciosos. Salen barcos para visitar esa zona durante algunas horas por 46 ó 52 € por persona, dependiendo también de si ves el golfo, las grutas o más allá.

 

Por fin llegamos a Porto y desde la carretera se divisa el precioso pueblo con su castillo. Bajamos hasta el puerto, aparcamos pagando cincuenta céntimos la hora, y nos damos una vuelta. Es muy pequeño pero bonito. Se puede visitar la torre genovesa ubicada en el puerto sobre un peñasco por 2,5 € por persona (no hay descuento para discapacitados). En el puerto hay un puentecillo muy gracioso y delicado por el que se accede a la playa de Porto. Dicen que los atardeceres de aquí son espectaculares.

 

Paramos en un Spar arriba en la carretera y compramos vino corso (en Calvi compramos embutidos de la tierra que huelen de escándalo y te lo envasan al vacío: tienda Annie Traiteur, en rue Clemenceau). Nos comemos unos helados y tiramos hacia las Calanches de Piana, unas formaciones rocosas anaranjadas que toman forma de perro, castillo, corazón,… hay muchas rutas en esa zona, todas indicadas –tiempo que tardas y demás-.

 

Nosotras hacemos la de treinta minutos para ir al castillo y merece la pena porque las formaciones son alucinantes y parece que están en un paisaje de fantasía o plastilina. Y las vistas al mar son increíbles. Esa ruta, aunque corta, es dura y difícil para personas con movilidad reducida, mayores y niños. Ojo con no resbalarse.

 

En las Calanches hay más turistas y es carretera de montaña así que mucho cuidado; hay sitios para aparcar por el camino para hacer fotos o estirar las piernas o simplemente, perderse en el paisaje. Alrededor de un 1,7 km antes de llegar al cartel de entrada al pueblo de Piana (desde Porto, me refiero), se encuentra a la derecho lejos a la formación del corazón que sale en muchos folletos turísticos de Córcega. Si no lo sabes es difícil verlo porque no lo indica.

 

Paramos en Piana y allí nos indican cómo encontrarle, y así, contemplamos el atardecer viendo un corazón de fuego hecho de piedra.

 

Bajamos la montaña y llegamos a Cargèse donde nos alojamos en el hotel Cyrnos, por 48 € habitación doble con baño en la calle principal. El dueño es un poco seco y desagradable, pero bueno, no dormimos con él. Je, je.

 

Salimos a cenar a la pizzería U Tragulino –o algo parecido- y nos dan una pizza que está que te mueres por 10,50 € (está en una calleja que sale a la calle principal de la República, no tiene pérdida). Y a dormir.

Playa de Ostriconi. Imagen Laura Borrás Calvi. Imagen Laura Borrás Ciudadela de Calvi. Imagen de Laura Borrás Ciudadela de Calvi. Imagen de Laura Borrás Ciudadela de Calvi. Imagen de Laura Borrás Ciudadela de Calvi. Imagen de Laura BorrásIglesia en Calvi. Imagen Laura Borrás Paisaje cerca de Calvi. Imagen Laura Borrás Porto. Imagen Laura BorrásPaisaje desde Piana. Imagen Laura Borrás

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Empezamos el día madrugando para aprovecharlo a tope. A las 7:30 am salimos del hotel en dirección a Sagone con intención de tomar en ese pueblecito el famoso helado de Geromini, un hombre que ha llevado su arte heladero hasta Arabia Saudí, para hacérselo al mismísimo rey. En el camino buscamos la playa de Menasina que he leído que estaba chula; a pocos kilómetros de Cargèse encontramos un cartel que indicaba que la playa estaba a 2,5 kilómetros; pasaron 7 y no había más cartel ni acceso visible hacia la costa. Si lo hay desde luego está muy escondido.

 

Para desquitarnos, paramos en otra calita porque vimos un letrero que ponía ‘baño sin vigilancia’. Como era tan temprano, sólo echamos un ojo. Ya de nuevo en ruta, la carretera nos pasó por delante de la heladería de Geromini en Sagone, que estaba abierta para nuestra alegría y paladar. Justo al llegar nosotras, vino este hombre, su mujer e hija –pensamos nosotras haciéndonos toda la película-. Nos atendió la hija de aquella manera seca y desagradable de haberte levantado un domingo a las siete de la mañana para trabajar. Por 5,8 € nos tomamos dos bolas de helado con sabor a yogur y nocilla. Sin palabras. Parecía que estabas delante de un barreño de miel con yogur, flipante. Me encantó.

 

Ahora nos espera la capital de Córcega, Ajaccio, a la que llegamos sin muchas complicaciones. Aparcamos en una calle central de flujo de coches (era pagando, como la zona azul, gratis domingos y festivos), y bajamos unos metros hacia el puerto.

 

Por allí ya a pie se localiza todo: el museo Fesch (de arte que alberga una colección de pinturas de la familia de Napoleón, entre otras cosas), la capilla imperial (ahora en restauración), la catedral, el salón napoleónico (en el propio ayuntamiento al cual accedes pagando pero cierran domingos y festivos), la casa natal de Napoleón (también cerrada hoy), la fortaleza militar (con dos burros monísimos en el foso, a saber), la playa y el puerto.

 

En la plaza del ayuntamiento habían puesto un mercadillo muy gracioso de comida típica corsa: embutidos y chacinas, confituras, hierbas aromáticas, pasteles,… compramos queso y una bandeja al vacío de una variedad de animales.

 

Cogemos de nuevo el coche para llegar hasta las Islas Sanguinarias, a unos 15 ó 20 minutos en coche al norte de Ajaccio por la costa, por el paseo marítimo. Hay un parking para dejar el coche allí por cinco euros pero lo metemos en un carril a pocos metros donde hay más coches aparcados de esa guisa.

 

Empezamos a andar hacia una colina con una torre en lo alto, se divisan perfectamente las Islas Sanguinarias (antiguamente había un lazareto allí, un islote donde retenían en cuarentena a los pescadores y navegantes para que no pasaran al resto de la población las enfermedades que pudieran tener; hoy queda un faro y poco más). Estas islas son hoy un refugio para las aves que van a anidar allí, a reproducirse sin que sean molestadas (varias especies de golondrinas, cormoranes...)

 

Se puede llegar desde el parking con un mini transporte gratuito para las personas con movilidad reducida hasta el comienzo de las tres rutitas, y digo rutitas porque en 20 minutos a lo sumo te ventilas dos de ellas –pese a que en el cartel indique más tiempo-. Una sube a la torre, otra da la vuelta por el este del promontorio y la otra por el oeste. Y desde esa colina, en ese recorrido, obtienes una imagen más cercana de las Islas (aunque como no te traigas unos prismáticos no ves absolutamente nada porque están muy lejos) porque acceder a ellas no se puede.

 

Hay unos servicios en el parking por los que pagas cincuenta céntimos pero al menos en el de la mujer están abiertas las puertas y entras gratis (no funcionan las cajetillas que están adosadas a la puerta del wáter donde tú debes de echar el dinero).

 

De vuelta al coche recorremos los siete kilómetros que separan este archipiélago de Ajaccio para salir pasando otra vez por el puerto hacia Bonifacio. Nos fijamos en varias casas en las que se lee ‘propiedad de Tino Rossi’ e investigamos. Este hombre fue un actor famoso en los años 40, el típico latin lover, galán de películas. Eran francés, pero francés corso, nacido en Ajaccio, y de ahí sus propiedades claro.

 

De nuevo en ruta, carretera de montaña, valle para arriba, valle para abajo, dirección a Propriano para pararnos antes en el yacimiento prehistórico de Filitosa. Nos desviamos de la nacional a unos 23 kms antes de llegar a Propriano siguiendo las indicaciones, y eso nos llevó hasta el río bajando la montaña por una carretera sin un solo coche y, como nos tiene acostumbradas Córcega, con un paisaje verde espectacular. Merece la pena el desvío.

 

Seguimos las señales y llegamos por fin a este emplazamiento por el que nos cobran 7 € por persona y nos hacen un descuento de la mitad para discapacitados. A este paso Francia sale antes de la crisis que Alemania.

 

Este sitio es curioso de visitar pese a lo caro de la entrada, porque son menhires a los que ellos llaman torrents con forma humana tallada, tipo un guerrero con casco y demás. Pero al estar al aire libre y sin ninguna protección, la conservación es pésima: las caras ya están desdibujadas en la piedra, en algunas de ellas no se visualiza prácticamente nada. Una pena porque el origen megalítico de estas formaciones se desconoce en su totalidad (se cree que fue un pueblo extranjero del Mediterráneo central el que llegó a esta isla y talló estas piedras).

 

En Propriano al final no nos detenemos porque nos parece poco aprovechable, aunque nada feo. Preferimos ver Sartene, conocido como el ‘pueblo más corso de los corsos’. Enseguida comprendemos el porqué. La arquitectura de esta villa parece un castillo porque sus edificios de piedra son altísimos y con calles muy estrechas y con contrafuertes en algunas de sus calles. Muy bonito. Casualmente era el día festivo de San Damián y celebraban una fiesta con puestos de gastronomía corsa, creperías, juegos y cuentacuentos infantiles. Nos compramos un crêpe de nocilla y coco por 2,5 € buenísimo y lo acompañamos, cómo no, de dos buenas cervezas corsas bien fresquitas (3 € cada una, marca Pietra, cerveza hecha de castaña).

 

Aprovechamos y preguntamos en una tienda de souvenir qué significa el emblema de esta isla: una cabeza de un hombre que parece negro con una cinta blanca atada en la frente. Resulta que dicen que en los tiempos de piratas, llegaron algunos a Córcega, y el pueblo, como ejemplo de fortaleza, cuando capturó al jefe Maura (el cual asesinaba junto a su gente) lo decapitó y expusieron su cabeza sobre un paño blanco. Hay otras versiones menos trágicas del emblema, como que fue en agradecimiento a los soldados marroquíes cuando los ayudaron a prevenir la invasión nazi. En fin, mil lecturas.

 

Nuestra última parada es Bonifacio, el pueblo más al sur de la isla, En el camino, se ven y se pasan montañas y playas de aguas azules cristalinas. El mar se tiñe de una gama selecta de tonalidades, con trozos verdosos y turquesas, y otros de un negro rocoso. Todo resulta hermoso en este pedazo de tierra pasada por tantas manos… genoveses y franceses han dejado una profunda impronta en esta isla, conocida como la ‘isla de la belleza’. Ahora entendemos porqué.

 

Unos tres kilómetros antes de llegar a Bonifacio encontramos un camping y preguntamos precio de un bungalow porque no teníamos nada reservado para esa noche. 45 € sin baño y con cocina. Nos quedamos con el cante y continuamos nuestro camino con la esperanza de encontrar algo más barato allí. Ni de coña. Los precios de los pocos alojamientos en la ciudad no bajaban de 68 €.

 

Aparcamos por suerte el coche subiendo a Bonifacio antes de entrar en la ciudadela, en la fortaleza, junto a un mirador y un sendero que va hacia los acantilados por la parte de arriba obteniendo unas vistas espectaculares de la ciudad a contraluz y atardeciendo. Las paredes del acantilado son blancas, imagino que caliza, y tienen un corte recto vertical impresionante hacia el mar. Me recuerda mucho a las seven sisters, otros acantilados altísimos que hay en el sur de Inglaterra. Sobrecogedor.

 

Entramos por una de las tres fortificaciones de esta localidad, que se dibuja como una mole de piedra invencible. Recordad que Bonifacio, el pueblo, está justo sobre un risco del acantilado, luego su posición es clave para una buena defensa militar.

 

Dentro de la ciudadela las calles son hermosas. Edificios de piedra muy antiguos y muy altos, calles estrechas, contrafuertes de bloque en bloque, una iglesia extraña por dentro que tiene una invitación de armonía espiritual para el visitante, las famosas ‘escaleras del rey Aragón’ que bajan al pie del acantilado (pero para nuestra sorpresa había que acceder pagando y encima estaba cerrada la entrada a esa hora, un chasco)… Ah, sin olvidarnos de un puerto grande en el que llegan hasta ferries.

 

Compramos nuestro desayuno y cena en un Spar que está en el puerto –y que pese a ser domingo estaba abierto-, y tiramos hacia el camping a las afueras de Bonifacio.

Ajaccio. Imagen Laura Borrás Mercado de Ajaccio. Imagen Laura BorrásAjaccio. Imagen Laura Borrás Fortaleza de Ajaccio. Imagen Laura Borrás Filitosa. Imagen Laura Borrás Islas Sanguinarias. Imagen laura BorrásIslas Sanguinarias. Imagen laura BorrásSartene. Imagen Laura Borrás

 

Calle de Sartene. Imagen Laura BorrásSartene. Imagen de Laura BorrásMercado de Sartene. Imagen Laura Borrás

Acantilados en Bonifacio. Imagen Laura Borrás Acantilados en Bonifacio. Imagen Laura BorrásBonifacio. Imagen Laura BorrásAtardecer en Bonifacio. Imagen Laura BorrásUna de las fortalezas de Bonifacio. Imagen Laura Borrás Bonifacio. Imagen Laura Borrás

 

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Nos pusimos en marcha temprano rodeadas por una densa niebla más propia de un Londres de Jack el Destripador que de la isla de la belleza.

 

Muy convencidas de que la dichosa niebla bajaría rápidamente, nos plantamos en la playa de Santa Giulia, cuyas aguas cristalinas merecen su fama. Allí no vimos un nada. Tuvimos que poner rumbo a la ciudad de Porto Vecchio, a apenas cinco kilómetros aproximadamente. Pasamos con el coche por el casco antiguo. Bonito pero, o sería el sueño o la apatía, no nos bajamos del coche hasta llegar al puerto. Había un control de la Gendarmerie parando a los turismos pero a nosotras nos saludaron como reinas. Ja, ja. Ya en el puerto y teniendo una panorámica muy linda de la localidad con todos sus veleros, yates, lanchas y demás cosas que flotan, desayunamos vorazmente.

 

De nuevo probamos el objetivo playa del día. Desandamos nuestros pasos un par de kilómetros o tres y nos desviamos por una carretera al mar que indicaba playas de Palombaggia y Santa Giulia.

 

Traspasamos zonas residenciales de lujo a punta pala. Ahora sí, todo muy cuidado y protegido, y en armonía con el entorno. Chalés de piedra marrón y altos setos. Para encontrar las playas hay que obtener los planos de esa zona porque con tanto cartel de hotel cuatro estrellas y restaurantes pitiminí, olvidaron especificar los nombres de las playas. Así que, a nuestra bola y girando siempre hacia la izquierda buscando el mar, aparcamos en la carretera, en un arcén más ancho y vimos como dos residentes deportistas bajaban por un sendero. Allá que fuimos.

 

Y allí que estaba reposando la playa de Palombaggia. Hermosísima entre pinos y una arena suave, unas aguas transparentes, y bloques de piedras enormes sobresalientes en el mar. Tres chicas preparándose para montar en caballo por la playa. El paisaje invitaba a ser parte de él, a quedarte atrapado por la mágica brisa. No hacían falta sirenas para enamorarte de Palombaggia.

 

Como zombies subimos el sendero hacia el coche y probamos suerte con la otra playa, la de Santa Giulia. Dos intentos y llegamos al puerto. No nos resultó tan bonita como la anterior, y yo creo que no llegamos al punto caliente de esta playa. Pero de todas maneras, merecía la pena echarse un bañito allí, aunque el agua estuviera fría de narices.

 

Acobardadas nos fuimos finalmente hacia la montaña, a las Aiguilles de Bavella, siguiendo la nacional por la costa en dirección Bastia y desviándonos en Solenzara hacia el interior. Subimos todas las montañas del mundo francés conocido, pero nuestra cara de ilusión siempre llegaba primero. ¡Qué bonito, pero qué bonito! Una maravilla.

 

El río nos acompañó parte del camino mientras subíamos un cañón. Imaginaos los paisajes… increíbles. ¡Es que no te esperas encontrar tanta variedad en esta isla! Hicimos una parada para ver mejor esas aguas verdosas entre piedras blancas y el manto verde infinito del valle.

 

Continuamos ascendiendo y de repente vimos un cerdo salvaje. Cerdita en este caso, buscando y oliendo como loca en busca de comida. Mi pareja le dio un poco de bizcocho y la cerda, nada más olerlo, se fue detrás de ella a por más. Era una aspiradora. Absorbía todo lo que había en el suelo. La cerda que vio a la otra dentro del coche empezó a correr hacia mí y casi se come la cámara. Menos mal que comprobó que no era alimento y nos dejó.

 

Ya de nuevo en carretera vimos a crías de cerditos y demás miembros de la familia. El trecho final nos llevó hasta la localidad de montaña de Bavella y hasta el punto más alto donde empiezan muchas rutas de senderismo (de una, dos o seis horas… variedad a tope).

 

El macizo de Bavella parece que te traga. Se alza imponente hacia el cielo, y aunque lo hemos visto en todo el camino, aquí parece que es aún más grande, más hermoso y colosal. Las nombradas agujas de Bavella también están ahí, formaciones rocosas apuntando a dios en un escenario que pudiera ser perfectamente alpino. Gran parte de esta zona, pulmón verde corso, fue devastada por un gran incendio en 1960; tras mucho esfuerzo y labores de reforestación plantando hasta 120.000 pinos jóvenes, han conseguido que Bavella te deje boquiabierto. No hay que decir que este emplazamiento es idóneo para el amante del senderismo, montañismo y toda aquella criaturita que babee contemplando una belleza natural como es esta.

 

Como queríamos ir a Corte, preferimos volver por la misma carretera y subir por la costa hasta Aleria, y de allí desviarnos hacia la que fuera capital de Córcega.

 

También el camino hasta Corte nos desvela ríos y montañas verdes. El pueblo es otra joya corsa. Su fortaleza (o parte de ella) está en un risco, en lo alto del cerro. La estatua de Pascal Paoli nos enseña las calles empinadas y de piedra con fachadas altas y descuidadas. Esta ciudadela se hace pequeña al andar y su encanto, aunque breve, no pasa desapercibido por el turista.

 

En el último tramo de nuestra escapada en coche por Córcega, dirección al aeropuerto de Poretta, el de Bastia, vemos pueblos encallados en medio de la montaña, como suspendidos en su falda, sobresaliendo el campanario de su iglesia como estandarte. Más rápido de la cuenta recorremos los 50 kilómetros hasta el aeropuerto. Repostamos antes por 67 € los 870 kilómetros que hemos hecho en esta isla. Limpiamos un poco el tanque, preparamos las maletas, y dejamos el coche en Avis-Budget con el ‘ok’ de todo correcto del tío revisor que llama a la gente como si fuera perros, a silbidos o sonidos irrepetibles.

 

Dejamos los papeles en la oficina de Budget en la terminal de llegadas y descubrimos que tienen una pegatina con el email de esa oficina, cuando la chica al entregarme el coche me había dicho que no tenían email, que si dejábamos el coche después de las 19 pm que llamáramos al día siguiente por teléfono para comprobar que estaba todo bien, que es que no tenían email allí. ¡Serán capullos!

 

En fin, por suerte la experiencia con el coche fue muy buena y nos ha permitido descubrir rincones bellísimos de Córcega.

 

Como los horarios del bus a Bastia están conectados con los vuelos que llegan, no tenemos más remedio que esperar una hora y media en el aeropuerto (hay pocos vuelos, luego hay horarios desajustados del autobús), al menos hay wifi gratis y pasamos el tiempo, con eso y con un folleto turístico muy bueno en español que te proporcionan en la oficina de turismo del aeropuerto.

 

Pagamos otros 9 € por persona y a la media hora llegamos a Bastia de nuevo. Aprovechamos que una mujer se bajó en la plaza San Nicolás y nos bajamos nosotras también, pero como teníamos las mochilas abajo, nos dijo el chófer que aligeráramos y así fue como abrí el motor del autobús en vez del portaequipajes. Ja, ja.

 

Unos diez minutos a pie hasta el hotel Posta Vecchia donde dormimos por 60 € con baño sin desayuno (no había nada más barato por internet en el casco antiguo de la ciudad). Desde luego que por el precio no merecía la pena mucho pero eso es lo que había. El ascensor, enmoquetadas las paredes, eran tan pequeño que sólo cabía una de las dos con las mochilas.

 

Dejamos los bártulos y salimos a cenar algo por el puerto viejo. Optamos por un mejicano-braserie y demás donde por 34 € nos tomamos hasta un cóctel de piña colada. Todo muy rico, petado hasta la puerta, y con un viento que soplaba que te tiraba en la calle.

Porto Vecchio. Imagen Laura BorrásSanta Giulia. Imagen de Laura BorrásPlaya de Palombaggia. Imagen Laura BorrásPalombaggia. Imagen Laura Borrás Aiguilles de Bavella. Imagen Laura Borrás Camino de Aiguilles de Bavellar. Imagen de Laura BorrásVirgen de Aiguelles. Imagen de Laura BorrásPanadería en Corte. Imagen Laura Borrás Corte. Imagen de Laura Borrás Corte. Imagen Laura Borrás Corte. Imagen Laura Borrás Fortaleza de Corte. Imagen Laura Borrás Pascal Paoli en Corte. Imagen de Laura BorrásCasco antiguo Corte. Imagen Laura Borrás

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Sobre las diez de la mañana nos levantamos y fuimos a ver la ciudad de Bastia. La iglesia del puerto viejo sobresale como el macizo de Bavell, y parece que se va a comer las casas pegadas que tiene a su alrededor. En el lado de enfrente, las fachadas sin revestir, de ladrillos y cañerías por fuera, reventadas totalmente, se agolpan unas encimas de otras, como las favelas brasileñas de Rio de Janeiro. Luego descubrimos que hay un plan municipal de rehabilitación de esos bloques pero que algunos vecinos no quieren irse por motivos políticos, aunque les den un apartamento de propiedad en su lugar.

 

El panorama es desalentador, sábanas colgadas en las fachadas gritando ‘Salvemos Puntettu’ En cada ciudad siempre encontramos un casco parecido, ¿verdad?

 

Vamos a la fortaleza desde la cual hay una vista muy buena de la ciudad con el puerto como eje. Las callejuelas anexas tienen un encanto especial. Todo como muy apartado del mundanal ruido, lejano al bullicio urbano e coches y cotidianeidad. En la casa de los Gobernadores se encuentra el museo de historia, y cerca hay otra donde Víctor Hugo y su padre residieron durante dos años.

 

A las dos horas regresamos al hotel a por nuestras mochilas, y al rato caminábamos hacia el barco de Corsica Ferries en la terminal norte (al llegar atracó en la sur que está más cerca del centro).

 

Y aquí, desde lo alto del ferry, tomando el sol con una tónica rumbo a Italia, escribo estas últimas líneas corsas despidiendo en la lejanía de las olas, a esta isla de la belleza, Córcega.

Bastia. Imagen de Laura Borrás Desde el puerto de Bastia. Imagen de Laura Borrás Bastia. Imagen de Laura Borrás Bastia. Imagen de Laura Borrás Bastia. Imagen de Laura BorrásBastia. Imagen de Laura Borrás Bastia. Imagen de Laura Borrás Bastia. Imagen de Laura Borrás Vista desde el Puntettu. Imagen de Laura Borrás

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6 días en los Emiratos Árabes

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Viajes - Emiratos Árabes

Última actualización el Martes, 29 de Enero de 2013 08:26 Escrito por Administrator Miércoles, 19 de Diciembre de 2012 10:39

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Durante seis días, en pleno mes de diciembre, ponemos rumbo al desierto. Nuestro destino: Dubai.

 

Oasis, restaurantes submarinos, rascacielos imposibles, lujo y mucho calor. Eso es lo que encontramos en los Emiratos Árabes, en su capital, y en sus rincones.

 

A lo largo del próximo artículo os lo contamos con todo detalle, esperando que nuestra desorientación os sirva de guía para que disfrutéis plenamente de un país increíble.

 

Allá vamos.

 


 

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El gusanillo de conocer mundo andaba aún rondando el intestino cuando, buscando un destino económico y seguro que encajara con mis fechas libres, me decidí por Dubai.

 

La verdad es que, descartando por razones políticas actuales países como Egipto, Israel y demás, los Emiratos Árabes Unidos se destacaban como una opción limpia, sin conflictos y realmente a buen precio.

 

Así fue como en unas semanas, tras una ardua investigación turística del país, optamos por comprar los billetes a través de una agencia de viaje y liarnos el burka a la cabeza.

 

Salimos del aeropuerto de Málaga con la compañía Bristish Airways hasta Londres, concretamente al aeropuerto de London City. Y de allí hacemos trasbordo a la terminal 5 de Heathrow Airport, desde donde sale nuestro vuelo directo hasta Dubai, la ciudad más turística de los EAU, creada y diseñada estratégicamente para atraer visitantes con gran chequera, porque aquí se concentra lo más de lo más único del mundo, como su rascacielos más alto, el centro comercial más grande, el único hotel de siete estrellas (aunque dicen que no existe tal reconocimiento en la hostelería)… y un largo etcétera.

 

Ahora nos encontramos en el avión rumbo a la capital británica. Esta compañía que ha absorbido en gran medida a Iberia, reparte sándwiches y zumitos. Todo un lujo viniendo nosotras de vuelos con Ryanair. Je, je. Incluso te dejan llevar un equipaje de mano de hasta 23 kilos.

 

Todos los trayectos aéreos nos han salido por 1040 € dos personas ida y vuelta, y el hotel lo hemos buscado por nuestra cuenta a través de la web Booking, reservando un estudio por menos de 200 € por cuatro noches.

 

El primer fallo de la agencia de viajes Babilonia, situada en Estepona, fue decirnos que la maleta iba facturada directamente desde Málaga a Dubai. Luego mejor –pensamos- porque son muchas las conexiones para cambiarnos de aeropuerto en Londres y así iríamos más libres. Pues no. En el mostrador de facturación nos informan de que ya no es posible, desde el 11 S, hacer facturaciones directas entre conexiones aéreas por seguridad. Tras dos horas y media llegamos al London City Airport, ideal si vas al centro de la ciudad porque está más cerca y es más cómodo.

 

Una vez en suelo británico y tras coger el equipaje facturado, nos dirigimos al punto de información situado justo enfrente de la puerta de llegadas, donde acabamos de recoger la maleta. Allí preguntamos cómo llegar a Heathrow y con amabilidad nos indican que hay que coger primero el DLR (como un metro pero por arriba, al aire libre) hasta ‘Canning town’, y de ahí, bajando las escaleras mecánicas, tomar en el andén número 5, el derecho, el metro hasta ‘Green Park’ para luego cambiar de línea y tomar otro metro hasta Heathrow Airport terminal 5.

 

(OJO, coger bien este metro fijándoos que indica ‘terminal 1,2,3 & 5’, no la terminal 4 que va por libre).

 

Todo este trayecto se realiza en una hora y veinte minutos, pero nosotras, con nuestra torpeza de la primera vez, lo hicimos en 1h 40’. No hay necesidad de cambiar libras, se puede pagar el único ticket necesario para hacer todo el recorrido con tarjeta de crédito en la taquilla que está siguiendo la señal ‘DLR’ desde llegadas –a 20 metros, vaya-. El tique sale por 5,3 libras por persona. Realmente barato para lo que es el transporte público londinense. Contando por reloj, tardas de 15 a 20 minutos en plantarte en el centro de Londres, ¡una gozada!

 

Al llegar a la terminal 5 (no tirar la tarjeta Oyster del metro-DLR porque tienes que picarla también al salir del metro) te encuentras justo delante de ti a mano derecha unos mostradores que son para ‘dejar la maleta’ (bag drop off) si tienes, como era nuestro caso, las tarjetas de embarque. De esta manera evitas colas de facturación por si llegas justo de tiempo, así que siempre en vuelos de conexión, hay que preguntar al coger el primero si te pueden dar las tarjetas de embarque de todos.

 

Picamos algo en uno de los muchos bares y restaurantes que hay; un chico que trabaja en la cafetería Pret, donde comimos, se me acerca y me dice que él es de Eslovaquia y que si yo he estado en todos esos países representados con las banderas que llevo cosidas en mi mochila. Muy majo, ¡¡se sabe más banderas que yo de mi propio petate!!

 

OJO: ir con tiempo y ver la puerta de embarque, porque en estos aeropuertos las distancias son largas y te puedes llevar un buen susto y perder el vuelo.

 

El vuelo no iba muy lleno, el avión era enorme, con un pasillo anchísimo que indicaba larga distancia de vuelo. Lo bueno es que nos dieron dos asientos separados y no vino nadie, así que para dormir debía ser más cómodo. Lo normal, comida, pantalla con pelis, tv, música y demás.

 

 

 

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La noche no se ha hecho tan larga como temía. Ha dado para tragarme ‘Dark Knight rises’ en un suramericano desconcertante, y echar unas cabezaditas en el regazo de mi madre.

 

Amanece con un rojo potente que parece avisarnos de que esto es el desierto más allá de edificios inalcanzables. El avión ha sobrevolado Irak, dejando a un lado el conflicto israelí-palestino y la guerra de Siria. Bagdad ahora, allá a lo lejos, bajo nuestros pies, no se nos presenta demasiado peligroso. Es lo que tiene la distancia.

 

Este amanecer es, de todas formas, precipitado. En cuestión de minutos la franja roja se convierte en un azul medio claro y se destapa así todo el mágico cielo de este golfo persa.

 

Aterrizamos vislumbrando extensiones de arena y el horizonte queda cubierto por una neblina proveniente del desierto. Y ahí aparecen, alzándose hacia ese cielo infinito, una sucesión de rascacielos en una planicie inmensa, y, de entre todos ellos, destaca con diferencia el más alto del mundo: el burj Khalifa.

 

Ya pisando suelo emiratí, pasamos un control de pasaportes lento pero agradable, y recogemos el equipaje facturado. Después de haber leído el control tan exhaustivo de medicamentos y tal, aquí no he encontrado nada que me obligase a ser extra prudente. Todo perfecto y normal.

 

Pregunto en la oficina de turismo que hay enfrente de la salida de las maletas, dentro de la terminal, cómo llegar al hotel. Siguiendo las indicaciones y las señales que indican ‘Dubai metro’ -subiendo dos plantas-, llegamos a la entrada del metro donde nos informan vendiéndonos dos tarjetas por 20 AED (dírham emiratí) cada una con 14 dírhams en viajes –unos ocho euros y algo en total-. Y tomamos la línea Jebel Ali, la roja, cogiendo el único metro del mundo sin conductor. Paramos en ‘Khalid Bin Al Waleed’ y cambiamos a la línea verde para llegar en una parada a ‘Al Fahidi’. De ahí a pie al hotel sólo hay cinco minutos. La gente que nos ve se para amablemente para orientarnos o ayudarnos con el equipaje.

 

Finalmente ya en nuestro hotel, Tulip Hotel Apartments, esperamos unas dos horas para darnos el estudio que habíamos reservado por 195 € (+10% de cargos no incluidos). En total nos cobran 235 € pero cuando vemos el pedazo de habitación con cama extra grande, cocina y salón inmenso –pese a que por ese precio somos conscientes de por sí que es una ganga habiendo visto las calidades del hotel y su emplazamiento- se nos quita la tontería. Es genial, limpio y cuidado, estratégicamente ubicado para coger el metro y moverse por Dubai.

 

Nos suben las maletas y nos damos una ducha exprés. Hay que aprovechar esta ciudad. Con esa idea, salimos hacia un célebre centro comercial llamado Burjuman (10 minutos a pie), donde hay una oficina de turismo. Aquí hay una espada inmensa con su funda gigante expuesta. ¡Creo que debe tener más de tres metros de punta a empuñadura, la más grande del mundo, cómo no!

 

Tras preguntar al chico de información sobre cómo llegar a Sharjah, -una localidad a pocos kilómetros de Dubai- insistiéndonos en que cogiéramos un taxi, dio su brazo a torcer y nos facilitó información para ir en autobús desde la estación Al Ghubaiba (el billete cuesta 7 AED por persona y trayecto, se compra en efectivo en una ventanilla. OJO, olvidarse de las horas porque, o bien por el tráfico o por la apatía, no se rigen por un horario, sólo te dicen que pasan cada 20 minutos y puerta). Para llegar a esa estación cogemos el metro desde Burjuman, estación Khalid Bin Al Waleed, hasta la parada de metro de Al Ghubaiba, y de ahí a pie a la estación de autobuses no tardas más que un minuto.

 

Frente a la taquilla, separada por hombres y mujeres, hay un cajero automático para los rezagados, donde sacamos por fin 1400 AED (2 € de comisión más un 2% del cambio con tarjeta de débito). Hay un servicio justo detrás de la taquilla en el que se paga cinco dírhams o no, porque al menos nosotras no vimos a nadie.

 

Preguntando pillamos un bus de dos plantas hacia Sharjah, nos corta los tiques el conductor y listo. En media hora llegamos a la estación de autobús junto al zoco azul o central, al lado del zoco de pescado. Esta ciudad fue designada por la Unesco capital cultural del mundo árabe en el 98 y está a menos de 20 kilómetros de Dubai. Ideal para acercarse y conocerla.

 

Conforme vas llegando se distingue una aglomeración de rascacielos combinado con infinidad de bloques ‘normales’, por así decirlo. Nos acercamos –tras bajarnos del bus que tiene una zona delantera para mujeres y familia- al mercado de frutas que hay frente a la estación y comenzamos a ver multitud de cestas cargadas con dátiles de varias clases, y mil banderas emiratíes con o sin la cara del jeque Sultan al-Qasimi, y más ahora, coincidiendo con la celebración del día del nación que es el 2 de diciembre cuando todo es a tope de patriótico.

 

Preguntamos y preguntamos porque ni con la guía nos orientamos bien y finalmente vamos andando hasta el centro donde se encuentra el tradicional zoco o souq Al Arsah y el fuerte Al Hisn, rodeando, por la corniche o paseo marítimo, la ciudad. De esta manera tan agradable nos topamos con ese lago auténtico con barcazas aún más auténticas, inexplicable, una pasada: embarcaciones de madera reventadas y sucias llevadas por hindúes o bangladesíes, intentando sacarse algo para subsistir.

 

La mayoría están durmiendo en sus barcas, otros las pintan y otros cocinan lo que tienen. El ambiente es cuanto menos pintoresco, pero no seamos frívolos, es que esto también es Dubai, no sólo arena del desierto hecha rascacielos portentosos. Esta es la realidad de la mano de obra extranjera (he leído que incluso les retiran los pasaportes cuando llegan al país).

 

La zona del teatro nacional, el zoco Al Arsah, el museo del patrimonio, de la caligrafía, el fuerte,… todo básicamente está en la misma zona, muy restaurado pero respetando la tradición arquitectónica.

 

Con banderas, música, jaimas y mercadillos, un servicio muy limpio también. Ah, hay una maqueta muy interesante de la ciudad ideal para situarse.

 

Vemos el llamado ‘barrio de las artes’, un área también recreado con un par de calles tradicionales y unos muros ocres. Hay paneles con pinturas de críos como un espacio libre para dar rienda suelta a la creatividad, con un cohete y todo. Bastante más deteriorado que la zona del Heritage, donde el zoco Al Arsah.

 

Desde aquí se accede al zoco Sour, otro con el techo de hojas de palmera y vigas. Compramos pistachos en una de las tiendas y estaban manidos. Dimos un par de vueltas más y finalmente nos encaminamos de nuevo a la estación de autobuses del zoco central o azul (yo leí en una guía de viajes que desde el centro, desde la plaza Rolla, salían minibuses a Dubai pero al parecer no es así).

 

Decidimos visitar por dentro el zoco azul y es enorme, con alrededor de 600 tiendas de joyas, paños, souvenires,… muy interesante el edificio. Tras eso fuimos a pie hasta la estación de bus, muy cerca, y cogimos el siguiente hacia Dubai (7 AED por persona).

 

OJO: los autobuses a Dubai van a varios puntos, preguntad en taquilla el más cercano a la zona a la que queréis llegar en Dubai.

 

Nosotras dimos como referencia Burjuman, y nos metimos en uno que iba a Al Karama, otro centro comercial a 10 minutos a pie del Burjuman. En media hora ya habíamos llegado con un tráfico brutal y desmesurado. Empezó a llover al poco y eso que el índice pluvial es mínimo aquí. Nos perdimos una chispa y siempre que preguntamos nos terminan liando más (no entiendo el inglés de los hindúes, definitivamente).

 

Cuando llegamos al hotel nos duchamos y, reventadas, recogimos nuestros cuerpos para salir una vez más en busca de la cena. A cinco minutos encontramos varios sitios de comida rápida en centros comerciales de la zona. Esta noche tocó restaurante indio: dos platos de pollo picante y otro suave más arroz con comino y botella de agua por 16 € (75 AED).

Metro de Dubai. Imagen Laura BorrásSkyline de Dubai desde el metro. Imagen Laura Borrás Abluciones en Sharjah. Imagen Laura Borrás Mezquita Sharjah. Imagen Laura BorrásherBarco en la corniche de Sharjah. Imagen Laura Borrás Corniche de Sharjah. Imagen Laura Borrás La corniche Sharjah. Imagen Laura Borrás Sharjah. Imagen Laura Borrás Barrio de las artes. Sharjah. Imagen Laura Borrás Barrio de las artes Sharjah. Imagen Laura Borrás Barrio de las artes Sharjah. Imagen Laura Borrás Barrio de las artes Sharjah. Imagen Laura Borrás Barrio de las letras. Imagen Laura Borrás Sharjah. Imagen Laura Borrás Barrio de las letras. Imagen Laura Borrás Barrio de las artes. Sharjah. Imagen Laura Borrás Baño de mujeres. Sharjah. Imagen Laura Borrás Zoco azul. Imagen Laura Borrás Escaparate de oro en el zoco azul. Sharjah. Imagen Laura Borrás Mezquita. Imagen Laura Borrás Sharja. Imagen Laura Borrás Descansando en un dhow. Imagen Laura Borrás

 

 

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Diluvia en Dubai. La cama del hotel es súper cómoda. Ni un ruido por la noche. Hoy vamos a la capital del país, Abu Dhabi, pero antes vamos a desayunar en ‘Second cup’, cerca de la estación de metro de Al Fahidi y de nuestro hotel. 25 AED dos cafés grandes; aprovechamos para entrar en el supermercado del centro comercial y nos compramos dulces por 8 AED.

 

Vamos a la estación de metro y está cerrada hasta las 13 pm porque hoy es viernes, día festivo islámico. Así que, cogemos un taxi que paramos y por 10 AED vamos a la estación de bus Al Ghubaiba. 25 AED por billete de autobús con la compañía Emirates, pero aquí saber eso da igual. Vas a cualquier taquilla y preguntas por un bus a Abu Dhabi y te indican dónde comprarlo. Recordad, todo en efectivo.

 

Chorreando de agua nos metemos en el bus y empiezan las tormentas. Llueve tanto que nos dicen que tenemos que cambiar de transporte. Caladas nos bajamos a uno al lado que han traído. Así en menos de 2 horas estamos en la capital del país donde el sol nos espera con sus rayos abiertos.

 

Tras ir al servicio de mujer de la estación central de bus, junto al centro comercial Al Wahda, nos dirigimos a pie rumbo a la corniche o paseo marítimo atravesando enormes y anchas avenidas. Lo mismo de siempre, preguntamos si íbamos bien encaminadas y nos decían direcciones opuestas. Menos mal que en la capital de los EAU es fácil orientarse… Aunque las calles tengan dos nombres, no, no me preguntéis por qué.

 

El ambiente por algunas calles es un poco cargante, mogollón de tíos recién salidos de rezar (viernes, recordad) repasándote de arriba abajo, un poco desagradable, la verdad. Media hora después, cuando llegamos al centro financiero y comercial donde se aglutinan la mayoría de las cadenas hoteleras, el paisaje cambió algo para mejor. Ya nos empezamos a encontrar con turistas y rascacielos.

 

Paso tras paso, llegamos a la fundación cultural , sede de exposiciones y conciertos, teatro y danza, además de festivales de cine. Está cerca del castillo o fortaleza Al-Hosn, pero lamentablemente toda esta zona está siendo restaurada. Este fuerte ‘antiguo’ o ‘blanco’, como se le conoce, fue construido para ser residencia real y duró como tal casi 200 años, hasta el 1966.

 

Abu Dhabi está asentada sobre una isla unida a tierra firme por los puentes Maqta (donde está  la hermosísima gran mezquita, Sheikh Zayed, de reciente construcción) y Mussaffah.

 

Después de fotografiar algunos edificios más, cruzamos a Corniche Road para dejarnos deslumbrar por la playa de arena blanquecina de Abu Dhabi; su isla Lulú enfrente nos da la bienvenida. En el horizonte se puede vislumbrar la figura del Hotel Emirates Palace, célebre por su lujo, ya que dicen que todo lo que reluce allí es oro. Un poco a la derecha vemos una gran bandera emiratí: aquí están el palacio presidencial, el Marina Mall –centro comercial- y el heritage village –una especie de museo aldea tradicional emiratí antes del boom del petróleo en la década de los 70-.

 

Por la distancia, optamos por coger un taxi ya que nadie sabía al parecer si iba algún autobús al hotel. Nos costó 10 dírhams emiratíes llegar a la entrada principal del Emirates Palace. Allí nos abrieron la puerta del coche como unas divas, cual Shakira o Maradona. ¡Qué decepción se tuvo que llevar el público! De allí salieron dos mujeres extrañamente ataviadas: una madame a lo inglesa con su atuendo desfasado y cursi, muy kitsch, y una chica de innombrables complementos descoloridos con un pañuelo en la cabeza y no para despistar, precisamente. Eso sí, las dos portaban dos mochilas de publicidad de L´oreal, ‘porque yo lo valgo’.

 

El palacio es brutal, es el icono de la capital del país y de su emirato. Está situado frente al mar y su edificio es de estilo contemporáneo islámico coronado por una enorme cúpula y 113 pequeñas. Se puede visitar gratuitamente a excepción de ciertas zonas a las que no se puede acceder si no te alojas allí. Merece la pena verlo, también hay numerosas vitrinas –siempre doradas- donde exponen piezas arqueológicas de estatuas y vasijas, champán de la marca del propio hotel, premios obtenidos,… nosotras vimos los preparativos para el día nacional que es este domingo, 2 de diciembre (cesta de dátiles pomposas cada una con un nombre, partes de la constitución de los años 70 cuando se conformó la nación con los siete emiratos como en la actualidad, y tartas adornadas con la bandera del país)

 

De allí queremos ir a la gran mezquita que está a las afueras -a unos 20 kilómetros, demasiado lejos del centro- pero nos dicen que los autobuses salen de Marina Mall y tardan como horas en llegar a causa del tráfico, y encima por ser viernes está cerrada al público hasta las 5 pm y a esa hora ya no hay apenas luz, y habría que volver al centro para coger el bus a Dubai de nuevo.

 

Así que andamos un poco hacia el centro por la corniche y encontramos una parada de autobús por donde el nº34 pasa hasta la estación central, donde llegamos. Lo cogemos al ratito –circula cada 20 ó 40 minutos, depende de la hora que sea- pagando en monedas.

OJO: no te cambian en el autobús, tienes que llevar los 2 dírhams por persona que cuesta por trayecto.

 

Pero antes de eso nos hemos hinchado de hacer fotos a cuatro rascacielos imponentes de forma curvada que se alzan frente al Hotel Emirates Palace. Y hemos descubierto también que los autobuses blancos –como si fueran vehículos antiguos de la escuela- son únicamente para los obreros de estas construcciones titánicas.

 

Llegamos a la estación de autobuses y rápidamente entramos en el centro comercial Al Wahda para comer. Como lo han ampliado, no hay muchos sitios de hostelería abiertos aún, pero encontramos una franquicia maja, ‘Always is Fridays’, donde comimos por 16 € -unos 75 AED- una hamburguesa doble con bacón y patatas, un plato –media ración- de pollo y pasta y una botella de agua (como no hay opción de alcohol se bebe mucho zumo y batido).

 

Antes de llenarnos con esa comida, nos topamos con una tienda de delicatessen de pastas, galletas, caramelos y turrones, ‘La Cure Gourmande’. Todo de Francia. Exquisito que te mueres y la presentación no podía ser más deliciosa. Nos llevamos trozos de cielo por 20 € y pico. Realmente sabroso todo, además te atienden super bien y te dan a probar estas delicias de pastas y chocolates. ¿Qué más se puede pedir? ¡Pues que sea gratis, ja, ja!

 

Aquí hay muchísimas tiendas desconocidas para los españoles, tanto de ropa como de accesorios o de papelería o una a la que entramos en la vendían disfraces, cosas para cumpleaños y mil historias más. La verdad es que a quien le guste comprar o entretenerse en escaparates, este país es el ideal, ¡y eso que no hemos visto la crème de la crème de los malls que está en Dubai!

Sky line Abu Dhabi. Imagen Laura Borrás Rascacielos. Imagen Laura Borrás Rascacielos frente al hotel Emirates Palace. Imagen Laura Borrás Hotel Emirates Palace. Imagen Laura Borrás Hotel Emirates Palace. Imagen Laura Borrás Tienda Casa Gourmande. Imagen Laura Borrás

 

 

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Cogemos un autobús a Dubai por 25 AED por persona y en la vuelta vemos a nuestra derecha dibujarse la imponente mezquita, con sus cuatro minaretes y sus cúpulas. Cobija la alfombra más grande del mundo. Se puede visitar gratis y se permite la entrada a los no musulmanes (menos el viernes por la mañana que sólo es para los fieles).

 

En la carretera, sin curvas existentes, hay seis carriles al llegar a Dubai, y unos cuatro en el resto del camino. El conductor va un poco loco, pegándose mucho a los coches y pitando como un poseso mientras adelanta por la derecha. Ya hemos dicho que incluso los autobuses de línea entre ciudades y los urbanos tienen unos asientos, los delanteros, reservados para mujeres o familia.

 

Decidimos no volver al hotel para no perder tiempo ya que eran casi las 21 horas y no sabíamos cuándo cerraba el centro comercial Dubai Mall. Al bajarnos en la estación de autobús de Al Ghubaiba, preguntamos el precio y la primera hora de salida del bus hacia Al Ain, una ciudad de 400.000 habitantes que hace frontera con el país de Omán y que es conocida por su bello oasis Al Ain o Buraimi, como se conoce por los omaníes.

 

Con la información copiada -20 AED por persona ida y el primer bus a las 5:30 am- cogemos el metro hasta Khalid Bin Al Waleed y de allí a la parada de metro nº25 -línea roja- en la que se especifica que bajándote aquí puedes visitar el Burj Khalifa, Dubai Mall, Dubai Fountain,… etc. Nada más salir del metro hay indicaciones para llegar al Dubai Mall y si no lo ves, creedme que el rascacielos de 828 metros de altura os guiará (está justo al lado, se accede a través del propio centro comercial).

 

Como hay celebraciones, conciertos y demás durante todo el fin de semana, el metro está hasta las 00:30 am (nos dijeron, al menos hasta en seis ocasiones, cuatro horarios de cierre diferentes) y el centro comercial hasta la una y las tres de la mañana, viernes y sábado, respectivamente. El mall es una explosión de colores, una obra de ingeniería, un derroche de atracción turística y de moda.

 

Está el acuario con el panel acrílico más grande del mundo, donde puedes ver rayas, tiburones, y mil pececillos más, galerías de firmas carísimas, tiendas con un escaparatismo elegante... por todas partes decorado con banderas emiratíes, incluso han metido una gigante dentro del acuario. Nos acercamos a la fuente más grande del mundo donde cada pocos minutos –quizá 20 ó 30- hay un espectáculo de música y luces haciendo más hermoso el recorrido (es gratuito ya que es en el exterior, como si pasearas por un parque entre restaurantes y tiendas y con el marco de rascacielos en el horizonte cercano).

 

Rodeadas de cientos de personas y llevadas por la música de Michael Jackson hacia un zoco exquisito, tratamos de abarcar con la cámara desde el puente la dichosa altura del Burj Khalifa. Vemos tiendas muy pijas de dátiles, de mazapanes hechos fruta, souvenires, bares y múltiples restaurantes. Un enorme trono de nácar y madera donde los visitantes se sientan para hacerse una foto con o sin un gran cernícalo –suponemos halcón-.

 

Tomamos un zumo natural de varias frutas por 25 AED, y al rato entramos de nuevo en el Dubai Mall para preguntar en el acceso al Burj Khalifa el precio de la entrada: 100 AED por cabeza más 25 dírhams si quieres telescopio (no lo recomiendo). El horario para visitar el rascacielos es de 10 a 22 pm pero en estos días amplían las horas. Mejor comprobarlo a través de su página web por donde también se puede comprar el tique.

 

No encuentro por ningún lado la banderita para pegarla o coserla en mi mochila…

 

Hay un bus de cortesía gratuito que te lleva y te trae desde la parada de metro hasta el centro comercial, el F13 (aunque sinceramente luego no sabíamos si es que nos habíamos colado sin pagar porque mucha gente pasaba la tarjeta… ups). Cogimos el metro a las 00:15 am. Reventadas caímos en la cama una hora más tarde con una sonrisa de satisfacción por haber aprovechado el día a tope.


Skyline de Dubai con el Burj Khalifa. Imagen Laura Borrás Burj Khalifa. Imagen Laura Borrás Dubai Mall. Imagen Laura Borrás Dubai Mall. Imagen Laura Borrás Gran acuario del Dubai Mall. Imagen Laura Borrás

 

 

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Pese a que en recepción del hotel no son adivinos, preguntamos anoche qué tiempo haría para el día siguiente, esto es, para hoy. No hay manera, ni la opción que le di de verlo por internet, ni por el periódico ni por la tele… Así que tuve que enviar un sms para que lo miraran desde España (como diluvió en Dubai, teníamos que ser precavidos para ir a Al Ain).

 

A las 7 am estábamos en pie y a las 7:30 am cogíamos el metro hasta Al Ghubaiba. Al Ain nos esperaba en la distancia de una hora en minibús. Como comenté por 20 AED tienes el billete, prácticamente la mitad que en España por el mismo recorrido (no olvidarse que aquí el depósito de gasoil está tirado de precio, quizá cuesta unos 20 euros llenarlo).

 

Al entrar en el minibús los hombres se levantan cediéndote el asiento y se van hacia detrás. Después de media hora esperando dentro, el conductor decide salir por fin cuando se ha cubierto hasta el último asiento.

 

Al Ain, ‘el ojo’ o ‘la fuente de agua’ en árabe, es la cuarta ciudad en población de los Emiratos Árabes Unidos. Se la conoce también como la ‘ciudad verde’ por su maravilloso oasis al que se entra por portalones situados en cuatro puntos. Famoso por su producción datilera, destaca también por el museo del palacio-fortaleza, donde residió el adorado jeque Zayed, el legendario presidente del país, así como por su mercado de ganado donde venden camellos y cabras los pastores de países vecinos y de los emiratos.

 

La carretera, la autovía, no puede estar mejor acondicionada. De tres a cuatro carriles, todo completamente iluminado, con controles de velocidad y desierto a los lados, arena rojiza que pugna por mezclarse con el asfalto.

 

Al final no fue una hora de trayecto si no dos. A saber por qué. Entrando a la ciudad –que no pueblo, porque aunque no existen aquí los rascacielos, Al Ain es muy grande- se van viendo algunos oasis a ambos lados y también alguna que otra construcción a modo de fortaleza. La estación de autobuses deja mucho pero que mucho que desear. Sólo hay una taquilla y como una explanada para los minibuses y autobuses, poco más. Intentamos orientarnos un poco y nos indican que el oasis Al Ain está a cinco minutos a pie de la estación, por detrás.

 

Llegamos a una de las puertas de entrada donde un amable guardia uniformado nos indica que podemos pasar gratuitamente. En un cartel reza que el oasis fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Animadas, nos adentramos en este vergel donde nos damos cuenta que ha llovido mucho desde esa calificación: no existen indicaciones en inglés para informarte de nada, está muy descuidado y sucio, las acequias no llevan agua (sólo vimos una por la que corría un caudal transparente y hermoso), el color de las palmas te decía lo secas que estaban…

 

La verdad es que la imagen que teníamos, tras leer tanta buena publicidad de este oasis, se ha desdibujado, ha sido bastante decepcionante. Además es que no andas entre las palmeras, si no por un camino adoquinado bien hecho pero amurallado a los lados de forma que la sensación de estar en un oasis se pierde completamente.

 

Salimos por otra zona rodeándolo, y nos topamos con una fortalecita amurallada y el Museo Nacional, el cual conserva una colección arqueológica interesante (entrada 3 dírhams por persona).

 

Retornamos por fuera del oasis hasta la estación de autobús y de ahí, preguntando como mil veces, llegamos a los veinte minutos al Museo Palacio del jeque Zayed Bin Sultan Al Nahyan, donde ya hemos comentado que residió durante treinta años con sencillez.

 

La entrada es gratuita y esto sí realmente merece la pena porque está bien recreado y reproduce el estilo arquitectónico tradicional de las fortalezas de otras ciudades. Hay habitaciones, cocina, salón y otros habitáculos, una jaima y una réplica del jeep Land Rover con el que el emir se iba al desierto para visitar comunidades nómadas beduinas. Probamos en recepción café y dátiles, ¡buenísimos! El café no está tan fuerte como pensábamos (se hace con cardamomo y se suele tomar mucho más que el té, como en el resto de los países árabes del Mediterráneo), y… ¡yo he descubierto que me encantan los dátiles!

 

Volvemos de nuevo a pie hasta la estación desde donde salimos a las 13 horas en punto hacia Dubai –de hecho, es la primera vez que vemos un horario colgado de esta línea en la taquilla y en el propio minibús-. Por cierto, enfrente de la estación está el mercado de verduras por si a alguien le interesa comprar una pieza de fruta o unos buenos dátiles.

 

Y sí, preguntamos al principio por el mercado de camellos. Lógicamente la información recibida fue confusa y escasa sin saber todavía nosotras dónde se emplaza este mercado, tan sólo nos dijeron que estaba lejos y que se necesitaba un taxi para llegar allí. Punto pelota. Lo de siempre, vaya. De todas formas me da la sensación de que igual en recepción del Museo Palacio te pueden informar mejor, pero sólo es una corazonada.

Palacio del jeque. Al Ain. Imagen Laura Borrás Casa del jeque. Al Ain. Imagen Laura Borrás Casa del jeque. Al Ain. Imagen Laura BorrásAperos en el palacio del jeque. Al Ain. Imagen Laura Borrás Oasis Al Ain. Imagen Laura Borrás Al Ain. Imagen Laura Borrás Al Ain. Imagen Laura Borrás

 

 

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A las dos horas, llegamos a la estación Al Ghubaiba y cogemos el metro para ir a Al Ras, a una parada, donde buscamos los zocos de oro, especias y textiles en el corazón de Deira, al otro lado del canal Khor o ‘creek’. Tomamos un shawarma y un falafel enrollado junto con un zumo de frutas por 15 AED. Muy rico. Callejeamos una y otra vez por estos zocos, mezclados prácticamente unos con otros, siendo el de las especias el que más encanto tiene para mí a nivel fotográfico y moral, je,je. Miles de hindúes y árabes te acosan preguntándote de dónde eres, que pases, que tal que cual. Es su trabajo, pero es muy cansino y también para el turista. Así son los zocos de todo el mundo mundial, ya sabes a lo que vas, a regatear. El del oro es abrumador. Ya en la entrada te espera el mayor anillo de oro del mundo, el más pesado, y no está en venta, ¡ojo al dato, por si os lo estabais pensando…!

 

Y ahora viene lo mejor… el canal creek con sus innumerables abras y dhows, con ese encanto del atardecer que puede darte sólo una realidad auténtica, lejos de lo artificial que, pese a hermoso, sólo puede pagarse con dinero. En este bullicio incesante de barcos, cogemos un abra por un dírham que pagas al ‘capitán’ para cruzar de lado a lado, de Deira a Bur Dubai, o viceversa. Es todo un espectáculo para vivirlo con los ojos cerrados mientras sientes tu alrededor, o de par en par, llenándote de mil imágenes coloridas y peculiares. Creo que es mi sitio preferido de esta ciudad. Y al atardecer ya te mueres de gusto. No hay que perdérselo.

 

Al otro lado, en Bur Dubai, nos espera una escena de muelle con cientos de gaviotas nerviosas por comer. Desde allí puedes entrar al zoco antiguo o zoco de Bur Dubai. Más de lo mismo (ojo, aparte de las tiendas no hay que perderse los techos, son una obra maestra de artesonado unos, y de hojas de palma y madera, otros).

 

Seguimos por la vereda del canal hacia el paseo de Shindaga, área junto al agua donde se emplazan el palacio de un antiguo jeque, el heritage village con su zoco tradicional donde casualmente hay un espectáculo musical de hombres (las mujeres no bailan normalmente, son los hombres los músicos que interpretan una coreografía de luchas beduinas en el desierto), casas tradicionales árabes restauradas, escuela de buceo –como el heritage beduino pero con toque marino-, y muchos restaurantes para tomarte algo contemplando esta parte del canal que es, con diferencia, menos bulliciosa.

 

Nosotras nos fumamos una shisha de manzana -una pipa de agua aromatizada con el sabor que tú elijas- por 30 AED. De ahí fuimos andando a la estación de Al Ghubaiba (que realmente está al ladito) para coger el metro hacia el Mall of the Emirates, el centro comercial que tiene la pista de esquí interior más grande del mundo, además de tiendas de firmas caras, otros comercios curiosos, cine y buena comida. Es muy grande y la decoración te deja con la boca abierta.

 

Aparte de esquiar, hacer snowboard, lanzarse por un tobogán o meterse dentro de una gran bola, entre otras, puedes pagar 175 AED para tocar y dar de comer a los pingüinos. Sin pagar nada, al menos puedes ver desde las enormes cristaleras el interior de la pista, comer en uno de los restaurantes con vistas o pernoctar en el hotel Kempinski, por ejemplo, donde el invierno siempre está garantizado.

 

Cenamos en el restaurante iraní Pars: éxito total, la comida riquísima. Tomamos un plato de hummus (el pan te lo traen aparte y no te lo cobran y te lo rellenan siempre) y otro de carne blandísima y bien hecha de ternera con yogur iraní y base de arroz con mantequilla. Nos pusieron una ensalada de hierbabuena, rábanos, cebolleta, nueces y queso blanco feta, de aperitivo, y una botella de agua grande. Por 93 AED cenamos de escándalo. Volvimos sobre nuestros pasos a eso de las 22:30 pm hasta el hotel. Hoy hemos echado casi 16 horas barriendo los emiratos.

 

Deira. Imagen Laura Borrás Canal Khor o Creek. Imagen Laura Borrás Canal Khor o Creek. Imagen Laura Borrás Canal Khor o Creek. Imagen Laura Borrás Rezo en Shindaga. Imagen Laura Borrás En el Creek. Imagen Laura Borrás

 

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Con el sol de nuevo recibiéndonos en este día nacional emiratí, nos encaminamos al Burjuman Mall –diez minutos a pie- junto a la parada de metro Khalid Bin Al Waleed, para desayunar allí y coger seguidamente internet en un cibercafé (5 AED por media hora, un dírham por impresión). Dos cafés con una cesta de tostadas integrales y un croissant como un cohete por 50 AED –unos diez euros aproximadamente-.

 

Aprovechamos la red para reservar online una de las excursiones estrella de Dubai: ‘el safari por el desierto’, que consiste en llevarte en un todoterreno por el desierto –a unos 30 kilómetros de Dubái- y subir y bajar dunas como si se tratase de una montaña rusa, subidón de adrenalina, además de fotos al atardecer, subirte en un camello, shows de danza del vientre, henna, fotos con halcón, fumar shisha y una barbacoa buffet con todas las bebidas no alcohólicas incluidas.

 

Ya, dependiendo de cuál de las numerosas empresas de safaris que elijas, entrará una cosa  más o menos en el programa, pero básicamente es eso, y los precios oscilan entre los 125 y los 200 AED aproximadamente, recogiéndote y soltándote en el hotel desde las 3 a 3:30 pm hasta las 9 a 9:30 pm.

 

La historia es que yo ya lo había reservado desde España pero al llegar aquí me di cuenta de que era más barato e incluía lo mismo, así que, lo cancelé y cogí otra empresa, Rayna, por 30 € por persona.

 

Una vez planeada y cerrada la última tarde nuestro viaje, cogimos la línea roja de Jebel Ali para ir hasta la parada de ‘Emirates Mall’, y de allí buscar un autobús para llegar hasta el emblema de Dubai: el burj Al Arab. Como el metro no tiene conductor, es automático y va por el exterior, el primer vagón ofrece unas vistas magníficas de la ciudad al tener un enorme ventanal, así que nos colamos a pesar de que era para la clase oro (cuando compras la tarjeta de metro puedes elegir pagar más para montarte en este vagón un poco más chic) pero no iba ningún vigilante o azafato/a. Y así fue. Si podéis hacedlo, y hacedlo de día, es impresionante, parece que estás en una ciudad futurista.

 

No hay autobús que te lleve a la costa, o al menos eso nos informaron. Así que giramos a la derecha dentro de la estación de metro para cruzar la enorme avenida de Sheikh Zayed Road y coger un taxi en el otro lado. No había nada de nada, sólo un par de locos que como nosotras se vieron obligados a ir andando hasta el fastuoso hotel de 7 estrellas (aunque ellos nunca se han autoproclamado como tal). ¡Allá vamos!

 

En media hora o algo menos llegas al zoco Madinat Jumeirah, una grata sorpresa, una maravilla. El zoco por dentro es enorme pero tan elegante, tan bien acabado,… ¡no dejéis de admirar el techo de madera! Pero es que el entorno es para quedarse a vivir allí. Lagos artificiales, un teatro, puentes y barcos de madera, islotes,… y toda la estructura externa a modo de kasbah, estilo arquitectónico árabe, realmente hermoso todo el conjunto. Y si se podía superar, tienes reflejado en el agua  y enmarcado en el horizonte la figura del burj Al Arab, en forma de vela de dhow. Una pasada. Aquí está el lujoso hotel de Jumeirah Arena. Coincidió que había un concierto de música beduina. Es pegadiza. Los hombres con su candora blanca, unos con un bastoncito fino como el de Chaplin, y otros con espadas o rifles.

 

De ahí vamos caminando al hotel y en cinco o diez minutos llegamos a la entrada, que está como a 100 metros, custodiada e inviolable. Te dicen que llames, si quieres visitarlo, para reservar mesa en el restaurante. No hay otra manera, y lo más barato son unos 40 € por desayuno… Yo he leído un artículo sobre arquitectura y es alucinante el interior. Si podéis, pagad, porque estoy segura de que merece la pena cien por cien.

 

Nos fuimos a la playa que está a poco metros, pasando por delante del hotel Jumeirah Beach, cuyo diseño es digno de fotografiar. Si queréis ir a un parque acuático justo hay uno al lado del acceso del burj Al Arab. Ya en la playa de arena rubia tirando a platino, hacemos algunas fotos del hotel aunque desde ese punto no se aprecia su base (sus cimientos están metido 40 metros bajo el agua y está sobre una isla artificial para otorgarle más  privacidad si cabe). El mar está tan bien de temperatura que merece la pena darse un chapuzón. Cerca hay una tiendecita donde venden agua y demás.

 

Desandamos el camino. Paramos en una mezquita pensando que era la gran mezquita Jumeirah pero no. Cogemos el bus nº8 dirección Dubai Marina para intentar llegar al monorraíl que nos llevará hasta el hotel Atlantis, en la punta de la enorme palmera artificial creada por el jeque. Las paradas de autobús aquí también son modernas, cerradas y con aire acondicionado en su interior (también tienen un botón por si esperas el bus por la noche: se ilumina para que el conductor te vea).

 

OJO: La tarjeta de metro que compramos sirve también para el autobús pero, como en el metro, tienes que pasarla por la máquina al subir y luego al bajar, si no, al volver a usarla vas a tener que pagar un crédito superior al normal, ¡no os olvidéis! A mí me pasó…

 

El conductor iba como loco, así que cuando llegué a preguntarle la parada más cercana al monorraíl, ya nos la habíamos dejado atrás –era la de ‘ciudad del conocimiento’-.

 

Bajamos en la siguiente y, en medio de una ‘ciudad por construir’ (por la zona de Dubai Internet City), todo de obras, cruzamos un túnel y explanadas yermas hasta encontrar vida humana y preguntar. ¡Cómo no! Coger un taxi, nos dicen. No tienen ni idea. Otro hombre nos indica que el monorraíl estaba a cinco minutos a pie. Allá que vamos, topándonos al poco con una zona de obras y una autovía brutal, y una pareja tan perdida como nosotras. Los taxis no paraban, y los cochazos parece que se motivaban al vernos acelerando al pasar. Cuando terminamos nuestro propio safari, llegamos al puñetero trenecito, en medio de ninguna señalización y como si lo acabaran de montar. No existe autobús de línea que entra en la palmera. Compramos el ticket ida y vuelta costándonos 50 AED las dos. De momento sólo tienen abierta una parada, la última que es la del hotel, y las dos de en medio permanecen cerradas.

Dubai, la ciudad futurista. Imagen Laura Borrás Burj Al Arab. Imagen Laura Borrás Día de la nación. Imagen Laura Borrás Muñecos con burka. Imagen Laura Borrás Llegada al Atlantis Hotel en monorrail. Imagen Laura Borrás Pub desde el hotel Atlantis. Imagen Laura Borrás Skyline de Dubai. Imagen Laura Borrás

 

 

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Si podéis meteros en el primer vagón porque… ¡sorpresa, es como en el metro! Sin conductor y con un gran ventanal desde el que contemplar ‘The Palm’, la palmera, con sus casas residenciales –algunas de famosos-, playas artificiales privadas y hoteles, destacando de entre ellos el Atlantis, con su gran arco central, repleto de restaurantes de renombre, comercios, delfinario y parque acuático, la llamada ‘cámara perdida’ (recreación de la ciudad mítica de Atlantis sumergida bajo las aguas), entre otras cosas.

 

Nuestro objetivo es comer en el que está debajo del mar, el Ossiano, pero no es realmente así ya que este restaurante se encuentra junto a un enorme acuario que tienen donde sí le entra agua marina pero no está debajo del nivel del mar. Aún así, es una pasada. Pero no adelanto acontecimientos. Lo primero decir que el restaurante sólo abre para la cena a partir de las 19 horas y que es imprescindible acudir con reserva y que te dirán, como nos pasó a nosotras que no lo sabíamos, que tienes que llamar por teléfono para hacer la reserva –si es que no la tienes- y que no puedes acceder prácticamente a ninguna parte del hotel a no ser que seas huésped.

 

Total, que habíamos ido hasta allí exclusivamente para no ver nada, sólo pagar por si quieres entrar en la ‘cámara perdida’ y ver un par de pasillos de tiendas, poco más. El acceso al lobby, delfinario, todos los restaurantes menos tres o cuatro, playas y demás, está vetado para los visitantes. Incluso me dijeron que no podía ni ir por la parte de atrás del hotel para tirar fotos, cosa completamente falsa, por cierto. Lo que he aprendido de este país es que siempre que preguntes ‘cómo ir a’, te dirán ‘coge un taxi’ y si demandas información te mirarán raro o te liarán enormemente.

 

Así las cosas y bastante decepcionadas, salimos del hotel para llegar al paseo marítimo que hay por detrás y oh, sorpresa, se podía caminar sin que llamaran a los s.w.a.t. ¡No pasa nada, hombres emiratíes estreñidos! Saboread la vida, ¡cojones! ¡Que no todo se paga a golpe de talonario! En fin, nos hicimos algunas fotos teniendo a nuestras espaldas el golfo Pérsico.

 

Está enfrente, bajo el gran arco, la entrada principal del Atlantis –al bajarte del monorraíl accedes por un ala del hotel- a la cual no podemos acceder porque hay trabajadores que así lo impiden. Pero, tozudas como mulas, volvimos a entrar al hotel y como vimos que el malaje que nos informó se había ido, pasamos sin problemas al lado del nuevo maromo, mucho más simpático, ¡dónde va a parar! Ja, ja. Así empezamos a superar obstáculos uno tras otro, traspasando ‘barreras de seguridad’ con maestrías, el nuevo mito de bourrás ha llegado. Los corredores impresionantemente decorados, hermosísimos, las cúpulas… cada una diferente, elegante, mil detalles en las columnas y en la propia iluminación acogedora del hotel, cálida. Paneles enormes de un acuario que dan a varios pasillos, con tiburones, mantas y pececitos múltiples graciosillos. No te cansas de mirar.

 

Preguntando a otro trabajador, con mano izquierda, sobre el restaurante Ossiano, nos dejó acceder a recepción para que nos hicieran la reserva desde allí si hubiera hueco. Ya se abría un mundo nuevo, cada vez más y más pasillos, y más de todo. Recepción está bajo una gran cúpula a la que llega desde el suelo una escultura de cristal parecida a murano haciendo como un chorro de agua retorcido. Es espectacular. Con suerte de nuevo, nos topamos con un chico en recepción que había trabajado en Ossiano y nos hizo la gestión por nosotras haciéndonos un hueco para las 19 pm. Eso sí, ropa de etiqueta o formalita, nada de chanclas ni camisetas.

 

Felices cual perdices, decidimos tomar algo mientras – ¡faltaban cuatro horas!- y nos dirigimos hacia el exterior, a la zona de las hamacas y piscinas. Nada, para huéspedes. Total, que al final volvimos a colarnos diciendo que íbamos al restaurante Nassimi y andando rapidito. Así fue como, de volvernos cabreadas con el rabo entre las piernas, acabamos tomando una Heineken y una cerveza de Singapur viendo atardecer con el mar a nuestros pies y una bella línea en el horizonte con todos los rascacielos de Jumeirah y Dubai Marina, acompañadas del sonido de una música.

 

Casualmente trabajaba un andaluz en el Nassimi pero no entraba hasta por la noche. Conocí a un chico, Charity, de Sri Lanka, que trabajaba en la piscina. Este muchacho de amplia sonrisa que sabía algo de español, me dijo que allí cobraba 600 € al mes viviendo en esa zona gratis y no pagando nada de impuestos. Salario limpio. ‘Mi país estaba en guerra’, me dijo. Un encanto de niño. Nos intercambiamos los emails.

 

A las siete de la tarde, tras ver el espectáculo nocturno de Dubáa encendida desde mar adentro, estábamos en la puerta del Ossiano. Dimos nuestro número de reserva y cenamos, no junto al cristal del acuario, pero suficiente para contemplar el lujazo del restaurante, el gusto del saber combinar diseño y elegancia. Teníamos un camarero asignado que te ofrecía champán y entrantes nada más empezar –cosa que rechazamos por cobardes, ya me entendéis, ja, ja-, una carta de sugerencia en una tableta de metacrilato iluminada, y dos tabletas digitales (o menú de papel, como gustes) para ver los menús, entrantes y bebida. Brutal.

 

Optamos por un menú para dos de marisco, risotto de espárragos, y tres salsas calientes por 950 AED, unos 200 €. La botella de agua nos la metieron en una cubitera de champán con hielo, y mamá se pidió una copa de vino blanco exquisito (copa 10 €). Nos ofrecieron pan de varias clases y mantequilla, unos aperitivos modernos muy ricos, y un capuchino de calabacín con no sé qué crujiente. Delicioso. La cacerola de marisco y el risotto llegaron después. Excelente, todo sabroso. Carabineros (creo), langosta, salmón,… todo troceado, fresco y bien cocinado. Y el risotto de muerte súbita. Para terminar pedimos té y nos ofrecieron pastitas de alta cocina. Todo esto con el encanto de una vela, una luz tenue, y un ir y venir de pececillos que parecían comer contigo. En mi ignorancia innata, le pregunté al camarero qué eran unas bolitas metálicas que estaban en nuestra mesa, quizá decoración… sal y pimienta. No digo más. ¡Mar trágame!

 

Cogimos el monorraíl de las 21:17 pm (está en activo hasta las 22 horas) y en la distancia como colofón vimos los fuegos artificiales por el día nacional. No se le puede pedir más al día. Pero sí, queremos aprovecharlo aún un poco más. Paramos un taxi al bajarnos del monorraíl –en medio de la autovía porque allí no tienen todavía nada habilitado- y le pedimos que nos llevara a Dubai Marina, cerca de la parada de metro, donde están los lagos y los rascacielos.

 

Sumergidas en un atasco (algo normal en esa zona porque hay muchísimos restaurantes, bares, discotecas, etc. Dubai nunca duerme), vemos cochazos llenos de serpentina por la celebración. 11 AED nos cobra por el trayecto, pero el panorama que nos espera al llegar no tiene precio… un ambiente impresionante, es como puerto Banús pero mucho más grande y rodeado de edificios gigantes (incluso hay un rascacielos retorcido sobre su eje) y mucha agua. Una maravilla. Pasear por allí por la noche es otra de las cosas que hay que hacer en Dubái, sin duda.

 

Cargadas de imágenes y sensaciones impresionantes, tomamos el metro hasta Al Fahidi, vuelta a casa por fin.

Dubai desde The Palm. Imagen Laura Borrás

 

 

 

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Hoy toca un cita importante: subirse al edificio más alto del mundo, el burj Khalifa, casi nada. La mañana anterior compramos las entradas en el Dubai Mall. Se recomienda subir al atardecer pero normalmente siempre están agotadas. Desayunamos en una de las cafeterías del centro comercial y a las 10 de la mañana ya estábamos entrando -100 AED por adulto, unos 22 €-. Subimos a la planta 124 (aunque tiene 200, son habitables las 160 primeras) en un ascenso de vértigo, en el ascensor más rápido del mundo (¡tardó menos de un minuto!).

 

OJO, cuidado con los oídos y el mareo.

 

Las vistas son impresionantes, se ve todo de todo. El rascacielos es visible a una distancia de hasta 95 kilómetros; ayuda a que el país sea prácticamente llano. El observatorio de 360 grados tiene una parte sin techo, al aire libre pero con paneles de cristal cerrados, y otra cubierta con una tienda y unas sesiones fotográficas que te mueres de risa porque es un croma (fondo azul o verde) donde luego ponen la foto del burj Khalifa detrás y tú apareces en el borde del edificio o agarrado a una viga o trepando, depende de la posturita que cojas al hacerte la foto… es un puntazo, pero te cobran 300 dírhams por dos o tres fotos, carísimo, aunque ya os advierto que el regateo también se lleva en las alturas: al irme me las ofrecieron a la mitad de precio.

 

Al final estuvimos como una hora contemplando la ciudad de Dubái, desde el burj Al Arab y la palmera de Jumeirah, hasta el proyecto sin terminar de ‘Las islas del mundo’ (un conjunto de islas artificiales simulando los continentes donde se iban a construir chalets residenciales y demás, y ahora por la crisis, se paralizó y se están hundiendo varias extensiones de tierra). Aunque la entrada sea cara, ¡qué os voy a decir! ¡Es único!


Tanto en la entrada como en la salida no cesas de ver imágenes y proyecciones con el diseño, los planos, la  construcción, fotografías de algunos altos cargos… Recordad que hace unos años saltó a la luz pública la noticia de que por este ambicioso proyecto estaban pagándole a los obreros una miseria, obreros que, como ya hemos dicho, vienen de la India, Bangladés, Pakistán, ¡¡y han levantado esta maravilla arquitectónica en sólo seis años!! ‘Me llaman la bien pagá’, reza la copla… En fin.

 

Saliendo del Dubai Mall, hicimos una parada en la ‘Dubai Fountain’ para hacer una foto al reflejo de los rascacielos. Cogimos el metro luego hasta ‘Deira city center’, para pasear por el puerto de atraque de los dhows, embarcaciones de origen árabe que, dejando las cuidadas de madera para el turismo de crucero, transportan mercancías de y hacia Irán y otros países del golfo Pérsico. Tras andar un trecho y llegar a esa zona del khor, empezamos a ver esa realidad de la que hablaba en Sharjah, ese saber darle valor a las cosas que compramos y tiramos sin importancia.

 

Decenas de hindúes descargaban rollos pesados de alfombras sobre sus espaldas, cajas de pintura, garrafas de lejía, refrescos, especias,... Los trabajadores se amontonan en un café junto una mezquita, descalzándose, otros duermen en el suelo o sobre cartones, o donde pueden. Los dhows están hechos polvo. No sé cómo pueden aguantar los viajes y el peso en esas condiciones. Es tremendo. Seguimos andando acordándonos cómo antes tres hombres nos pidieron una fotografía, y guapos y orgullosos, sonreían con agrado.

 

Llegamos al centro comercial de las Twin Towers, las Torres Gemelas; no tiene pérdida, hay dos lonas tamaño rascacielos en cada cara de los dos altos edificios. Paramos dentro y descubrimos tiendas de pieles a mansalva. ¿Para qué con el calor soporífero que hace en este país?, nos preguntamos. Nos dicen que cerca se come el mejor shawarma de Deira, y allá vamos. A menos de diez minutos lo encontramos, take away, 5 dírhams por dos rulos, buenísimos a rabiar. Los comemos en la plaza Baniyas, junto a la fuente, punto de encuentro y ambiente de esta parte de Dubái.

Observatorio Burj Khalifa. Imagen Laura Borrás Panorámica desde el Burj Khalifa. Imagen Laura Borrás Sombra del Burj Khalifa. Imagen Laura Borrás Islas del Mundo. The World. Imagen Laura Borrás Descarga de mercancía de un dhow. Imagen Laura Borrás

 

 

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Finalmente tomamos el metro en la misma plaza para dirigirnos de nuevo al hotel donde nos recogerían más tarde, de 3 a 3:30 pm, para el safari en el desierto. Como los bártulos los habíamos dejado en recepción al entregar la llave de la habitación por la mañana, cogimos en un minuto ropa de abrigo volviendo a depositar las maletas allí. Al rato nos recoge un todoterreno enorme y nuevecito, con su conductor hindú y cuatro personas más, tres hermanas angoleñas pero londinenses, y su pai.

 

En algo más de media hora el paisaje ya había cambiado. Pasamos por uno de los palacios que tiene el jeque del emirato de Dubai y actual primer ministro de los EAU, Mohammed bin Rahid Al Maktoum (su segunda esposa es la hermana del rey de Jordania, Abdullah II), y paramos para desinflar las ruedas para introducirnos por las dunas en una carrera vertiginosa, con sobresaltos y gritos, y vuelcos de coche que no llegaban a ser tales. Poco tiempo pero interesante, para descargar tensiones.

 

Luego nos dejaron en un campamento (hay al parecer hay unos 20 por todo el desierto dedicado a este tipo de tour) donde nos dieron café o té y montamos en camello –una vergüenza, ni cinco minutos vaya, y el pobrecito camello no paraba de quejarse al arrodillarse- al poco de hacer las fotos a ese atardecer hermoso de Dubái desde donde nació la arena del desierto.

 

Si querías coger como un quad, pagabas aparte 100 AED por media hora. Te hacían fotos en el transcurso por si luego las querías comprar (con el halcón, vestidos con trajes típicos, con los camellos,…). Una zona de henna en la que te pintaban gratis un dedo y una de shishas donde podías fumar hasta morir. También un bar (todo gratis excepto bebidas alcohólicas) y una tiendecita. En el centro un escenario donde actuaron por la noche la bailarina con la danza del vientre y el tanura, un bailarín que, a modo de derviche, giraba y giraba sobres sus pies sin parar mientras hacía movimientos con los brazos y agitaba panderos y demás. La guinda fue su traje: la falda amplia que portaba se encendía con muchos colores, se la subía por encima de la cabeza y la bajaba otra vez. Increíble. Apagaron las luces y el espectáculo era completo. Muy chulo.

 

Unos aperitivos y la barbacoa después, para vegetarianos y carnívoros. Buenísimo todo. Nos encantó. Esperamos a nuestro transportista que nos llevó de vuelta por las dunas haciendo otro rally. Para 30 € por persona la experiencia, aunque pobre en algunos aspectos, merece la pena. A las 21:30 pm ya estábamos en el hotel para recoger las mochilas e irnos a la terminal 1 del aeropuerto donde esperaríamos casi cinco horas a que saliera el avión hacia Londres Heathrow.

 

Destacar que en este aeropuerto dubaití es la primera vez que paso un control de seguridad antes de facturar. Control de pasaportes, de nuevo control de seguridad, zona de duty free muy, pero que muy bien de precio (compramos cajas de dátiles por algo más de tres dírhams y una taza para la que nos perdonaron dos dírhams), y otro control de seguridad para acceder a la puerta de embarque.

 

Tras dormir un poco en esas casi siete horas de vuelo, llegamos a la terminal 5 como ‘transfer’ porque nuestro equipaje, por suerte esta vez, se facturó directamente a Málaga. Allí esperamos tres horas tomando algo en la misma cafetería que a la ida, Pret, y dando paseítos. Y por fin el vuelo a Madrid con algo de retraso.

 

De todas formas, como ya hemos comentado, no conviene relajarse mucho en las terminales una vez que salgas del avión, porque en ciudades tan grandes como Madrid que tiene tanto tráfico aéreo, moverse de una terminal a otra puede suponer perder la conexión si estás algo desorientado. Nosotras tardamos casi 50 minutos en llegar de la T4s a la T4, porque sales en una puerta de Barajas y tienes que andar mucho hacia tu destino, eso sin contar las veces que te pierdes. Añadid los controles de seguridad, los ascensores o escaleras mecánicas, el tren o bus que coges entre terminales en algunos casos… total, mejor esperar delante de la puerta de embarque a tener un chasco ya a la vuelta.

 

Finalmente llegamos a la ciudad de la luz andaluza, Málaga, capital de la Costa del Sol.

 

En la distancia y con el tiempo, el viaje se irá haciendo más mío. Iré modelándolo en mi mente con las palabras con las que contaré mis experiencias y así, de esa manera, no me habré sumergido sólo una vez en este país del Oriente Medio, si no tantas como viajeros lo quieran compartir.

 

Aventura en 4x4 desierto Dubai. Imagen Laura BorrásCampamento en el desierto de Dubai. Imagen Laura Borrás Atardecer en el desierto de Dubai. Imagen Laura Borrás Atardecer en el desierto de Dubai. Imagen Laura Borrás Atardecer en el desierto. Imagen de Laura Borrás Atardecer en el desierto. Imagen de Laura Borrás Atardecer en el desierto. Imagen Laura BorrásBailarín de tanura. Imagen de Laura Borrás Danzante de tanura. Imagen Laura Borrás Joven con Niqab y halcón. Imagen Laura Borrás Turista. Imagen Laura Borrás

 

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10 días en Nueva York

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Viajes - Nueva York

Última actualización el Martes, 22 de Enero de 2013 21:13 Escrito por Administrator Miércoles, 14 de Noviembre de 2012 08:30

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Durante 10 días y 11 noches nos vamos a perder por la isla de Manhattan. Queremos bebernos la ciudad, por ello no saldremos de Nueva York. Sus museos, parques, tiendas, restaurantes, musicales… Nos absorberán de tal manera que nos iremos con la sensación de habernos dejado muchas Nueva York por descubrir.

 

Antes de viajar hay que tener en cuenta que es necesario el pasaporte en regla y solicitar la ESTA con al menos 72 horas de antelación a la salida del vuelo. Se trata de la autorización de entrada a USA como turista. En ese enlace hay que cumplimentar los campos requeridos, incluido el lugar en el que nos vamos a alojar, y pagar unos 14 dólares (puedes pagar on-line)

 

Una vez cumplimentado te dan un número con el que podrás consultar el estado de tu solicitud. Si eres aceptado, lo que se supone que pasa en la mayoría de los casos, no habrá ningún problema, solo tienes que imprimir el documento, llevarlo junto al pasaporte y listo. Al llegar al aeropuerto de Málaga es donde te lo piden.

 

OJO, es muy importante, antes de viajar a USA, contratar un seguro sanitario. Nosotros lo hicimos a través de la agencia de viajes Nautalia pero hay compañías de seguros privados en España que ofrecen cobertura en el extranjero, con lo que si lo tienes ya no tienes por qué contratar otro seguro más.

 

Es importante tener también localizado el Consulado Español en Nueva York por lo que pueda pasar. En caso de pérdida o robo del pasaporte, por ejemplo, allí puedes encontrar la solución.

 

Por precaución, siempre que viajamos al extranjero, también nos registramos en el Ministerio de Asuntos Exteriores para que sepan en qué hotel nos alojamos en caso de que sea necesario localizarnos.

 

Por otro lado, aunque visitéis NY en verano, no olvidéis llevar una chaqueta de manga larga. El aire acondicionado está tan fuerte en todas partes que hasta el más caluroso agradecerá poder echar mano a una manguita en muchas ocasiones. Hay veces que hasta se agradece el calor de la calle del frío que hace dentro de los locales.

 

En cuanto al desplazamiento dentro de NY, hay una amplísima gama de transporte público e innumerables taxis que te pueden sacar de un apuro sin dejarte un ojo de la cara.

 

Una última recomendación. Hazte con un mapa de NY, a ser posible plegable. Moverse por la ciudad es muy sencillo, pero te puedes volver loco si no tienes algo a mano para orientarte.

 

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Viajamos con Delta Air Lines. A las 11:40, puntual, el avión sale de Málaga. Nos esperan casi 9 horas de viaje. El avión es bastante confortable, no demasiado anchos los asientos, pero no nos podemos quejar.

 

En el avión te hacen rellenar un documento en el que te preguntan cuánto dinero llevas en efectivo y los países en los que has estado antes, un formalismo.

 

Llegamos al aeropuerto JFK a la hora prevista, las 14:15, hora local, lo que serían las 20:15 en España. En el aeropuerto, nada más llegar, dividen a los viajeros en dos filas: una para los estadounidenses y otra para el resto. La cola de la aduana va rápido. Te hacen una foto, te recogen el documento rellenado en el avión y te hacen alguna pregunta. Nada complicado, al menos en nuestro caso.

 

Tras recoger el equipaje, también sin problemas, nos dirigimos al punto de encuentro en el que nos recogerá el bus que nos llevará al Hotel Hudson porque hemos contratado los traslados desde España.

 

El punto de encuentro es muy fácil de encontrar. Solo hay que seguir las señales que hay en el aeropuerto y allí hay una isleta en la que, una vez entregas tu bono, te apuntan y te van llamando cuando llega tu autobús.

 

Eso sí, hay que armarse de paciencia. Nosotros salimos del aeropuerto a las 15:10 pero no llegamos al hotel hasta las 17:50 porque el bus ha ido parando en un montón de hoteles y el nuestro era el último.

 

Por fin, una vez llegados al hotel, que está excelentemente bien ubicado, junto a la plaza Columbus, nos hemos registrado, duchado y puesto camino a Broadway para recoger las entradas para el Fantasma de la Ópera que representan en el Majestic, en la 48 entre Broadway y la 8ª.

 

Las entradas las compramos en España a través de Viator y nos costaron poco más de 70 euros a cada uno. Nos ubicaron en la séptima fila de platea, junto al escenario. La verdad es que nos hemos quedado muy sorprendidos.

 

Para llegar al teatro hemos ido andando, poco más de 10 minutos, y recogido las entradas en taquilla una hora antes de que empezara el espectáculo. Hay que canjear el vale que te imprimes de la web en taquilla. Te piden que estés allí al menos media hora antes para ir entrando. Había una cola impresionante pero pasamos rápido.

 

El espectáculo es IMPRESIONANTE, a pesar del jetlag que nos tenía agotados. No os contamos nada más para no quitar el encanto, pero desde luego hay que ir a ver El Fantasma de la Ópera. Por si tenéis dudas de cómo hay que ir vestido a un musical os diré que hay que ir como vas aquí al cine. Normal. Hay de todo entre el público, pero son muy pocos los que van excesivamente arreglados. Con vestirte como para salir un viernes vas genial.

 

Al entrar te dan una especie de libreto sobre el espectáculo y te venden un archivador para ir coleccionando los libretos de todos los musicales de Broadway.

 

Antes de entrar en el teatro hemos cenado en una especie de mezcla de franquicias cercana donde nos han cobrado 12 $ por dos trozos de pizza gigantes y dos coca-colas gigantes y dos coca-colas light. Hoy hemos pagado la novatada, pero no había tiempo para mucho más.

 

Después de cenar hemos hecho una leve incursión en Times Square. Tenemos tantas ganas de verlo todo que parece que no vamos a tener tiempo. Times Square es aún más alucinante que en las películas, y además tienes WIFI libre, ideal para actualizar tu blog de viajes, por ejemplo.

 

A las 20:00 entramos en el Majestic y a las 23:00 termina el espectáculo. Volvemos andando al hotel y nos acostamos, rendidos. Son las 05:30 hora española.

Teatro Majestic. Imagen de J.GuillénTimes Square. Imagen de J.Guillén Times Square. Imagen de J.GuillénTimes Square. Imagen de J.Guillén Times Square. Imagen de J.Guillén Times Square. Imagen de J.Guillén Times Square. Imagen de J.Guillén Times Square. Imagen de J.Guillén

 

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A las 08:00 suena el despertador y a las 09:00 ya estamos desayunando en Junior’s, junto al teatro Majestic en el que la noche anterior vimos el musical.

 

La fama de Junior’s le precede. O mejor dicho, la fama mundial de su tarta de queso. Ummmmmmm. No hay más palabras. Hemos entrado en el salón y los dos hemos desayunado por 25 $. Hemos pedido un café con tarta de queso, y una tortilla con patatas y café.

 

Al salir nos hemos dado cuenta de que al lado del restaurante está la pastelería, con lo cual, si hubiéramos desayunado allí nos habría salido más barato. Lo apuntamos para otro día porque Junior’s nos encanta.

 

Desde España teníamos compradas las entradas para subir a las 10:00 al observatorio del Rockefeller Center, es decir, al Top of the Rock. Nos cuesta 44 dólares los dos.

 

Dudábamos si subir al Top of the Rock de noche o de día pero finalmente nos convencieron para que fuéramos de día ya que así podríamos ver todo Central Park que de noche no es más que una inmensidad oscura. De todos modos, también nos han dicho que de noche las vistas son espectaculares y los miradores no están tan masificados como en el Empire State, del que os hablaremos más adelante.

 

Para subir al Top of the Rock canjeamos los vales que tenemos de haber comprado por internet en la taquilla y pasamos sin esperar colas.

 

El ascensor es una pasada. Sube y baja más de 30 pisos en unos minutos.

 

Una vez arriba salimos a las terrazas a disfrutar de las vistas de Central Park, el Empire State y el Edificio Chrysler, aunque en realidad se ve toda la ciudad. Hemos subido a las otras dos terrazas superiores y visitado la tienda de souvenirs. Además, como aquí también hay WIFI libre, hemos aprovechado para subir fotos y mandar mails a la familia.

 

Sobre las 11:15 hemos salido del edificio y visitado la plaza. Por cierto, hay una serie televisiva llamada Rockefeller Plaza. Esta plaza aparece en numerosas películas, sobre todo cuando aparece decorada por Navidad, pero en realidad todo Nueva York es un plató de cine.

 

Tanto es así que el Ayuntamiento ha creado unas audioguías que te llevan por la ciudad contándote, con voces de actores, los recorridos por los que se han grabado diferentes películas. Un servicio ideal para cinéfilos, sobre todo porque te puedes descargar la información y llevártela preparada desde casa.

 

Si quieres también hay quién ofrece visitas guiadas para amantes del cine o incluso rutas dedicadas a películas específicas. Ya es cuestión de rebuscar.

 

Después de este inciso dedicado al séptimo arte continuamos con nuestra ruta. En Rockefeller Plaza entramos en la tienda de la NBC, (el canal de televisión por el que puedes hacer un tour), que tiene merchandising de series como House o Friends, por ejemplo.

 

También curioseamos en la tienda de LEGO, que está decorada con un dragón gigante que recorre todo el techo. En las paredes hay dispensadores de todas las piezas imaginables y figuras de LEGO de tamaño gigante. Una pasada.

 

Y es que en Nueva York las tiendas son un espectáculo en sí mismas que merece la pena disfrutar.

 

Después de dejarnos perder por la plaza hemos vuelto a Times Square para ir al Centro de Recepción de Visitantes (al margen de este hay otros repartidos por la ciudad) y pedir información sobre como llegar al Yankee Stadium ya que tenemos entradas para ver el partido a las 19:00.

 

Por el camino hemos parado en la tienda de M&M’S que tiene unos dispensadores gigantes de caramelos además de un montón de merchandising de la marca, incluida una estatua de la libertad con forma de M&M’S. Después de recorrer todas sus plantas no lo hemos podido evitar y hemos picado. Hemos comprado M&M’S de colores imposibles.

 

Tras caer en la trampa del chocolate continuamos andando hasta llegar al centro de recepción de visitantes que se encuentra entre la 46 y la 47. Olvídate de las oficinas de turismo al uso. Esto es un local enorme con una exposición de trajes utilizados en musicales de Broadway, videos informativos sobre Times Square, baños públicos y, como no, un punto de información turística al uso donde hemos cogido muchos mapas aunque no nos han dado muchas explicaciones.

 

Todo este trámite lo podíamos haber hecho después de desayunar, ya que Junior’s está al lado, pero como teníamos la hora cogida para subir al Top of the Rock hemos tenido que desandar camino, aunque no ha sido demasiado.

Junior's. Imagen de J.GuillénRockefeller Center Rockefeller Center. Imagen de J.GuillénRockefeller Center. Imagen de J.GuillénEdificio Chrysler desde Rockefeller Center. Imagen de J.GuillénEdificio Chrysler desde Rockefeller Center. Imagen de J.GuillénRockefeller Center. Imagen de J.GuillénRockefeller Center. Imagen de J.GuillénTienda Lego Rockefeller Plaza. Imagen de J.GuillénCentro de recepción de visitantes de Times Square. Imagen de J.GuillénTienda M&Ms de Times Square. Imagen de J.Guillén

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Después de coger los planos hemos vuelto a la 5ª Avenida. Solo el cartel con el nombre ya te pone los pelos de punta. Esta podría decirse que es la meca de las compras. Aquí se encuentra, por ejemplo, la famosísima tienda de Tiffany’s en la que la inolvidable Audrey Hepburn aliviaba sus Días Rojos en Desayuno con Diamantes.  El escaparate es minúsculo en comparación con la enorme fachada.

 

Tras hacernos la típica foto de guiris, entramos en la tienda. Al principio nos daba un poco de reparo con tanta vitrina, brillo y joyas, pero nos decidimos y recorrimos todas las plantas, de arriba abajo sin que nadie nos dijera nada a pesar de que llevábamos nuestras mochilas a cuestas.

 

Antes de llegar a Tiffany’s pasamos por delante de la sede de Coca Cola y entramos en la catedral de St Patrick que se levanta como una isla extraña de tranquilidad en el bullicio de la ciudad. Está muy cerca de Rockefeller Plaza.

 

Después de ver los diamantes hemos seguido en línea recta para llegar a la tienda Apple que está entre la 58 y la 5ª Avenida. Sí señores, el inmenso cubo de cristal transparente nos esperaba pero… Lo pillamos en reformas y perdió toda su gracia pero aún así entramos y aprovechamos la ventaja del cambio de moneda para comprar un IPAD.

 

Justo detrás del cubo de la Apple Store está la juguetería FAO, más conocida por ser la que tiene el piano sobre el que Tom Hanks saltaba en la película BIG. La juguetería es alucinante. En la entrada te recibe un hombre disfrazado de soldadito de plomo. Hay de todo lo que puedas imaginar pero el piano de BIG decepciona. No es ni mucho menos tan grande como aparece en la película, y si tienes idea de emular a Hanks, olvídate. Está plagado de niños saltando sobre las teclas.

 

Al margen de la anécdota, en la planta de arriba de la juguetería había dos chicos disfrazados de Spiderman y del Capitán América. Por 22 $ te puedes hacer fotos con los superhéroes del momento.

Tiffanys 5th Av. Imagen de J.GuillénJuguetería FAO. Imagen de J.Guillén

 

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Al salir de la tienda hemos hecho una parada en la plaza, en la que también hay WIFI gratis, y nos hemos ido a comer a Carnegie Delis, que está en la 55 cerca de la 7ª avenida. Este sitio es famoso porque las raciones son enormes…. Incomibles. Hasta los pepinillos son gigantes. Nosotros nos hemos pedido un sándwich de pavo y nos hemos tenido que llevar la mitad que nos han preparado en una bolsa en la que se puede leer “The rest of the best”. Los dos sándwich, una ración de patatas fritas, una coca cola y una cerveza nos costaron 49,90 $ más la propina.

 

La propina se deja en la mesa y la cuenta se paga fuera. Como en todas partes se encargan de dejarte claro que la propina debe ser entre el 10 % y el 15% del total.

 

Con la barriga más que llena nos hemos ido al hotel a descansar un poco antes de ir a ver el partido de los Yankees. A las 17:00, cuando hemos salido, estaba lloviendo y no teníamos paraguas.

 

Hemos ido a Columbus Circle y cogido la línea D dirección BRONX. El metro aquí es una aventura. El tren no para en todas las estaciones que dice en el mapa ya que va variando según el día de la semana, pero hemos tenido suerte y hemos cogido el que iba al estadio. De todos modos no os cortéis y preguntad. Más vale eso que terminar en la otra punta de Manhattan.

 

Los billetes se pueden comprar por un solo día o por varios en las máquinas expendedoras que hay en las estaciones. Como no pensamos movernos mucho en metro compramos los billetes de uno en uno.

 

Al salir del metro llovía aún más fuerte, así que a falta de paraguas nos hemos comprado unos ponchos de plástico de los NY Yankees para llegar a las puertas del estadio y encontrarnos con que el partido estaba suspendido por la lluvia. Nuestro gozo en un pozo y nuestras entradas, que no han sido nada baratas (200$ las dos), en el bolsillo con la esperanza de que al día siguiente nos las cambien.

 

Entre cabrearnos y buscar alternativas hemos optado por la segunda opción. Como aún es temprano hemos vuelto a coger el metro para ir al centro, cubiertos con nuestros ponchos de plástico, y hemos decidido ir a visitar la tienda Dylan’s Candy Bar o lo que es lo mismo, El Paraíso.

 

La tienda se encuentra entre la 60 y la 3ª avenida, frente a Bloomingdales, donde trabajaba Rachel en Friends.

 

Hemos alucinado. Hay de todo, hasta galletas para perros y una cafetería con mesas de bolas de chicle y otras con forma de cupcake gigante. Decidimos descansar allí hasta que deje de llover y, una vez más, aprovechamos el WIFI para intentar buscar una solución a las entradas de los Yankees.

 

Finalmente nos hemos dado una buena caminata hasta el hotel y hemos cenado lo que nos quedó del almuerzo. A las 21:30 ya no éramos personas.

Carnegie Deli. Imagen de J.GuillénYankee Stadium. Imagen J.GuillénDylan's Candy Bar. Imagen de J.GuillénDylan's Candy Bar. Imagen de J.GuillénDylan's Candy Bar. Imagen de J.Guillén

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La lluvia de ayer nos cambia todos los planes. A las 07:00 nos levantamos y pedimos en el hotel que nos cambien de habitación porque el aire acondicionado hace un ruido infernal y la bañera no traga. El cambio no fue para mucho mejor como comprobamos más tarde.

 

A las 08:00 hemos salido hacia el Yankee Stadium para intentar cambiar las entradas, pero ha sido para nada. Las entradas para el fin de semana costaban 300 $ cada una, así que nos hemos tenido que conformar con cambiarlas para septiembre con la esperanza de poder venderlas por internet. Para devolvernos el dinero nos dicen que las tenemos que mandar por correo en un sobre que nos han dado explicando los motivos por los que pedimos la devolución y entonces, quizás nos las cambien, pero no nos recomendaban este método.

 

En la cola, donde hemos estado hasta las 11:00, he tomado el peor desayuno de mi vida. El desayuno de Mc Donald’s. De lo peor.

 

Con media mañana perdida hemos vuelto al metro para visitar la zona de Gramercy -Chelsea. Nos bajamos en la calle 34.

 

Lo primero que hemos visto nada más salir del metro es el Madison Square Garden pero está de reformas, así que nos hacemos una foto fuera y con eso nos tenemos que conformar. Está claro que para nosotros, hoy no es el día del deporte. Al girarnos nos hemos encontrado una grata sorpresa: nuestra primera vista, a pie de calle, del mítico Empire State Building del que hablaremos más adelante.

 

Subiendo la 7ª Avenida llegamos al centro comercial más grande del mundo: Macy’s que ocupa toda una manzana. Hemos subido hasta la última planta por sus escaleras mecánicas de madera pero no nos hemos entretenido mucho más porque en realidad no deja de ser un centro comercial. Eso sí, hemos agradecido mucho una parada técnica en el Starbucks de la planta baja para coger fuerzas mientras observamos a los compradores neoyorquinos.

 

Atravesando Macy’s hemos pasado de la 7ª avenida a la 6ª. Bordeando el Empire State bajamos por la 5ª avenida hasta el Madison Square Park cuyos orígenes como parque se remontan a 1847 y donde algunos creen que nació el baseball. Desde aquí vemos el Flatiron, uno de los primeros rascacielos de la ciudad, conocido con ese nombre porque su planta tiene forma de plancha y da lugar a una manzana triangular.

 

Callejeando por Gramercy hemos encontrado la casa en la que nació Roosevelt y hemos llegado hasta el Green Market de Union Square donde venden productos ecológicos, verduras, flores, plantas…

 

Después de dar una vuelta hemos regresado al Flatiron Bld para enfilar la calle 22 hasta la 10ª avenida para llegar al 210, a un restaurante muy similar al Empire Diner que era una especie de vagón de acero inoxidable donde te atienden camareras como las de las películas y que se ha podido ver en films de Woody Allen o en Men in Black 2. El Empire Diner cerró en 2010 pero nosotros estuvimos en 2011 en el The Highliner que mantiene el mismo estilo y comimos allí. 40 $ por una hamburguesa, una ensalada y dos coca colas.

Escalera eléctrica de madera de Macy's. Imagen de J.Guillén Flatiron. Imagen de J.GuillénFlatiron desde Bryant Park. Imagen de J.GuillénBryant Park. Imagen de J.GuillénCasa natal de Roosevelt. Imagen de J.Guillén

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A las 16:00, después de comer, hemos decidido ir a ver el Intrepid Air Sea Space Museum. Es un portaviones que se encuentra el Pier 86, entre la 12 Av y la 46 W. Hemos remontado 24 calles bajo el sol, con un calor importante y en un tiempo récord porque según nuestra guía el museo cerraba a las 17:00. Finalmente hemos llegado a las 16:30, bastante cansados y hemos comprobado, con alivio, que estaba abierto hasta las 18:00.

 

Aún así la chica de la entrada (28$ cada una) nos advirtió de que nos quedaba poco tiempo y ha flipado cuando le hemos dicho que sería suficiente.

 

Lo primero que hemos hecho ha sido una cola de 45 minutos para entrar en el submarino. Ha merecido la pena, aunque no es apto para claustrofóbicos. Antes de entrar, tienen un agujero con la medida de las compuertas del submarino y te advierten de que no puedes pasar si no eres capaz de entrar por ahí.

 

Después de ver el submarino hemos subido al portaviones Intrepid Eran las 17:30 y nos han avisado de que cerraban a las 18:00 pero nos ha dado tiempo. En la cubierta había decenas de aviones de combate como por ejemplo el Black Bird, el primero que rompió la barrera del sonido.

 

En el hangar hay un museo interactivo en el que te cuentan la historia del portaviones, del submarino y también de la carrera espacial. Al final nos han sobrado 15 minutos y todo.

 

Al salir hemos pasado por la tienda de souvenirs que está plagada de camisetas y hasta ropa de bebés con mensajes de lo más patrióticos al puro estilo USA.

 

Aprovechando que estamos aquí nos acercamos al muelle de Circle Line para hacer el crucero al atardecer por la Bahía de Manhattan (33$ cada uno) Este es el crucero Harbor Lights y dura unas 2 horas. El crucero empieza a las 19:00, pero en mi opinión sería mejor que lo hiciera media hora más tarde para que diera tiempo a ver todos los edificios encendidos.

 

El guía, en inglés, va explicando historias sobre la ciudad y los puntos por los que vas pasando de una manera bastante amena y se hace una parada a los pies de la Estatua de la Libertad para verla de cerca.

 

Al terminar el crucero, a las 20:45, hemos ido a cenar a Daisy May’s BBQ que está en el cruce de la 11 Av con la 46. Hemos comido costillas y pollo con una salsa rara. Estaba muy bueno. De acompañamiento nos han puesto cuatro recipientes con puré de espinacas, de patatas, pasta y arroz con alubias. Ni qué decir tiene que no hemos podido con todo (40,83$ los dos)

 

Al salir hemos enfilado la 8ª avenida hacia el hotel y hemos entendido por qué le dicen a esta zona Hell’s Kitchen. Está repleto de todo tipo de restaurantes y también hay muchísimas tiendas de flores y verduras.

Intrepid. Imagen de J.GuillénIntrepid. Imagen de J.GuillénSubmarino Intrepid. Imagen de J.GuillénSubmarino Intrepid. Imagen de J.GuillénManhattan visto desde el crucero. Imagen de J.GuillénPuente de Brooklyn desde el crucero. Imagen de J.GuillénPuente de Brooklyn desde el crucero. Imagen de J.GuillénEstatua de la libertad desde el crucero. J.GuillénEstatua de la libertad desde el crucero. J.GuillénCrucero. Imagen de J.GuillénCrucero. Imagen de J.GuillénCrucero. Imagen de J.GuillénCrucero. Imagen de J.GuillénCrucero. Imagen de J.GuillénEstatua de la libertad al atardecer. Imagen de J.GuillénManhattan desde el crucero. Imagen de J.Guillén

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Hoy el objetivo es Harlem y Central Park.

 

Nos hemos levantado a las 08:00 con la idea de hacer la ruta por Harlem de 90 minutos sugerida por la guía del País Aguilar y estar a tiempo en la entrada para turistas de la Abyssinian Baptist Church de la que nos han dicho que tiene un coro impresionante. Son muy estrictos a la hora de dejar pasar a los turistas, así que cumple con todas las normas que te dicen que son, básicamente, nada de bermudas o faldas cortas ni de chanclas o sandalias ni de tirantes.

 

Después de coger la línea 3 del metro en la parada que hay frente al Lincoln Center sentido Uptown hasta la 125 ST, bajamos y giramos a la izquierda para ver el Apollo por el que han pasado artistas de la talla de James Brown, Aretha Franklin o Tony Bennett cuyos nombres se ven en el suelo de la entrada al teatro. Finalmente hemos decidido volver a la avenida Malcolm X (también conocida como Lennox AV) para continuar hacia el norte hasta la 135 donde está la iglesia.

 

La misa empieza a las 11:00. Hemos llegado a las 10:30 y ya había 300 personas delante nuestra esperando para entrar, así que si te interesa no te queda otra que llegar por allí al menos una hora antes de la misa. Después de 45 minutos de cola que daba la vuelta a la manzana, nos han dicho que no cabíamos y hemos ido a buscar otra iglesia.

 

Mientras hacíamos cola, un hombre mayor nos advirtió de que no entraríamos, pero decidimos esperar mientras dos responsables de la iglesia, bastante desagradables, nos ordenaban a gritos que nos pusiéramos en fila de a dos y regañaban a los que no llevaban la indumentaria adecuada. Desde luego nos han tratado fatal.

 

Una mujer se acercó a la cola ofreciéndonos acompañarla a otra iglesia donde también podríamos ver el coro Gospel. Decidimos no ir y definitivamente nos equivocamos.

 

Justo a espaldas de la Abyssinian vimos otra iglesia, la de Zyon Mother, que es la primera iglesia negra de Nueva York y está en la calle 137. Este templo también se conoce como la iglesia de la Libertad porque se encontraba en una de las rutas clandestinas de huida de esclavos. Aquí la misa es católica.

 

Intentando encontrar otra iglesia empezamos a deambular por la zona hasta que un vecino nos dijo que las misas eran más temprano. Bastante decepcionados decidimos volver a la avenida Malcolm X para comer en Sylvia’s que está en la 127. Ya pensábamos que nos iríamos sin ver una misa de Harlem cuando se nos ha ocurrido preguntar en la iglesia que había justo en la esquina anterior al restaurante donde nos han dicho que podíamos pasar a la misa de las 13:00.

 

Así que allí estábamos, junto a otras dos parejas de españoles, siendo los únicos blancos de una parroquia abarrotada que nos ha recibido con los brazos abiertos e incluso nos ha hecho levantarnos para saludarnos y nos despidieron en la puerta dándonos la mano y muy afablemente. ¡Qué diferencia con los de Abyssinian!. La misa la dirigía un pastor, pero el mayor peso lo llevaba un hombre que dirigía los cantos de la parroquia. En total, el oficio dura 2 horas.

 

Después de la misa hemos ido a Sylvia’s. La fama de este restaurante es mundial. Le hemos dado nuestros nombres a la mujer que había en la puerta, muy elegante, y ella nos llamó al rato para pasar.

 

Nada más llegar te ponen un vaso de agua fría, lo cual se agradece, y una panera con una especie de bizcocho dulce con mantequilla para untar.

 

En el menú Gospel del domingo se incluye bebida principal y acompañamiento. Yo pedí limonada, muy rica, pollo al estilo sureño, judías verdes y ensaladilla de patatas, parecida a la nuestra pero dulce. En total, dos personas, con un plato de salmón la otra, nos costó 58,23 $

 

Hasta las 16:00 de la tarde hay una mujer cantando Gospel en el restaurante. Tiene una voz impresionante. Ella se va pasando por las mesas y preguntando a los clientes de donde son para decir a voz en grito: “Spain is in the house”.

 

Sinceramente, después de todas las idas y venidas, nos vamos con la sensación de no haberle sacado todo el jugo a Harlem, una zona que se merece algo más que unas pocas horas para conocerse y disfrutar de su vecindario que nos ha parecido super amable. Son muchos los tours que se ofrecen por esta zona, consúltalos antes de ir por si te interesa contratar alguno.

Harlem. J. Guillén Teatro Apollo. Harlem. J. Guillén Teatro Apollo. Harlem. J. Guillén Teatro Apollo. Harlem. J. Guillén Harlem. J. Guillén Salsa picante de Sylvia's. Imagen de J.Guillén

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Después de comer, y con bastante calor, bajamos por la Lennox Av hasta Central Park y entramos en el parque por el extremo más al norte con la idea de atravesarlo paseando. Por supuesto se puede hacer en bici, (las alquilan a la entrada del parque) o incluso te pueden llevar en una especie de ricksaws que te ofrecen continuamente, pero nosotros queremos hacerlo andando.

 

Hay que organizarse bien porque a lo largo (4 kilómetros) y ancho (800 metros) que tiene el parque hay miles de rincones muy interesantes que debes marcar en un mapa para poder verlos todos sin perderte

 

Siguiendo el plano que llevábamos salimos a la 5ª avenida a la altura de la calle 92 para ver el Guggenheim y el Metropolitan, pero son las 17:30 y los museos cierran a las 18:00, así que decidimos dejarlo para otro día.

 

Por el camino hemos ido dejando varias pistas en las que grupos de jóvenes juegan al baseballl al aire libre.

 

A la altura de la calle 77 entramos de nuevo en el parque para ver la estatua de Alicia en el País de las Maravillas y la de Andersen, repletas de niños, además del lago que sale en tantas películas y en el que decenas de personas juegan con veleros y barcos teledirigidos.

 

Seguimos atravesando horizontalmente el parque para llegar a Strawberryfields donde se rinde tributo al Beatle John Lennon y que está justo enfrente del edificio Dakota, en cuyo portal fue asesinado Lennon y que arrastra una oscura leyenda que pasa por rodajes de películas de terror, espiritistas y demás ilustres vecinos. De camino vemos la Bethesda Fountain que aparece en numerosas películas y a un grupo de lo más variopinto tocando canciones de los Beatles.

 

Después de todo este recorrido estamos muy cansados. Sabemos que nos queda mucho por ver de Central Park, como por ejemplo el prado conocido como Sheep Meadow, pero tenemos que dosificar fuerzas.

 

Por la noche salimos a cenar. Estamos buscando el Ellen’s Stardust, un restaurante ubicado en Broadway, esquina con la 51, en la que los camareros son actores y actrices que aspiran a hacerse un hueco en alguno de los musicales de Broadway pero que mientras tanto se ganan la vida de camareros cantando mientras te sirven.

 

Merece mucho la pena ir y la comida está muy bien. Además, aunque haya cola, la espera es corta. Los camareros pasan un bote para que les des propinas que dicen que destinan a pagar sus clases. Al margen de esto, en la cuenta te incluyen la propina, como en casi todas partes.

 

Después de cenar, aprovechamos la WIFI de Times Square y nos volvemos al hotel. Estamos muy cansados.

Central Park, Imagen de J.GuillénCentral Park, Imagen de J.Guillén Panorámica Central Park. Imagen de J.GuillénCentral Park. Imagen de J.GuillénAlicia en el País de las Maravillas en Central Park. Imagen de J.Guillén Central Park. Imagen de J.Guillén Central Park. Imagen de J.Guillén Central Park. Imagen de J.Guillén Edificio Dakota. Imagen de J.Guillén Stardust. Imagen de J.Guillén

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Hoy dedicamos el día al Outlet Woodbury Commons de New Jersey. Es como un mini-poblado con tiendas outlet de muchísimas marcas, algunas de ellas de lujo.

 

Para llegar hay varias opciones, pero nosotros elegimos, por comodidad y porque no hay tanta diferencia de precio, contratar desde España la línea Hampton Luxury (45$) que nos ha recogido sobre las 10:40 en Lexington entre la 58 y la 59. Ha llegado con unos 20 minutos de retraso y hemos llegado allí pasadas las 13:00 por culpa del tráfico y un error del conductor, aunque nos han compensado alargando la hora de vuelta.

 

Merece la pena comprar algunas marcas, como por ejemplo Converse, Nine West, Levis y Guess. En otros casos hay que mirar bien los precios y en las grandes marcas, tipo Jimmy Choo, los precios siguen siendo prohibitivos. OJO, en el bus y también en la oficina central del Outlet te dan un librito con bonos descuento para determinadas marcas. Aprovéchalos. También los puedes obtener por internet.

 

El día de hoy no ha tenido mucho más misterio. Todo el día de shopping. Con el trasiego hemos comido a las 17:45 así que no hemos cenado. Como curiosidad señalar que de vuelta a Manhattan hemos ido por una carretera que daba acceso a Sleepy Hollow

 

Por la noche, después de descansar un rato, hemos callejeado por la ciudad y hemos llegado a Bryan Park, donde estaban proyectando, al aire libre,  una peli de Marilyn Monroe. ¡No quedaba una butaca vacía!

 

 

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Hoy toca jornada cultural. Nuestro objetivo son los museos. Atención que los precios de las entradas nos son precisamente baratos.

 

Antes de arrancar paramos en Magnolia’s Bakery entre Columbus Av y la 69 St, al norte del hotel, aunque hay más tiendas por otros puntos de la ciudad. Si eres seguidora de la serie Sexo en Nueva York seguro que te suena aunque la de la serie está en West Village.

 

Este sitio tiene encanto. Tiene un aspecto muy años 50,con visillos en las ventanas, sillas de acero inoxidable…Los trabajadores están haciendo las tartas y cupcakes delante de los clientes y venden merchandising del sitio como delantales, camisetas, y un libro de recetas que hemos comprado.

 

Hay una gran variedad de cupcakes que vienen a ser magdalenas con una capa de chocolate u otros sabores. La verdad es que empalagan un poco. Pero están deliciosas. Tres magdalenas y dos cafés nos han costado 13,25 dólares.

 

Después de desayunar hemos seguido hacia el norte por Central Park West para llegar al museo de Historia Natural (16$ cada entrada) que está en la calle 77 esquina con Central Park West. Te puedes descargar gratis una aplicación para Iphone sobre los dinosaurios.

 

Al margen de encabezar el ranking de los mejores museos de ciencias del mundo también le sonará a los amantes de la serie Friend’s por uno de sus protagonistas, Ross Geller, así como por ser el escenario de películas como Noche en el Museo, de Ben Stiller.

 

Los dinosaurios de la entrada son impresionantes y todo el museo en general merece mucho la pena, sobre todo la zona dedicada al mar.

 

Después de casi dos horas dejamos el museo. Cruzamos Central Park West, nos compramos un Pretzel (3$) en un puesto ambulante y atravesamos el parque por 79 Traverse Roadn para llegar a la 5ª avenida y subir hasta la 86 este y entrar en el Guggenheim (18$ la entrada) que también aparece en el cine.

 

En el museo solo se pueden hacer fotos del exterior y dentro solo desde la planta baja. En el resto del edificio está prohibido. La audioguía en español es gratuita. Al margen de que te guste más o menos la exposición que haya, merece la pena disfrutar del edificio.

 

Al poco rato salimos y continuamos por la 5ª avenida hacia abajo para llegar al Metropolitan (25$ cada entrada) Al entrar te dan una chapita que debes llevar visible para poder entrar en las diferentes salas. Tienes que dejar las mochilas en consigna y no puedes pasar nada de bebida. Las audioguías cuestan 7 $ más. Nosotros no las hemos cogido.

 

Sobre las 16:00 horas hemos salido del museo y continuado la 5ª Avenida hacia abajo. La idea era llegar hasta el MOMA (53 este, cerca de la 5ª avenida), pero con las paradas que hemos hecho para comer (hoy perritos calientes de puestos ambulantes) y para usar la WIFI del Apple Store, hemos llegado al museo a las 17:00 y cierran a las 17:30, así que lo dejamos para otro día. Además, hoy estamos saturados de museos.

 

Lo que sí hemos visitado es la tienda que está justo enfrente y hemos bajado hasta Midtown Comic, que está en la 41 con la 7ª. De aquí hemos ido a la tienda Muji y después me he hecho una foto frente a la sede del New York Times, parada obligada para un periodista (en el cruce de la 8ª con la 41 oeste).

 

Después de toda esta paliza hemos ido a tomar algo a Junior’s para descansar y sobre las 20:00 horas hemos buscado la Churrascaría Plataforma de la que nos han hablado muy bien y que está en la 49 oeste cerca de la 8ª

 

Es un restaurante brasileño, más bien caro, en el que por 60 $ puedes comer lo que quieras del buffet de ensaladas. Además, se pasan por tu mesa para ir sirviéndote todo tipo de carnes. Al llegar tienes una cartulina sobre la mesa, verde por un lado y roja por el otro. Mientras la tengas en verde están sirviéndote comida.

 

También pasan por la mesa para ofrecerte cocktails y postres, si puedes con ellos, claro.

 

Después de esto regresamos al hotel

Magnolias Bakery. Imagen J.Guillén Magnolias Bakery. Imagen J.Guillén Av de los museos. Imagen de J.Guillén Museo de historia natural. Imagen J.Guillén Museo de historia natural. Imagen J.Guillén Guggenheim. Imagen de J.Guillén Guggenheim. Imagen de J.Guillén Guggenheim. Imagen de J.Guillén Metropolitan. Imagen J.Guillén Metropolitan. Imagen J.Guillén Metropolitan. Imagen J.Guillén Metropolitan. Imagen J.Guillén

 

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Nuestro planning para hoy es ambicioso. Queremos recorrer el SOHO, Little Italy, Chinatown, Greenwich Village y East Village.

 

Para empezar cogemos la línea 1 del metro en Columbus y nos bajamos en la 14. Lo primero que buscamos es el Pastis, un bistro famoso por la serie Sexo en Nueva York que está en el cruce de Greenwich con la 12 Oeste.

 

El restaurante está decorado al estilo de un bistro francés. Es bastante acogedor. A las 9:00 de la mañana estábamos allí y hemos desayunado un café con leche y un croissant con jamón york y queso, por un lado, y por otro un desayuno inglés con huevos, judías y chorizos incluidos. Una barbaridad. En total, 37,57 $ los dos.

 

Saliendo del Pastis buscamos la entrada al High Line que se encuentra en Gansevort con la 12. Se trata de un parque construido sobre las antiguas vías de un tren. La comunidad ayuda a su mantenimiento y está super cuidado e incluso tiene WIFI gratis además de un programa de actividades que se puede consultar en su web. Genial para descansar y desconectar un rato.

 

Subimos y lo recorremos hasta la altura de la 14 Oeste para bajar y recorrer Greenwich Village siguiendo la ruta que marca la guía del País Aguilar y que aquí no podemos poner, aunque hay un artículo muy interesante sobre el barrio.

 

A lo largo de este recorrido hemos visto la Gay Street, el edificio de Friends entre las calles Bedford y Grove y el Northern Dispensary un hospital benéfico en el que se atendió al célebre escritor Edgar Allan Poe. Si admiras la obra del escritor puedes hacer un tour guiado por la zona y conocer los lugares por los que pasó.

 

Durante nuestro paseo empalmamos Greenwich Village con el SOHO la zona de moda y alternativa de Manhattan. Aquí lo mejor es dejarse llevar y perderte por sus calles, entrar en las originales tiendas y disfrutar del ambiente. Como es uno de los barrios chic de la ciudad, encontrarás tiendas de todas las marcas, y como no, un Apple Store.

 

Nosotros hemos hecho una buena compra en The Yellow Rat Bastard una tienda que está en el 483 de Broadway en la que se pueden encontrar Levi’s por 30 $, camisetas a 20$... Al cambio, en el momento en el que viajamos, resultaba muy barato.

 

Después del SOHO hemos ido a Little Italy el barrio italiano de Nueva York que ha quedado reducido, prácticamente, a una calle mientras Chinatown se expande cada vez más. Aquí las bocas de incendio y las farolas están decoradas con los colores de la bandera italiana y lo que más hay son restaurantes italianos con camareros en la puerta intentando captar clientes.  Nosotros comimos en La Nonna. El servicio es muy atento y hablan español.

 

Dejamos Little Italy y siguiendo la guía recorremos Lower East Side y Chinatown el mayor barrio chino de los Estados Unidos. Aquí todo es chino. Los restaurantes, las tiendas de ropa, las peluquerías…

 

Resaltable es el mercado de Canal Street y Bloody Angle, donde se produjeron emboscadas de gangsters en 1920.

 

Desde aquí remontamos hacia el East Village para ver S. Mark Place, cuna del movimiento Hippie donde aún se respira algo de ese movimiento, aunque muy descafeinado. Damos una vuelta por el barrio y cogemos un taxi de vuelta al hotel (recordad que llevamos todo el día cargados con las compras que hicimos en The Yellow Rat) Hemos parado el taxi como en las películas y allá vamos, montados en nuestro Yellow Cab, siguiendo la ruta en la pantalla interior en la que además proyectan diferente información. Solo nos ha faltado decir aquello de “Siga a ese vehículo”

 

A las 19:00 tenemos que estar en el August Wilson Theatre para recoger las entradas para los Jersey Boys que también compramos desde España por Internet. Las compramos por Viator y nos costaron 97 $ cada una. Nos ha tocado en el gallinero, en la primera planta, pero como el teatro es pequeño lo hemos visto muy bien.

 

La música es genial, pero el musical es muy dialogado, con lo cual, si no controlas bien el inglés, te pierdes algunas cosas.

 

Antes de que empezara hemos ido a un Starbucks para hacer tiempo, y menos mal, porque ha caído un chaparrón impresionante. Por lo visto es típico de Nueva York en días muy calurosos. No hay que olvidar que estamos en una isla.

 

El espectáculo ha comenzado a las 20:00 horas.

 

Pastis. Imagen J.Guillén Pastis. Imagen de J.GuillénNorthern Dispensary. Imagen J.Guillén Gay Street. Imagen J.Guillén greenwich Village. Imagen de J.GuillénEdificio de Friends. Imagen de J.Guillén Soho. Imagen J.Guillén Soho. Imagen J.Guillén Little Italy. Imagen de J.Guillén Little Italy. Imagen de J.Guillén China Town. Imagen de J.Guillén Mercado central China Town. Imagen de J.Guillén Bloody Angle China Town. Imagen de J.Guillén

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Hoy volvemos al metro para dirigirnos a Lower Manhattan. Al final estamos cogiendo el metro más de lo que pensábamos, así que quizás habría resultado más barato comprar un bono, pero ya es demasiado tarde para hacerlo.

 

Cogemos la línea 2 en Columbus hasta Chambert ST. Nada más salir desayunamos en el Starbucks que hay junto a la parada y después enfilamos la calle Chambers dirección al Ayuntamiento para cruzar el kilómetro del puente de Brooklyn andando, aunque también se puede hacer en bicicleta. Los ciclistas son muy exigentes cuando los peatones invaden su carril, así que hay que andarse con ojo.

 

Construido para unir Brooklyn con Manhattan, en su día fue el más largo y el primero en hacerse en acero.

 

Las vistas son impresionantes. Uno no puede evitar acordarse de películas como Gangsters de Nueva York, Godzilla o Superman… Entre otras muchísimas.

 

Después de llegar al otro extremo volvemos sobre nuestros pasos para dirigirnos a la zona 0, o lo que es lo mismo, al lugar en el que se levantaban las Torres Gemelas antes del atentado del 2001. Cuando lo visitamos se estaba trabajando en la construcción de la Torre de la Libertad, que se levantará en parte del solar en cuestión. Existe un museo en el que te cuentan el proyecto que hay para la zona y lo que pasó el 11 de septiembre.

 

Justo enfrente del solar se encuentra la Iglesia de San Pablo. Es el edificio público más antiguo de Nueva York en el que hay un cementerio exterior.

 

Continuamos el paseo hasta llegar a la Reserva Federal que se encuentra en el triángulo que forman las calles Maiden y Liberty. Bajamos por Wall Street, calle que se llama así porque aquí se levantó un muro para protegerse de los ataques de los indios.

 

Lo primero que vemos es el Federal Hall, actual museo de la Constitución, ubicado entre Wall Street y Nassau.

 

Al fondo podemos ver la Trinity Church, encajonada entre rascacielos.

 

En el 20 de Broadway Street, a pocos metros del Federal Hall, se encuentra el NY Exchange, o lo que es lo mismo, la bolsa de Nueva York y centro del mundo financiero. Una enorme bandera cubre la fachada. Previo pago de una determinada cantidad, y planeándolo con mucho tiempo, cualquiera puede hacer sonar la campana que abre o cierra la bolsa que controla el mundo, pero también es posible, sin llegar a tanto, visitar el edificio.

 

Bajamos por Broadway Street y en el cruce con Exchange Place giramos a la derecha para ver el Charging Bull, símbolo de la fuerza tras la crisis de 1987. La escultura está en el cruce de Broadway y Bowling Green. Es imposible hacerte una foto sin que salgan decenas de turistas.

 

Ahora bajamos a Battery Park, el primer parque de la ciudad. Desde aquí salen los cruceros hacia la Estatua de la Libertad. Los tickets para bajarte a los pies de la estatua o subir al mirador (no siempre lo permiten) se pueden comprar on-line. Nosotros nos hemos conformado con verla desde el crucero del otro día, así que no cruzamos hasta la isla.

 

Lo que sí hemos visto es el monumento a los soldados que es un águila, símbolo de la nación. Continuamos bordeando el río por el paseo marítimo y vemos el monumento a los marinos mercantes y el del soldado universal.

 

Seguimos bordeando el río hasta llegar al World Financial Center, también conocido como el jardín de invierno. Es un edificio acristalado que alberga tiendas, restaurantes y oficinas.

 

En él hay unas altísimas palmeras y se suele usar como escenario para desfiles, exhibiciones deportivas y demás eventos.

 

Saliendo por la puerta de la derecha hemos salido a Fulton Street y llegado así a la zona del puerto. Una calle peatonal bordeada de tiendas da acceso a la zona portuaria donde los mástiles de los barcos compiten con los rascacielos.

 

En el Pier 17 (muelle 17) hay una especie de centro comercial con tiendas y restaurantes. Aquí hemos almorzado en una especie de restaurante japonés de comida rápida. Comemos con vistas al puente de Brooklyn. Es un sitio espectacular.

Puente de Brooklyn. Imagen de J.Guillén Puente de Brooklyn. Imagen de J.Guillén Puente de Brooklyn. Imagen de J.Guillén Ayuntamiento NY. Imagen de J.Guillén zona 0. Imagen de J.Guillén Iglesia de San Pablo. Imagen de J.Guillén Wall Street. Imagen de J.Guillén Trinity Church. Imagen de J.GuillénWall Street. Imagen de J.Guillén Wall Street. Imagen de J.Guillén Charging Bull. Imagen de J.Guillén Battery Park. Imagen de J.Guillén Battery Park. Imagen de J.Guillén Pier 17. Imagen de J.Guillén Pier 17. Imagen de J.Guillén Vistas desde el Pier 17. Imagen de J.Guillén

 

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Después de comer bajamos a los muelles y ponemos dirección hacia el centro comercial Century 21, famoso por sus gangas. Eso sí, antes paramos en el número 64 de Fulton, esquina con la calle Gold, para ver la otra tienda de Midtown Comics.

 

Tras hacer algunas compras continuamos camino y llegamos a Century 21, que se encuentra en el cruce entre Maiden y Church.

 

Los precios son increíbles. Hemos comprado un vestido de Calvin Klein por 30 $ y un vestido de noche que marcaba 340$ por 39 $. Hasta nos hemos traído unos Manolo Blanik… Eso sí, vete preparando para un centro comercial inmenso, abarrotado y desordenado, en el que tendrás que rebuscar con paciencia para encontrar lo que realmente te interesa.

 

Después de la batalla de shopping hemos vuelto a Starbucks, nuestro refugio para descansar, y de ahí hemos cogido el metro en Fulton para ir a Gran Central.

 

Hasta ahora hemos tenido suerte porque no nos hemos equivocado nunca en el metro y cuando hemos cogido un express por accidente, ha resultado que paraba donde nosotros queríamos ir.

 

En Gran Central hemos hecho un montón de fotos recordando innumerables películas americanas y disfrutando del ir y venir de pasajeros. A las 20:15 hemos puesto camino al Empire State.

 

La cantidad de gente que se dirigía hacia allí ya hacía temer lo peor. Menos mal que compramos las entradas por internet y nos libramos de la cola de los tickets. Eso sí, tuvimos que guardar la de acceso, la del primer ascensor hasta el piso 80, la del piso 86 y la de salida a la terraza más todas estas mismas a la salida. Sólo en bajar tardamos 40 minutos.

 

Colas al margen, merece la pena subir de noche, y el atardecer desde aquí debe ser espectacular. Lástima que haya tantísima gente porque prácticamente tienes que darte codazos para poder ver algo y hacer una foto.

 

Después de bajar, cargados con las mochilas, la cámara y las compras, hemos vuelto al hotel, totalmente hechos polvo.

Gran Central. Imagen de J.Guillén Gran Central. Imagen de J.Guillén Gran Central. Imagen de J.Guillén Gran Central. Imagen de J.Guillén Gran Central. Imagen de J.Guillén Empire State. Imagen de J.Guillén Empire State. Imagen de J.GuillénEmpire State. Imagen de J.Guillén Vistas desde el Empire State. Imagen de J.Guillén Vistas desde el Empire State. Imagen de J.Guillén Panorámica desde el Empire State. Imagen de J.Guillén Panorámica desde el Empire State. Imagen de J.Guillén

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Hoy hemos desayunado en el Hard Rock Café de Times Square. Nos ha costado 17 $ a cada uno. Un poco caro para lo que comes pero teníamos curiosidad por ver como era por dentro. Tienen cantidad de trajes de los Beatles, una especie de altar a John Lennon y toda una pared decorada con guitarras eléctricas.

 

De ahí cruzamos para ver la tienda de Toys R Us que es espectacular. Hasta tiene una noria dentro en la que se pueden montar tanto pequeños como mayores. Merece la pena darse una vuelta por allí.

 

Después de desayunar hemos ido a la tienda de HBO donde venden merchandising de series como True Blood, Sexo en Nueva York, Los SopranoJuego de Tronos… La tienda está en la 43 con la 6ª avda. Es bastante pequeña, así que hay que ir atento.

 

Desde aquí continuamos hacia la tienda de B&H que está entre la 34 y la 9ª avda. Es una tienda de electrónica regentada por judíos (olvídate de ir en sábado) en la que puedes encontrar de todo lo que imagines en informática, imagen y sonido e incluso material profesional de primera.

 

El sistema de venta es muy curioso. Coges lo que quieres comprar, te hacen el ticket y meten la mercancía en una caja verde que ponen en un mecanismo de ruedas que recorre toda la tienda hasta llegar a la caja, que está en la planta baja. Una vez pagas el ticket que te han dado antes, vas a una especie de consigna donde te dan la mercancía.

 

Aunque parezca un follón funciona muy rápido.

 

Después de este recorrido de shopping subimos un momento al hotel. El cansancio acumulado de estos días atrás nos está pasando ya factura. Comemos en el restaurante japonés que hay junto al mismo por  unos 40 $ dos personas.

 

Con la barriga llena nos dirigimos al Delacorte Theatre, en Central Park, para comprar entradas para la obra de teatro de Shakespeare que representan por la noche, a partir de las 20:00 hrs. Estamos tan cansados que nos hemos parado un rato en el parque. Al final, cuando hemos llegado a la taquilla, sobre las 16:00, ya no quedaban entradas. Las ponen a la venta a las 13:00 y vuelan.

 

Algo decepcionados comenzamos a desandar el camino y paramos a ver el Castillo de Belvedere además de disfrutar de otros rincones de Central Park que se nos habían quedado pendientes.

 

Lo que también aprovechamos para hacer en esta última tarde por Nueva York es la visita al MOMA. Como es viernes, la entrada es gratuita desde las 16:00 horas, por lo que no es de extrañar que la cola diera la vuelta a la manzana, aunque ha pasado muy rápido. Cerca del MOMA está la famosa escultura en la que se puede ver la palabra LOVE y que ha salido en decenas de películas.

 

En el museo, además de las exposiciones temporales en las que te puedes encontrar de todo (en el más amplio sentido de la palabra) hay que destacar que hay obras de Picasso y Van Gogh bastante interesantes. A modo de anécdota, el helicóptero que hay en el interior del edificio tampoco deja indiferente a nadie.

 

Después de ver el museo y sus tiendas regresamos al hotel por la 9ª avenida. Hoy cenamos una hamburguesa  en el Renaissance y con este buen sabor de boca dejamos la isla de Manhattan con ganas de mucho más.

 

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Hard Rock Café Times Square. Imagen de J.GuillénToys R Us Times Square. Imagen de J.Guillén Toys R Us Times Square. Imagen de J.GuillénToys R Us Times Square. Imagen de J.Guillén

   

Cuatro días en coche por Cantabria

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Viajes - Cantabria

Última actualización el Martes, 02 de Octubre de 2012 19:05 Escrito por Administrator Viernes, 21 de Septiembre de 2012 10:31

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Viaje By La Canija Zalamera

 

Durante cuatro días vamos a recorrer Cantabria en coche para despedir el año y dar la bienvenida al nuevo.

 

En total conduciremos durante 551 kilómetros que nos llevarán desde el LIgnum Crucis de Santo Toribio hasta Santander pasando por  San Vicente de la Barquera, Santillana del Mar, Laredo, Santoña, el parque natural de Cabárceno, las cuevas paleolíticas...

 

En definitiva, disfrutaremos de una belleza natural y cultural que nada tienen que envidiarle a la gastronómica.

 

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El 30 de diciembre, víspera del año viejo, partimos desde Málaga capital en avión con la compañía aérea Ryanair al aeropuerto de Santander. En poco menos de hora y media ya estamos en la otra punta de España, de costa a costa, disfrutando de un clima suave con algo de frío.

 

En el mismo aeropuerto recogemos en la oficina de Atesa, un coche que previamente teníamos reservado online (en esta ocasión nos dan un Citroen Picasso por 80 €, pero preferimos pagar 30 € más para obtener el seguro a todo riesgo y olvidarnos así de los arañazos y demás posibles inconvenientes), y ponemos rumbo a Suances, concretamente a Cortiguera, donde se encuentra la posada de Santa Ana, alojamiento rural muy bien decorado que nos servirá de base por dos días; idóneo para celebrar acogedoramente el fin de año.

 

La posada nos sale por 60 € la noche dos personas más desayuno, pero optamos por canjear esas dos noches con un bono de las cajas regalo Smartbox que teníamos, y así ahorrarnos algo de dinero. De todas formas, no está nada mal de precio acorde con la calidad ofrecida, y el desayuno es abundante y variado. La ubicación es idónea porque te plantas en media hora desde el aeropuerto hasta el hotel.

 

Decidimos la misma noche que llegamos aprovechar y acercarnos a Suances para comprar en el supermercado víveres para la cena del 31 y demás. Damos una vuelta por la ciudad y acabamos en el paseo marítimo, cenando en un restaurante italiano a muy buen precio.

 

Hoy hemos recorrido 41 kilómetros.

 

 

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Nos levantamos temprano, desayunamos espléndidamente y empezamos nuestra ruta con el coche hacia el oeste, camino a Potes. Tras ir por la autovía y por la nacional, nos adentramos en la garganta La Hermida, con unos paisajes bellísimos, dejando a nuestra derecha los picos de Europa, mientras pasamos entre las provincias de Cantabria y Asturias repetidamente.

 

Potes tiene un encanto especial además de un microclima. Es una población muy bien conservada, de interior, enclavada en un entorno espectacular, y repleta de una magia que sólo puede otorgar la tierra cántabra. A apenas dos kilómetros de este pueblo, se encuentra el monasterio franciscano de Santo Toribio, donde se guarda y se venera la reliquia del Lignum Crucis, el mayor trozo de la cruz de Jesucristo que se conserva en la cristiandad.

 

Tras comprar los famosos garbanzos pequeños de Potes, chacina y demás exquisiteces del lugar, volvemos sobre nuestros pasos para acabar en San Vicente de la Barquera, ya en la costa. Allí, tras subir a la iglesia y contemplar unas vistas sorprendentes que te dan una inmensa paz, decidimos degustar las rabas de calamar, el cocido montañés, los chorizos a la sidra… vamos, algo ligerito, je, je. Nos deleitamos de postre mirando el largo puente de la Maza de 32 ojos.

 

Antes de que se nos haga más de noche, volvemos a coger el coche para adentrarnos en el valle del Saja, hasta llegar al que se dice que es el pueblo más antiguo de España, Bárcena Mayor.

 

Tras unos bellos paisajes, llegamos a este enclave, y dejamos el coche a la entrada del pueblo en un aparcamiento habilitado, que ya es peatonal, en su mayor parte, tras la restauración. Allí parece que el tiempo se ha parado; echamos dos horas en visitarlo y con lo pequeño que es parece que te faltaran, sin embargo, los minutos para descubrir otra calle empedrada más, otro rincón cargado de magia, otro murmullo del río que te abre paso a un sendero cubierto de matas y musgo.

 

Ya cayendo el sol, volvemos a la costa, a la afamada población de las tres mentiras: Santillana del Mar, que ni es santa, ni es llana ni tiene mar. Eso sí, Santillana tiene bien ganada la fama de ser un pueblo hermoso, increíblemente cuidado, que ofrece al visitante sus riquísimos sobaos, sus quesadillas y mil maravillas más del paladar, además de albergar la colegiata de Santa Juliana, joya del románico, e innumerables casas blasonadas.

 

La noche es cerrada pero la iluminación navideña de estas localidades nos hace recordar el porqué del encanto de estas tierras, y la razón por la que decidimos pasar el fin de año en Cantabria.

 

De vuelta al hotel, nos reunimos los cuatro amigos en una de las habitaciones y, con gusto, sonrisas e ilusiones renovadas, celebramos la última noche de 2011

 

Hoy hemos recorrido 260 kilómetros.

 

Potes. Imagen de Laura Borrás Potes. Imagen de Laura Borrás Potes. Imagen de Laura Borrás Potes. Imagen de Laura Borrás Potes. Imagen de Laura Borrás Potes. Imagen de Laura Borrás Potes. Imagen de Laura Borrás SAn Vicente de la Barquera. Imagen de Laura Borrás San Vicente de la Barquera. Imagen de Laura Borrás San Vicente de la Barquera. Imagen de Laura Borrás Bajamar en San Vicente de la Barquera. Imagen de Laura Borrás San Vicente de la Barquera desde el mirador de la iglesia. Imagen de Laura Borrás Iglesia de Nuestra Señora de Los Ángeles en San Vicente de la Barquera. Imagen de Laura Borrás Bajada desde la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en San Vicente de la Barquera. Imagen de Laura Borrás Bárcena Mayor. Imagen de Laura Borrás Calle principal de Bárcena Mayor. Imagen de Laura Borrás Bárcena Mayor. Imagen de Laura BorrásBárcena Mayor. Imagen de Laura Borrás Lavadero en Bárcena Mayor. Imagen de Laura Borrás Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás Bárcena Mayor. Imagen de Laura Borrás Bárcena Mayor. Imagen de Laura Borrás Bárcena Mayor. Imagen de Laura Borrás Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás Alberca en Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás Santillana del Mar. Imagen de Laura Borrás

 

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Otro día soleado nos anima a abandonar nuestro centro de operaciones en Cortiguera, y a marcharnos hacia el este. Esta vez, nuestra primera parada es en Puente Viesgo, pueblo tranquilo conocido por su balneario, su preciosa iglesia de San Miguel decorada con muchas gárgolas, y cómo no, sus famosas cuevas paleolíticas: El Castillo, La Pasiega, Las Chimeneas y Las Monedas, todas ellas declaradas Bienes de Interés Cultural.

 

Tras un breve paseo y descubrir que aquí mismo comienza una de las rutas de la vía verde, nos dirigimos hacia Liérganes, que fue la sorpresa del día. Esta localidad conserva un magnífico casco histórico repleto de casas blasonadas, además de dos de los palacios más importantes de toda Cantabria, el de Elsedo y el de La Rañada, un bello puente empedrado bajo el que se cobija la estatua del hombre-pez y un molino de agua.

 

Descubrimos también que nuestro político socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba es de la zona, de Solares, a poco más de 5 kilómetros de Liérganes (de hecho en Liérganes está el barrio de Rubalcaba con muchas propiedades, tipo palacetes y casonas).

 

Con idea de comer en un pueblo de costa, nos vamos hacia Santoña, parándonos antes en sus marismas, donde se puede observar numerosas aves que hacen una parada aquí en su paso hacia África.

 

Ya en Santoña, tras tapear con cierta dificultad porque todos los lugareños parecían comer el día primero de año en las calles, disfrutamos de la tranquilidad incomparable de sus playas, cálidas, su mar en calma, el romper de las tímidas olas contra esa arena tan sumamente transparente… Una pasada el paseo marítimo donde sólo se atisba el cielo y el mar. Con el coche intentamos llegar a la fortaleza que está incrustada en la montaña.

 

Tras un rato, dejamos Santoña, con sus ricas y conocidas anchoas, y nos vamos a Laredo, otro punto turístico fuerte de la costa cántabra. Aparcamos cerca del casco antiguo, y subimos a pie la montaña, paseando por sus callejas, viendo su iglesia y llegando hasta su castillo. Optamos por subir un poco más hasta los miradores, y no nos defrauda  lo que nos encontramos: unas vistas espectaculares de de toda la ciudad junto con su larguísima playa de La Salvé, de casi cinco kilómetros, la de mayor extensión de todo el litoral cántabro.

 

Finalmente cogemos el coche por última vez para quedarnos a pasar la noche en la pequeña localidad de Rasines, a pocos kilómetros de Laredo, en la posada La Mies, que por 40 € tienes una habitación doble completa en un sitio bastante apañado.

 

Si quieres puedes desayunar pan y mermelada caseros por 4 euros por persona. La familia que lleva el alojamiento es súper amable y servicial. Nos indican lo que poder visitar el día siguiente, y así, hablando con los lugareños, aprendemos de sus costumbres, sus hábitos y su cultura, trazando nuestra aventura para mañana.

 

Hoy hemos recorrido 130 kilómetros

Iglesia de San Miguel en Puente Viesgo. Imagen de Laura Borrás Iglesia de Puente Viesgo. Imagen de Laura BorrásPuente Viesgo. Imagen de Laura Borrás Restaurante La Unión en Puente Viesgo. Imagen de Laura Borrás Liérganes. Imagen de Laura Borrás Liérganes. Imagen de Laura Borrás Molino de agua en Liérganes. Imagen de Laura Borrás Liérganes. Imagen de Laura Borrás Liérganes. Imagen de Laura Borrás Liérganes. Imagen de Laura BorrásEscultura del hombre pez en Liérganes. Imagen de Laura Borrás Vista de Santoña desde las marismas. Imagen de Laura Borrás Marismas de Santoña. Imagen de Laura BorrásPlaya de Santoña. Imagen de Laura Borrás Playa de Santoña. Imagen de Laura Borrás Playa de Santoña. Imagen de Laura Borrás Playa de Santoña. Imagen de Laura Borrás Mirador del Caracol, Laredo. Imagen de Laura Borrás Sendero en el mirador, Laredo. Imagen de Laura Borrás Puerto Nuevo en Laredo. Imagen de Laura Borrás

 

 

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Dejamos a las 10 horas el alojamiento y nos dirigimos con el coche hacia el nacimiento del río Asón, con sus collados y cascadas. El paisaje es realmente bonito, de montaña, de exuberante vegetación y con el rumor del río que nos acompaña parte del camino.

 

Ya se dibuja desde la carretera sinuosa la cascada, y se avistan los buitres leonados en lo más alto del cerro. Llegamos hasta la población de La Gándara, donde nos habían dicho que existe un interesante mirador del valle. Preguntamos a una pareja de ancianos para cerciorarnos de la zona exacta, y al poco llegamos al mirador, suspendido entre barrotes y cristales gruesos, sobre la caída del río. Nos llueve algo en este punto sólo para recordarnos que Cantabria está en el norte, y que ese norte, tiene su fama por algo.

 

Volvemos a desandar nuestros pasos pasando por la localidad de Arredondo, conocida en otros tiempos como la ‘capital del mundo’ por ser cuna de numerosos ilustres indianos.

 

Seguimos nuestro camino, topándonos con un burro suelto por la carretera. Subimos un puerto de montaña, y descendemos el valle, hasta llegar de nuevo a Liérganes y parar en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, donde pasamos casi cuatro horas, disfrutando de la naturaleza de todo el paraje. Muchas de las especies se encuentran en peligro de extinción.

 

La entrada cuesta desde 17 € por persona con descuento del 50% si eres discapacitado. Hay 30 kilómetros de carretera dentro del parque para que, con tu propio coche y en las zonas habilitadas para ello, puedas pararte y observar a los animales que viven en semilibertad. Así, vemos elefantes, gorilas, linces ibéricos, jaguars, tigres, adax, cebras, jirafas,… y un largo largo etcétera de bichillos graciosos.

 

Finalmente, nos vamos a Santander, capital a la que llegamos en menos de 20 minutos ya que el parque está ubicado a 15 kilómetros al sur. Aprovechamos que teníamos tiempo aún para disfrutar del coche, y nos acercamos con él hasta la península de La Magdalena para ver a pie el mini-zoo que tienen allí montado, el fortísimo oleaje del mar cantábrico y el palacio, de clara influencia inglesa, que fue residencia de veraneo del rey Alfonso XIII.

 

Habiendo disfrutado un rato de este parque público, pasamos por el paseo marítimo de El Sardinero –conocido por su larga playa y casas nobles- dejando el coche en la estación de tren de Santander, en la pequeña oficina de Atesa, que está junto a la entrada del túnel. La estación autobús queda justo enfrente, así que, dejamos las mochilas en consigna por dos euros y medio cada casilla –funciona por ficha que compras a un señor majo frente a las propias consignas-.

 

Ya libres y de noche, descubrimos la razón por la cual se vive tan bien en esta capital: parece un pueblo aristocrático, todo muy bien cuidado, con una excelente gastronomía, un frío que te anima a seguir comiendo más y más, y unas tiendas para gastarte todo el sueldo del mes sin pestañear.

 

Tapeamos en un antiguo mercado, el del Este, concretamente en la Casa del Indiano, todo muy gourmet, algo caro, de tapas elaboradas, eso sí.

 

A eso de las 20:45 horas, cogemos el autobús que sale directamente desde la estación de autobús hacia el aeropuerto por dos euros por cabeza. En 15 minutos ya estás en la terminal, con los petates preparados para un próximo destino. ¿Dónde será esta ocasión, viajeros?

 

Hoy hemos hecho120 kilómetros.

 

 

Más fotos de Cantabria en VisualizeUs

 

Nacimiento del río Asón. Imagen de Laura Borrás Vistas desde el mirador de La Gándara. Imagen de Laura Borrás Parque natural de Cabárceno. Imagen de Laura BorrásParque Natural de Cabárceno. Imagen de Laura Borrás Parque Natural de Cabárceno. Imagen de Laura Borrás Parque Natural de Cabárceno. Imagen de Laura Borrás Parque Natural de Cabárceno. Imagen de Laura BorrásParque Natural de Cabárceno. Imagen de Laura Borrás Parque Natural de Cabárceno. Imagen de Laura Borrás Parque Natural de Cabárceno. Imagen de Laura Borrás Playa desde la península de la Magdalena, Santander. Imagen de Laura Borrás

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Menorca en 5 días

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Viajes - Baleares

Última actualización el Miércoles, 26 de Septiembre de 2012 17:36 Escrito por La Canija Zalamera Miércoles, 13 de Junio de 2012 16:18

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Viaje by La Canija Zalamera


Aprovechamos estos días festivos de la Semana Santa para hacer una escapada a las Baleares, concretamente para visitar las Gimnesias, centrándonos sobre todo en la isla de Menorca.

 

 

 

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En esta ocasión, en vez de dejar nuestro turismo aparcado en la vía pública durante tantos días, decidimos hacer uso de los numerosos parkings de coches que hay alrededor del aeropuerto Pablo Ruíz Picasso de Málaga. Probamos con una empresa llamada Mc Renty que nos cobra menos de 12 € por estos cuatro días.

 

Cogemos el avión con la compañía Ryanair desde Málaga a Palma de Mallorca, con salida a las 20:35 horas. Nos sale unos 100 euros por persona ida y vuelta con una maleta facturada en el trayecto de vuelta, lo que nos resulta no muy caro considerando que es plena Semana Santa, fechas en las que se disparan los precios tanto de transporte como de alojamiento. En hora y media aterrizamos en Mallorca.

 

Salimos de la terminal de llegadas para tomar el autobús línea 1 que nos dejará en la plaza de España, centro neurálgico de la capital y punto de encuentro de todas las líneas de autobuses urbanas e interurbanas, así como la estación intermodal de la isla.

 

El billete de autobús cuesta 2,5 € por trayecto y tarda unos 15 minutos. Se compra directamente al conductor y no es posible comprar ida y vuelta. Sólo hay seis kilómetros de distancia entre el aeropuerto y la ciudad de Palma.

 

He de contar que he conocido a un personaje curioso en el avión. Me senté junto a él por casualidad, las coincidencias de la vida, y ha resultado ser un descubrimiento: un historiador de arte, docto en literatura y cine, cercano amigo de la filosofía que, enchaquetado y con corbata, viene a Mallorca para visitar la tumba de Robert Graves, el autor de ‘Yo Claudio’, y quizá, leerle un poema –aventuro yo-.

 

La cosa es que llevaba en sus manos un libro de poesías de un francés del Medievo, François Villon. Así me lo hizo saber, asomándome a un mundo de prosa descarnada y puntillosa, sátira y espontánea, y también, olvidada. Me habló de un tal César González-Ruano y de sus dos discípulos, Manuel Alcántara y Paco Umbral. ¡Qué curiosa vida esta!

 

En quince minutos llegamos a la plaza de España, a pocos pasos en la misma acera, nos encontramos el hostal Terminus con una cafetería adosada. Debía de ser una antigua estación de autobuses porque el edificio no podía ser más antiguo y tiene toda la pinta de haber servido para eso. Las losas del suelo, las escaleras, el crepitar de la madera, los armarios con grandes espejos en sus puertas, los techos infinitos, los ventanales de madera blanca lacada y aldabillas de hierro… todo evocaba a una antigüedad de generaciones pasadas.

 

Por 50 € el baño era compartido y teníamos un lavabo en el cuarto. Vamos, carísimo, pero no encontramos nada mejor tan cerca de la estación de autobuses que estaba bajo nuestros pies.

 

Tras dejar las mochilas en el hostal, decidimos tomar algo en la propia plaza. Entramos en una cafetería que hacía esquina y nos dimos cuenta de dos cosas: que te cobran una pasta por una caña (2,4 €, igual que un botellín de cerveza), y que el local también salió de los tiempos de ‘Cuéntame’.

 

¡¡Madre mía!! Qué exagerado. Todo, absolutamente todo, era tan antiguo. El reloj digital con su fecha parada en el tiempo, las desgastadas sillas de madera, las lámparas, incluso el color amarillento de las paredes –color con el que, décadas anteriores, se pintaban las cocinas para poder limpiar mejor el aceite y el hollín de sus paredes-. Vaya, increíble.

 

La noche fue ruidosa. El incesante sonido de los coches al circular por la avenida y de alguna que otra procesión de madrugada, hizo que nuestro sueño se quedara en un anhelado descanso.

Bar en Palma de Mallorca. Imagen de Laura Borrás Palacio de la Almudaina en Palma de Mallorca. Imagen de Laura Borrás

 

 

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A las ocho y media de la mañana nos levantamos muertas de cansancio. Recogimos los bártulos y preguntamos en recepción si podíamos dejarlos en su ‘consigna’ el domingo de vuelta. Sin ningún problema. Nos confirmaron también el horario de salida del autobús número 351 que va a la ciudad mallorquina de Alcudia: a las 09:30 horas, costando 4,85 € el trayecto por persona y comprándolo directamente al conductor.

 

Desayunamos algo en la misma estación, muy caro, por cierto. Dos cafés y una ensaimada por 4,5 €. El día nos recibe despejado y en el camino nos topamos con unos paisajes suaves, con casas diseminadas y no muy pronunciadas montañas a ambos lados de la carretera. Estos 40 kilómetros que nos separan de la capital a Alcudia, se nos antojan cercanos, casi sin darnos cuenta hemos llegado a la bahía de Pollensa –en una media hora aproximadamente para mi sorpresa, ya que no hacía parada en la localidad de Inca-.

 

Bajamos y justo enfrente de la parada de autobús está la oficina de turismo. Allí nos informa una chica muy maja de todo lo que poder visitar en el casco antiguo, y de que se puede ir a pie hasta el puerto de Alcudia por un caminito agradable junto al campo, flanqueado por dos muritos bajos junto al campo (unos 15 ó 20 minutos andando).

 

Otra opción para llegar al puerto –desde donde saldrá nuestro barco hasta la isla de Menorca- es coger el autobús pero finalmente, cuando terminamos de ver la ciudad, nos decantamos por ir a pie aprovechando que dejó de llover.

 

Pero no nos adelantemos. Retrocedamos en el tiempo hasta Alcudia cuyo casco antiguo fue declarado Conjunto Histórico Artístico en 1974. Rodeada de una muralla medieval, en muchos puntos restaurada y no del todo acabada, de un kilómetro de longitud aproximadamente, se esconde Alcudia, ciudad que guarda el mayor tesoro arqueológico de Mallorca.

 

Destacan las puertas de Mallorca y la de Xara, así como la gran iglesia de San Jaume –San Jaime- de estilo neogótico y la ciudad romana de Pollentia (la entrada costaba 3 € e incluía el museo arqueológico) cuyo elemento más destacado es el teatro, que se diferencia de la mayoría de los teatros romanos porque el graderío está excavado en la propia roca.

 

Se puede entrar en la pequeña plaza de toros por 3 € y te dan junto con el tique una bebida gratis. Las calles muy bien cuidadas con tiendas de ropa hippie, suvenires y bares con carteles en inglés o alemán. Muy tranquilo el paseo. Me compro sin mucha convicción un zapato cómodo y flexible a modo de sandalia por 12 €.

 

Llueve mucho de golpe, y en la tregua, como decía, nos vamos a paso ligero hacia el puerto. Descubrimos un paseo marítimo muy largo, la playa en calma, puentes-pasarela de madera, restaurantes y tiendecitas. Nos acercamos a la oficina de turismo ubicada en el propio paseo, a la izquierda de la calle los marines. Tampoco hay consignas (en Alcudia centro pasó lo mismo, tuvimos que ir a los cercanos apartamentos Carlos V para dejar en el bar, con el beneplácito del camarero las mochilas), así que decidimos ir al hostal familiar Vista Alegre , en pleno paseo marítimo, donde nos alojaríamos días después, para pedirles que nos guardaran los petates un par de horitas. Y así fue.

 

Comemos en una pizzería a pocos metros del alojamiento por 16 € (jarra de cerveza, pasta y pizza). Muy rico y muy atento el servicio. Termino comprándome unos tenis balancín, de esos anatómicos y terapéuticos, por 70 €. Toda una ganga, al parecer, en  busca de que el dolor de espalda se diluya en cada paso. Recogemos los bártulos al poco y nos dirigimos a pie hacia la terminal del puerto, donde llegamos en diez minutos, y nos espera la compañía amarilla de barcos Iscomar.

 

Canjeamos en taquilla los billetes que ya teníamos comprado online a través de su web. Unos 64 € por persona ida y vuelta desde Alcudia a Ciudadela, en Menorca. A las 16 horas salimos (ojo que hay que canjear los billetes por tarjetas de embarque con una antelación de una hora aproximadamente) y nos sentamos junto a la ventana, en el interior, donde está uno de los pocos enchufes que existen en el barco. La mar en calma. A las 18:30 horas desembarcamos en la que fuera capital de la pequeña isla de Menorca: Ciudadela.

 

El puerto parece enorme cuando tan solo se avista el barco de Iscomar como único navío de Ciudadela. En la terminal nos espera una chica con un cartel en el que se lee ACG, la empresa local de alquiler de coches que hemos contratado desde la península por unos 50 € los dos días que pasaremos en Menorca. Pagamos allí mismo en efectivo, sin tarjetas bancarias de por medio, incluyendo seguro a todo riesgo sin franquicia y una política justa de combustible: el vehículo deberá ser devuelto con la misma cantidad de gasolina con la que se entregó. Simple, cómodo y rápido.

 

Nuestro pequeño azulado Chevrolet Matiz se ajusta a nuestras necesidades a la perfección. En un salto nos plantamos en la ciudad, aparcamos y vamos a Sa Posada, el alojamiento escogido para esta primera noche menorquina. Una maravilla. Muy bien localizado, prácticamente en el centro, limpio y con una propietaria encantadora. Todo por 28 €, habitación doble con baño y frigorífico incluidos.

 

Damos una vuelta al borde del atardecer y se nos antoja una ciudad amena, vibrante a la par que tranquila, con rincones acogedores, calles laberínticas encaladas, pasajes con arcos que desembocan en una hermosísima catedral de estilo gótico catalán, la Santa Iglesia Catedral-Basílica de Santa María. No podemos olvidarnos del maravilloso puerto natural donde reposan, entre otras, las barcas de pesca tradicionales menorquinas. Lugar ideal para degustar los sabrosos mariscos de la zona o la caldereta de pescado, o tomar unas copas en alguno de los locales de jazz que se encuentran en la zona.

 

Nosotras optamos por tapear en un bar del casco antiguo que tiene varias distinciones de la afamada guía del Trotamundos. Caracoles, embutidos de la tierra, revuelto de asaduritas, calamares en salsa,… etc. Todo riquísimo y no muy caro.

 

Desde luego, en la noche, las calles tan levemente iluminadas, con sus edificios de piedra marés, irremediablemente me llevaban a otra ciudad del mar adriático revestida de tonos ocres: mi bella Dubrovnik.

 

Ciudadela tiene un aire señorial. Las calles estrechas del casco histórico te llevan a la plaza del Borne con su enorme obelisco que conmemora la heroica defensa de la ciudad ante el ataque turco del siglo XVI, recorren plazas como las de Ses Voltes o la de la Libertad, con su mercado de pescado de lindos azulejos verdes.

Plano de Alcudia

Detalle de casa en Alcudia. Imagen Laura Borrás Calle de Alcudia. Imagen de Laura Borrás Murallas de Alcudia. Imagen de Laura BorrásPuerta de la muralla de Alcudia. Imagen de Laura Borrás

Plano de Ciutadella

Puerto natural de Ciutadella. Imagen de Laura Borrás Barcas tradicionales en Ciutadella. Imagen de Laura Borrás Calle arcada en Ciutadella. Imagen de Laura Borrás Calle de Ciutadella. Imagen de Laura Borrás Catedral de Ciutadella. Imagen de Laura Borrás Plaza de la Catedral de Ciutadella. Imagen de Laura Borrás

 

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Descansadas y con buen humor, nos preparamos para una jornada que promete ser interesante: hoy nos adentraremos en la cultura talayótica, visitaremos algunas localidades menorquinas que aún mantienen su tipismo isleño, descubriremos la importancia que han tenido las canteras en esta población, nos asomaremos al mar y a sus calas a través de una curiosa necrópolis, y abrazaremos al atardecer la capital de la isla, Mahón.

 

Lo primero es coger fuerzas y para ello nada mejor que un buen desayuno. En la plaza de los Pinos hay una pequeña cafetería donde por menos de dos euros tomamos café con croissant recién horneado. Una delicia.

 

Antes de iniciar nuestra ruta, paramos en la plaza de Las Palmeras para ver el molino y algunas de las calles adyacentes. Ahí recibimos una grata sorpresa al preguntar en una tienda de ‘abarcas’ -calzado típico balear de cuero y o caucho que se asegura al empeine y al tobillo- dónde se encontraba la gasolinera más cercana.

 

Resultó ser el artesano, amable y de amplia sonrisa, que compartía además de sus productos con nosotras también el apellido. Eso nos llenó de satisfacción por partida doble. Nos enseñó el trabajo de las abarcas a través de su familia y de su pasado.

 

Repostamos en la gasolinera del polígono y en cinco minutos estábamos aparcando en la cantera más famosa de la asociación Líthica : les Pedreres de S’Hostal. Allí visitamos durante algo más de una hora esta antigua cantera de piedra marés.

 

La fecha en que comenzó la explotación se desconoce, pero se sabe que han estado activas al menos durante 200 años. La entrada cuesta 4,5 € y hacen un descuento para discapacitados. Lo más curioso es que días después, cuando volvimos a ver los tiques, nos dimos cuenta de que en ellos especificaba que la entrada era gratuita en los meses de invierno. Algo no encajaba, nos sentíamos estafadas. Tenedlo en cuenta cuando la visitéis, por favor.

 

De nuevo en ruta, nos plantamos en 20 minutos aproximadamente en Son Catlar, un asentamiento talayótico que tiene sus orígenes en la Edad de Bronce y que cuenta con una muralla de 870 metros con una serie de torres rectangulares, de las cuales sólo quedan algunos restos.

 

Tras aparcar,  dar una vueltecita por los restos (entrada gratis, no hay nada ni nadie en el lugar para controlar la entrada) y saludar a un rebaño de ovejas salvajes al parecer por su largo pelaje, nos dirigimos hacia otro punto obligado de visita: la Naveta des Tudons, una de las construcciones funerarias mejor conservadas de la prehistoria menorquina, usada entre los años 1200 y 750 a.C.

 

Aquí el acceso es más económico porque realmente se paga para ver este elemento talayótico, no hay nada más, pero no por ello deja de ser interesantísimo. Tienes que ir cerrando a tu paso las vallas típicas menorquinas para que no se salga el ganado de la zona. Todo como muy sano, más asilvestrado, jeje.

 

Llegamos a Es Mercadal, un pueblo blanco a unos 25 kilómetros de Ciudadela, a medio camino de Mahón, donde compramos dulces típicos menorquinos, como son los amargos o los carquinyols. Hay un par de pastelerías en la calle principal de la pequeña localidad.

 

Destaca el aljibe construido en 1735 por orden del primer gobernador inglés de la isla, Richard Kane –y el mejor de todos, según cuentan los nativos- que servía para abastecer a las tropas.

 

Ya con el hambre pegando en nuestras tripas, nos paramos en Alaior donde destaca la iglesia de Santa Eulalia y algunas calles estrechas y empinadas como las de las cruces; aprovechamos para comer algo en un sitio muy baratito con un camarero muy simpático y servicial. Con cada cañita te daban un ‘aperitivo’, lo que viene siendo una tapita en Andalucía, acompañada de patatas fritas. Al final acabamos pidiendo también un bocadillo de tortilla de patatas. Nos sentó de vicio. Menos de siete euros todo.

 

Descansadas, cogimos el coche nuevo para imbuirnos un poco más sobre la cultura talayótica: el talaiot de Torralba d’en Salord fue nuestra siguiente parada, poblado talayótico romano y medieval que agrupa y presenta uno de los más importantes yacimientos históricos de Menorca que nos remonta al año 2000 a.C. aproximadamente.

 

Llegamos en un salto desde Alaior (nótese que las distancias son realmente cortas porque la isla concentra muchísimas cosas que ver a cada paso). El tique nos costó 2 € por persona. Son interesantes las numerosas teorías que existen en torno a los talaiots, que si son elementos rituales como altares, que si cumplen una función astronómica y están orientados según las estrellas y los ciclos lunares…

 

Nuestro camino llegaba hasta la cala de Calas Coves , un lugar repleto de cuevas artificiales -casi un centenar- usadas como necrópolis en la Edad de Bronce y de Hierro. Para acceder allí no hay ningún problema en la señalización porque todo está muy bien indicado, pero el acceso es tortuoso, plagado de boquetes, piedras y baches.

 

Es una pista de tierra donde, al cabo de un rato pasándolo algo mal –aunque con el turismo se puede circular con precaución-, se llega a una zona donde debes dejar el coche e ir andando unos 15 ó 20 minutos en dirección al mar. Sales a una calita estrecha y desde ambos flancos de la playa salen senderos para ir descubriendo poco a poco y con cuidado las numerosas cuevas que hay en la montaña. Realmente interesante, pero ojo porque el camino de la izquierda –si miras hacia el mar- es algo escarpado y resbaladizo, hay que tener cuidado porque estás al borde del precipicio a medida que vas trepando de cueva en cueva.

 

Retrocedemos un poco nuestros pasos para desviarnos hacia la cala en Porter y asomarnos a la cueva-pub de cova d’en Xoroi que han construido con unas vistas impresionantes, sobre todo al atardecer. Al llegar, descubrimos que había que pagar siete euros o diez, según la hora en la que entraras, para acceder a ella –incluía una bebida por tique-. Nos resultó caro y, sinceramente, algo estúpido que cobraran por asomarte al acantilado para ver el atardecer, hubiera o no hubiera música de fondo. Es un elemento natural y, en mi opinión, deberían haber dejado opcional el que el turista o el local tomara o no un refrigerio mientras contempla las aguas, el cielo, o el aleteo de la mosca isleña.

 

Como todavía quedaba luz del día, seguimos por la costa hasta el reducto marinero artificial –algunos lo reconocen como urbanización ya que se construyó en el 1972 imitando a los pueblos de pescadores- de Binibèquer Vell. Aquí encontramos un conjunto emblanquecido de casas y callejas laberínticas y estrechas junto al mar que conforman un escenario muy hermoso que no hay que dejar de visitar.

 

Llegamos después a S’Algar una urbanización de explotación turística sensata y comedida, y terminamos por fin en Mahón, la actual capital de Menorca que alberga unos 30.000 habitantes –como Ciudadela-. Vemos como el sol desaparece por sus calles donde la gente celebra la Semana Santa de una forma diferente a la que estamos acostumbrados a ver en el sur de España. Aquí los pasos son menos pausados, con más tambores que crean una tonada un tanto alegre, festiva. No se palpa esa pena y calvario de los tronos andaluces, sus saetas y el llanto del pueblo aquí se viven de manera distinta.

 

Mahón mantiene una estructura arquitectónica que refleja la presencia británica. Su puerto tiene la fama de ser el mejor del mundo tras el de Pearl Harbour. Cabe destacar el Ateneo científico y literario, así como las vistas desde el mirador, el teatro, pasear por sus calles comerciales, la catedral,… etc.

 

Compramos en una heladería, en la que vendían productos típicos de Menorca, el célebre y oloroso queso de Mahón con denominación de origen. Normalmente es curado o semicurado, de vaca. Lo venden entero o en cuñas.

 

Ya, exhaustas, cogemos el coche por última vez en el día de hoy para desplazarnos a un par de kilómetros de la capital, hasta llegar al hostal Horizonte, sito a la entrada de Es Castell. Alojamiento modesto, 40 € la noche, lo justo para descansar y desayunar por la mañana un digno café con una rica siempre ensaimada. Pero antes de acostarnos, todavía nos quedan fuerzas para salir a cenar algo.

Afortunadas en nuestra búsqueda, terminamos en una pizzería de decoración original e fantasiosa, probando pizzas artesanas y una pasta bien cocinada.

Cantera de S'Hostal. Imagen de Laura Borrás Cantera de S'Hostal. Imagen de Laura Borrás Es Mercadal. Imagen de Laura Borrás Iglesia de Sta Eulalia en Alaior. Imagen de Laura Borrás Talayot en Torralba d'en Salord. Imagen de Laura Borrás Talayots en Torralba d'en Salord. Imagen de Laura Borrás Calacoves. Imagen de Laura Borrás Cancela típica menorquina en Son Catlar. Imagen de Laura BorrásCalle de Binibequer. Imagen de Laura Borrás Escaleras de Binibequer. Imagen de Laura Borrás Mahón. Imagen de Laura Borrás

 

 

 

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Hoy, con el sol, nos animamos a madrugar de nuevo para dirigirnos hacia el norte comenzando por la costa oriental de Menorca. En primer lugar, aprovechando que era Sábado Santo y que las tiendas estaban abiertas, fuimos al supermercado Eroski para adquirir productos de la tierra: compramos más queso, más dulces, licor de hierbas y, cómo no, el conocido ‘gin’, la ginebra menorquina también con denominación de origen. La variedad conocida como ‘pomada’ es la mezcla del gin de Mahón con limonada.

 

Nos pasamos por el puerto de Mahón donde está la destilería de ginebra Xoriguer y salimos de la ciudad rumbo al parque natural de s’Albufera des Grau, núcleo de la Reserva de la Biosfera declarada de interés internacional por el programa MAB-UNESCO. En la caseta de información vemos la exposición que hay sobre el parque, flora y fauna y optamos por realizar dos senderos de los tres que se ofertan.

 

Con una duración de entre 20 y 30 minutos cada uno, estos caminos nos permiten observar la vida latente de la albufera. Cormoranes, fochas, ánades, cigüeñuelas… se atisban desde las garitas de madera ubicadas a tal efecto. Cabe destacar que hay casas particulares, fincas rústicas, las cases de lloc, diseminadas por todo el parque natural. En su tiempo esto generó mucha polémica ya que no fue hasta el ’95 cuando se protegió la zona después de muchas movilizaciones sociales. Hoy día, hay programas ecológicos y sociales para concienciar a los propietarios sobre el ganado y las tierras.

 

Si uno desea hacer la tercera ruta tendría que dirigirse hacia el pueblo marinero de Grau pues de allí comienza la senda para obtener una de las mejores panorámicas de la albufera. También se ve el sistema de compuertas que tienen para regular las aguas de la albufera.

 

Con mucha ilusión conducimos un poco más al norte, hasta llegar al faro de Favaritx. Es simplemente espectacular. Uno de los lugares de la isla que más me han gustado. Quizá sea por su paraje desolador que evoca a destierro, o la calma de las olas rompiendo serenas en las playas vírgenes de alrededor –como las de la Tortuga-, o ese viento tramontano que se lleva cualquier pensamiento y te vacía… Lo cierto es que este punto menorquín tiene algo que te atrapa.

 

Por el camino pasamos por esos prados típicos, cubiertos de un manto verde, con el ganado vacuno pastando tras las vallas onduladas de madera.

 

Llegamos hasta Fornells y, antes justo de las salinas abandonadas, nos desviamos a la izquierda hacia la cala Tirant, junto a una urbanización blanca que conserva la arquitectura popular y respeta, dicen, el paisaje virgen de esa zona de calas y aguas transparentes.

 

Desandamos nuestros pasos para salir de nuevo a la carretera principal y desviarnos por comarcales para ver más calitas, no sin antes llegar hasta el faro de Cavallería, situado en un paisaje diferente al del otro faro. Hay algunas cabras negras entre las rocas y un enorme acantilado a sus pies. Con mucho cuidado, puedes acceder por una cueva hasta el precipicio, pero repito, muchísimo cuidado porque el viento sopla muy fuerte y no te esperas que, tras la densa oscuridad de la cueva, el pasillo de ésta acabe abruptamente en el acantilado.

 

Intentamos llegar a las calas Pregonda y Binimella. La red de calzadas es estrecha, como un enjambre, pero están bien señalizados los cruces; hay puntos en los que el asfalto se convierte en tierra y es algo más complejo avanzar, pero un paraíso comparado con el acceso a Calas Coves.

 

Tras dejar el coche junto a un restaurante en la playa Binimella, vamos andando por tierra y pasarelas de madera hasta cruzar de una cala a otra, unos 30 minutos a pie. Chispeando, el cielo no nos dejó apreciar muy bien el color de las aguas removidas por el fuerte oleaje, pero sí nos llevamos como recuerdo la tierra roja arcillosa de Pregonda.

 

Es hora de comer. Repostamos combustible en la gasolinera del polígono de Ferreries, otra localidad blanca en la carretera Me-1, entre las dos ciudades mestizas de Ciudadela y Mahón. Encontramos un bar abierto a las cuatro de la tarde y comemos hablando con la dueña, oriunda de Albacete, que nos cuenta que ahí la vida es más tranquila, nada que ver con la península, que no hay centros comerciales, no hay bullicio y lo más importante, no hay esa necesidad, ese ansia de querer más.

 

Nos acercamos a la periferia de Ciudadela para tomar la carretera hasta la playa de Algaiarens o La Vall, cruzando el mayor pinar que existe en Menorca –pinos blancos y acebuches-. Aquí la arena es más rubia. Al parece en verano se cobra un peaje por dejar el coche en las zonas habilitadas para ello, y esto genera cierta controversia. Se estudian otras formas de conservación y financiación.

 

A 10 minutos en coche, se encuentra cala Morell, conocida tanto por su playa como por su necrópolis: un total de 15 cuevas excavadas por el hombre en la roca donde se han documentado enterramientos de diferentes épocas, desde el 1800 a.C. hasta el siglo II d.C. Las oquedades son impresionantes, algunas con columnas y capiteles.

 

El último descubrimiento de nuestra aventura es Punta Nati. Circulamos kilómetros hacia el norte flanqueados por un muro de pared seca, piedras sin argamasa, hasta llegar al mar, a unos acantilados de 40 metros de altitud, donde vemos formaciones de piedras que antiguamente han servido para el ganado.

 

Tras este periplo, y con el tiempo justito, volvemos a Ciudadela, al puerto comercial, para dejar el coche de alquiler en el aparcamiento, con un total de 250 kilómetros recorridos en estos dos días muy pero que muy bien aprovechados.

 

Sopla un viento tremendo y el mar está picado. Los pasajeros se marean en el barco y nosotras, viajeras eternas del estrecho de Gibraltar, aguantamos el tipo como podemos hasta llegar a Mallorca. El trayecto se hace pesado y largo. Las dos horas y media de travesía cansan con este oleaje. A las 22 horas pasadas pisamos tierra. Puerto de Alcudia. De nuevo hostal Vista Alegre, esta vez sí que para dormir. Ni salimos a cenar. La noche nos acoge y no oponemos resistencia.

 

Faro Favaritx. Imagen de Laura Borrás Faro Favaritx y verja menorquina. Imagen de Laura Borrás Faro de Favaritx. Imagen de Laura BorrásFaro de Cavalleria. Imagen de Laura Borrás Playa de Binimella. Imagen de Laura Borrás Playa de Algairens. Imagen de Laura Borrás Cala Morell. Imagen de Laura Borrás Necrópolis de Cala Morell. Imagen de Laura Borrás Punta Nati. Imagen de Laura Borrás

 

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A las ocho y media de la mañana estábamos en pie para ducharnos y tomar algo rápidamente, ya que el autobús hacia Palma salía a las 9:20. Suerte que en cinco minutos largos llegamos a la parada que está situada en la calle perpendicular de la parada de taxis qué está en el paseo marítimo. No tiene pérdida.

 

Compramos el billete al conductor  y nos dejamos llevar por el paisaje y los recuerdos de esta aventura. Esta vez sí que paró en la localidad de Inca haciéndose el camino un poco más largo. Nos distrajimos observando a dos pasajeras extranjeras que actuaban como nosotras pero dentro de treinta años después. Era como ver el futuro, realmente parecidas. Daba un poco de grima. Ja, ja.

 

En hora y algo estábamos de nuevo en la estación intermodal de Palma. Fuimos al hostal Terminus y dejamos sin problemas, tal y como nos habían comentado la primera noche, las mochilas. Más ligeras de peso, nos llegamos a la oficina de turismo que está al lado, en la misma plaza de España, y nos agenciamos un plano de la ciudad e información variada.

 

No era posible alquilar las bicicletas municipales porque, de momento, son sólo para residentes. Así que nos conformamos con patear un poco el casco antiguo, las calles de la judería, ir a los baños árabes, pasar por iglesias y palacetes, y acabar en el paseo marítimo con el marco de la impresionante catedral gótica de fondo. En 1931 declararon a La Seu –así se conocen a las catedrales en la Corona de Aragón- como Monumento Histórico-artístico, destacando el enorme rosetón que la sitúa como la catedral con el mayor rosetón del mundo gótico.

 

Sorpresa porque había un despliegue policial tremendo. No nos habíamos acordado de que, por tradición, la familia real española viene a la catedral de Palma para asistir a la misa del domingo de Pascua. Aprovechamos la ilustrísima visita para ver a los monarcas, sacarles algunas fotos y disfrutar del espectáculo brutal humano, fenómeno fan, cuando se insultan unos a otros para tomar un buen plano o simplemente estar en primera fila.

 

Tras tres horas de visita, volvimos caminando al hostal, recogimos los petates y esperamos el autobús línea 1 dirección al aeropuerto en la parada de enfrente de la oficina de turismo. Ojo con el tráfico y las horas punta, porque en esta ocasión el trayecto duró más de media hora y eso puede ser vital para coger el vuelo o no.

 

Facturamos la maleta por los pelos y nos encontramos con la sorpresa de que las cajas de ensaimadas que adquirieras tras el control de seguridad, sí la podías llevar en Ryanair como bulto extra de equipaje de mano sin necesidad de que te crujan a la entrada del embarque.

 

Y hasta aquí nuestra escapada balear.

 

Calle de Palma de Mallorca. Imagen de Laura Borrás Catedral de Palma. Imagen de Laura Borrás Catedral de Mallorca. Imagen de Laura Borrás

 

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